Letamendia. Un referente intelectual de la izquierda abertzale

el libro más emblemático de Francisco Letamendia fue “Historia de Euskadi: el nacionalismo vasco y ETA”, editado en 1975 por Ruedo Ibérico en París, llegando a tener una segunda edición en 1977. Esa obra fue fundamental en aquella etapa, y me atrevería a decir que imprescindible para entender la historia del pueblo vasco desde una óptica marxista

Letamendia. Un referente intelectual de la izquierda abertzale

Al tener conocimiento del fallecimiento de Francisco Letamendia “Ortzi” no he podido evitar retrotraerme unas cuantas décadas atrás, lo que me ha permitido recordar innumerables hechos y situaciones en los que de una u otra forma Ortzi tuvo un papel destacado en su faceta pública, pero también es importante recordar la huella que ha dejado en otros ámbitos. Ese proceso de refrescar la memoria que algunas veces está un tanto aletargada suele necesitar un pequeño estímulo para que fluya, y en  mi caso ha sido suficiente dirigirme a una de las baldas donde tengo varios de sus libros, que me traen innumerables recuerdos y anécdotas, pero por encima de todo ello, destacaría lo que he aprendido con ellos cuando los he tenido entre mis manos. Todos ellos los he leído más de una vez a lo largo del tiempo, algunos de ellos los tengo subrayados, y la primera vez que cayó sobre mis manos un libro suyo, tenía tan solo catorce años. Era ni más ni menos que “Historia de Euskadi: el nacionalismo vasco y ETA”, en aquellos tiempos, finales de los años 70, era un referente. La anécdota de ese libro es que me lo dejó una militante del PNV. Ya sé que a más de uno este detalle le puede parecer surrealista, pero en política no hay nada imposible, y tengo que reconocer que el primer sorprendido fui yo. Me lo dejó sine die, lo cual me permitió dedicarle muchas horas a su lectura, y en cuanto tuve ocasión lo adquirí.

Pero vuelvo a la figura de Pako Letamendia que tiene muchas aristas y se puede analizar desde muchas perspectivas. Sin duda alguna, para muchas personas de fuera de Euskal Herria y de una cierta edad, su faceta más conocida fue la política, y, en concreto, la relativa a su paso como diputado del Congreso de Euskadiko Ezkerra desde junio de 1977 hasta primeros de noviembre de 1978, pero su trayectoria vital ha sido mucho más amplia, lo cual es imposible sintetizar en unas cuantas cuartillas, por lo que me limitaré a dar algunas pinceladas desde una visión un tanto personal.

Letamendia se dio a conocer con el Juicio de Burgos, al hacerse cargo de la defensa de Itziar Aizpurua, siendo el letrado más joven de los que participó en ese consejo de guerra, corría diciembre de 1970. Hasta entonces había compaginado su labor como abogado laboralista y de presos políticos vascos, y a partir de esa fecha se exilió al otro lado del Bidasoa, para volver a mediados de esa década. Los que han estudiado aquella época han escrito que tuvo una participación activa en la VII Asamblea de ETA político-militar celebrada en septiembre de 1976, pues, aunque no era militante de dicha organización, presentó una ponencia para su debate. Pero su figura como personaje político tomó una relevancia que ya no pasaría desapercibida una vez que fue elegido diputado por Gipuzkoa en las elecciones de junio de 1977, al ser cabeza de lista de la coalición Euskadiko Ezkerra. Esta candidatura estaba formada por los partidos EIA[1], al que pertenecía Letamendia, y EMK[2].

Eran las primeras elecciones desde febrero de 1931, y no me atrevería a llamarlas democráticas por varias circunstancias de peso, pero dos de ellas es necesario mencionarlas para poder hacer una fotografía del momento. Por un lado, a esas elecciones no pudieron acudir todos los partidos, porque a nivel del Estado español hubo un veto insalvable; todos los partidos que se definían como republicanos no lograron su legalización, es decir, todo lo que había a la izquierda del PCE no pudo presentarse con sus siglas, ni tampoco el Partido Carlista, porque también estaba a favor de una República Federal. Y por lo que respecta al ámbito vasco, los partidos políticos del espacio de la izquierda abertzale tampoco estaban legalizados porque en sus estatutos abogaban por la independencia de Euskal Herria. De hecho EIA y EMK, partidos que organizaron la candidatura Euskadiko Ezkerra, no estaban legalizados, ni ninguno de los partidos que formaban parte de KAS. Y el segundo motivo es que todavía no había habido una amnistía de la que se beneficiasen todos los presos políticos. Por tanto, fueron unas elecciones un tanto suigéneris.

Retomando la figura de Francisco Letamendia, empiezo a conocerlo cuando en junio de 1977 obtiene su acta de diputado en el Congreso, y no puedo ocultar que su oratoria y capacidad dialéctica me tenían maravillado. Era imposible que pasase desapercibido un diputado que sacaba petróleo de los poquísimos minutos de los que disponía para poder defender sus planteamientos, sin que le asustase la soledad que pudiera tener en el Congreso.

Para un preadolescente, como era mi caso, su presencia en un hemiciclo viciado desde su constitución, en el que gran parte de los escaños estaban ocupados por caras muy conocidas de la dictadura franquista y, por otro lado, por políticos que habían estado invernado durante varias décadas, a la espera del fallecimiento del dictador, Letamendia no dejaba  de ser una rara avis; era de las pocas voces que podía llamar a las cosas por su nombre; había sido defensor de presos políticos, había sufrido la represión, lo que le llevó a exiliarse durante un tiempo, y tenía una cosa clara: no podía defraudar al sector de la ciudadanía a la que representaba, algo que no suele ser muy común en el espacio de la izquierda.

En ese periodo en el que fue diputado supo hacer una lectura del papel que estaba desempeñando. Teniendo en cuenta las tensiones que había en la coalición Euskadiko Ezkerra, que se materializaron con el abandono por parte de EMK, y las disensiones internas existentes en EIA, sobre todo, por el viraje que había adoptado en relación con el régimen preautonómico, es ahí donde tuvo una visión por encima de siglas e intereses partidistas; las circunstancias lo habían colocado como la única voz que iba a poder defender en el debate constitucional las reivindicaciones de la izquierda abertzale, de los que votaron a Euskadiko Ezkerra y de los que, como las organizaciones de KAS, pidieron la abstención. Pero su voz fue más allá, porque fue altavoz de todos los sectores oprimidos del Estado español.

En esa labor siempre me ha llamado la atención la lectura que sabía realizar de lo que se debatía en el Parlamento, y para ello traigo a colación la Ley de Amnistía, a la que se opuso y se abstuvo en la votación. Cuando hoy en día las asociaciones memorialistas y de víctimas del franquismo que están luchando porque no queden impunes los crímenes del franquismo y de los primeros años de la monarquía, se topan a diario con la Ley de Amnistía de octubre de 1977 que impide enjuiciar a los responsables de dichos crímenes, ya en aquel entonces, diciembre de 1977, Letamendia lo dejó claro en el Congreso, en una intervención que mantuvo y en la que respondiendo a Fraga Iribarne dijo “que bien le ha venido a hombres como el señor Fraga la Ley de Amnistía, que ha impedido investigar hasta el fondo la verdadera responsabilidad de estos hechos”, en relación con los sucesos de Málaga con el asesinato de Manuel José García Caparrós y Javier Fernández Quesada en Tenerife. Dos de los múltiples hechos que se dieron durante lo que llaman modélica y pacífica Transición. A este respecto, sólo decir que  la Ley de Amnistía fue aprobada con los votos del PSOE, PCE, PNV y CiU, entre otros.

Fueron muchas las batallas dialécticas que mantuvo con Fraga Iribarne en el hemiciclo. En un debate en el Congreso de los diputados, el ex ministro de Franco definió a Letamendia como “portavoz de la izquierda extraparlamentaria, de los gitanos, de los quinquis y de las prostitutas”, a lo que el diputado abertzale le respondió, “si yo consiguiera serlo me honraría; ya ve usted, señor Fraga, todos tenemos que jugar nuestro papel, yo intento defender a los desvalidos y usted defiende, sin duda, a los poderosos”.

Al margen de su actividad política, su faceta como escritor, con más de una treintena de obras publicadas, unido a su labor docente, es la actividad que destacaría como la más importante, habiéndole ocupado la mayor parte de su vida, y donde ha realizado una gran aportación como pensador. Como en estas líneas es materialmente imposible poder realizar un comentario de toda su obra, voy a señalar algunas de sus obras, que corresponden a sus primeros trabajos escritos. Estos hay que enclavarlos en los años 70 y primeros de los 80, los años de la Transición; época en la que tuvo una participación activa en la política vasca.

El proceso de Burgos visto desde dentro
El proceso de Euskadi en Burgos. Editorial Txalaparta

En el primer ensayo que participa es el libro que escribe mano a mano con Miguel Castells, sobre el Proceso de Burgos de diciembre de 1970. Dos de los abogados que defendieron a varios de militantes de ETA que fueron juzgados en ese consejo de guerra. Fue publicado por Ruedo Ibérico y reeditado por la editorial Txalaparta en 2020. Un libro imprescindible para entender lo que supuso ese juicio en los últimos años de la dictadura y las contradicciones que generó dentro de los aparatos del régimen franquista.

Letamendia. Un referente intelectual de la izquierda abertzale
El no vasco a la reforma. Editorial Txertoa

Siguiendo la estela de ese tipo de trabajos, tiene varios libros en los que realiza un relato muy pormenorizado de lo que se conoce como Transición en Euskal Herria, y que Ortzi denomina Reforma Política, porque en todo momento parte de una premisa: no se dio una ruptura con el régimen franquista, ni una transición de un régimen dictatorial a uno democrático; por el contrario, las élites políticas con la supervisión de la oligarquía, pusieron en marcha un proceso de reformas políticas, no sólo obviando una mínima crítica a la dictadura, sino que su punto de partida era la legalidad surgida del golpe de Estado de julio de 1936. Entre ellos hay uno que consta de dos volúmenes: “El no vasco a la reforma. 1º La consolidación de la reforma” y “El no vasco a la reforma. 2º La ofensiva de la reforma” (Editorial Txertoa, 1979). Son dos volúmenes imprescindibles para entender lo que fue el trampantojo de la Transición, sobre todo vista desde Euskal Herria. Temas que en aquel momento suscitaron grandes debates, como la amnistía, la cuestión de Navarra o el proceso de elaboración y aprobación del Estatuto de Gernika, que lo define como “anémico”. También se sumerge en algunas cuestiones de carácter global: Los Pactos de la Moncloa, como herramienta para doblegar las aspiraciones de la clase trabajadora y fortalecer un sistema capitalista con las bendiciones de la izquierda parlamentaria (PSOE-PCE), o la continuidad de un orden público con unos cuerpos policiales heredados de la dictadura. Pero si tuviera que destacar algo por encima del resto, sería un capítulo del primer volumen titulado “El tabú de la unidad nacional”, en el que no sólo profundiza en el concepto de nación desde una visión histórico-jurídica, sino que realiza una crítica a la idealización que realiza el nacionalismo vasco de lo que fueron los Fueros, al constatar que mientras estuvieron vigentes, no fue una “Arcadia en la que reinaba la más completa armonía y democracia y donde no existían las clases sociales”, pues se dieron enfrentamientos entre diferentes clases sociales. Frente a los planteamientos foralistas que defendió el PNV durante el debate constitucional, partido que dejó muy claro a través de su portavoz, Xabier Arzalluz, que no cuestionaban la unidad de España ni la monarquía, Letamendia defendió el reconocimiento del derecho de autodeterminación de los pueblos, que era la forma de hacer una lectura del problema nacional desde un punto de vista marxista.

Letamendia. Un referente intelectual de la izquierda abertzale
Denuncia en el Parlamento. Editorial Txertoa

En esta línea, escribió un tercer libro, que con el título “Denuncia en el Parlamento” (Editorial Txertoa, 1978), recoge un resumen de su actividad como diputado, con intervenciones suyas y de algunos de los diputados con los que confrontó, y en el que no podían faltar los innumerables choques dialécticos con la cara más visible del franquismo, Fraga Iribarne. En este libro se puede encontrar la intervención que tuvo en el Congreso, en la que dijo ¡Que se vayan! de Euskadi las FOP[3]. Frase que se convirtió en un slogan a lo largo y ancho de Euskal Herria.

Letamendia. Un referente intelectual de la izquierda abertzale
Historia de Euskadi: el nacionalismo vasco y ETA. Editorial Ruedo Ibérico

Pero de aquella época en mi opinión, sin duda alguna, el libro más emblemático de Francisco Letamendia fue “Historia de Euskadi: el nacionalismo vasco y ETA”, editado en 1975 por Ruedo Ibérico en París, llegando a tener una segunda edición en 1977. Esa obra fue fundamental en aquella etapa, y me atrevería a decir que imprescindible para entender la historia del pueblo vasco desde una óptica marxista; es un ensayo muy denso, que requiere de una lectura sosegada. Arrancando en la prehistoria vasca, viaja por todas las edades de la historia. Desde la democracia matriarcal vasca, la romanización incompleta o la creación del reino de Navarra y la represión de la brujería, pasando por el análisis de los Fueros y las luchas campesinas, matxinadas (rebeliones), y el inicio de un proceso acumulación precapitalista durante la Edad Moderna, para finalizar este ensayo a mediados de la década de los setenta del siglo XX.

El estudio que realiza de los siglos XVIII y XIX es fundamental, sobre todo este último, para poder entender todo lo que fue el siglo XX. Se adentra en lo que representó la pérdida de los Fueros desde un punto de vista socio-económico y lo que suponía para los sectores más humildes de la sociedad vasca, sobre todo para el campesinado, en contraste con los intereses de la burguesía urbana; la contextualización que realiza de las guerras carlistas ofrece una perspectiva muy diferente de la que habitualmente se suele realizar sobre este episodio histórico. Es imposible entender el surgimiento del nacionalismo vasco sin tener un conocimiento de todo lo anteriormente expuesto, al que le dedica unos muy interesantes apartados. Anteriormente he mencionado que este ensayo sigue una metodología marxista, pues analiza la historia desde la visión de las contradicciones de clase que se han dado a lo largo de la historia del pueblo vasco, cuestión que se puede observar cuando expone las bases ideológicas del nacionalismo vasco en sus inicios de la mano de su fundador, Sabino Arana, dentro de los que fueron los movimientos nacionalistas de finales del siglo XIX en Europa.

Al siglo XX le dedica la mayor parte de esta obra: La Restauración, Segunda República, guerra civil y dictadura para llegar al nacimiento de ETA (1959) hasta 1974. De esta última parte del libro destacaría algunas cuestiones: el análisis profundo que realiza Letamendia sobre los principios ideológicos de ETA a lo largo de esa etapa (1959-1974), de la que se puede extraer que es una organización que pasa por diferentes crisis internas producto de la evolución ideológica que se va dando en ella y de que es una organización en la que el debate está siempre encima de la mesa; recoge las influencias que recibe de otras experiencias revolucionarias que se dan en aquella época por los diferentes continentes (independencia de Argelia, Revolución cubana, Revolución china, Vietnam, etc…) y la situación que se vivía en el Estado español, con la dictadura franquista.

Letamendia. Un referente intelectual de la izquierda abertzale
Konstituzio hori ez. No a esa constitución. Zutik

A lo largo del debate constitucional tuvo una participación muy destacada, teniendo en cuenta que al ser el  único diputado de su formación y estar dentro del Grupo Mixto, las intervenciones son sustancialmente menores que las de los grandes grupos parlamentarios. Ello no le impidió presentar innumerables enmiendas durante su tramitación parlamentaria. Una de ellas fue la redacción de varios artículos que formarían el título VIII bis de la Constitución, donde se regularía el ejercicio del Derecho de Autodeterminación. En el debate se posicionó y votó en contra de la Constitución de 1978 y durante ese periodo, elaboró un trabajo que con el título “Konstituzio hori ez-No a esa constitución”, fue publicado en la revista Zutik de EIA, donde comentó el borrador que aprobó la Comisión constitucional.

Letamendia. Un referente intelectual de la izquierda abertzale
Clase obrera marxismo y cuestión nacional vasca. Cuadernos de formación IPES

Durante el periodo que tuvo una participación activa en la vida política (1977-1982) también redactó algunos artículos y ponencias como la realizada para IPES en el marco de un ciclo «Marxismo, clase obrera y cuestión nacional en Euskadi” celebrado en 1980 en Bilbao. Su ponencia se tituló “La construcción de una alternativa revolucionaria: De la V Asamblea, ETA a KAS”.

Una vez que se dedicó en exclusiva a la docencia publicó una gran cantidad de volúmenes en los que no sólo profundizó sobre estos temas, sino que al ser profesor de historia vasca en la Universidad París VIII y posteriormente impartió clases de Ciencia Política en la Universidad del País Vasco se adentró en otras materias. Se podría decir que la política vasca en general, y la izquierda abertzale en particular, perdieron un político de gran valía, y el mundo de la docencia e investigación ganó a un investigador incansable. Ahora, con su pérdida, se ha ido un referente intelectual del espacio abertzale, pero también de la izquierda crítica con el régimen surgido en el 78.


[1] Euskal Iraultzarako Alderdia ,EIA (Partido para la Revolución Vasca) surge como partido político a partir de la aprobación de la ponencia Otsagabia en la VII Asamblea de ETA político-militar, celebrada en septiembre de 1976. En ella se planteaba el desdoblamiento de la organización armada, para crear un partido político abertzale y socialista. Logró su legalización en enero de 1978, pero para ello renunció a que en sus estatutos se definiera como un partido independentista y que su objetivo fuese la revolución vasca. El primer secretario general fue Goio Lopez Irasuegi, hasta la celebración del primer congreso, en el que salió elegido Mario Onaindia. En 1977, junto con EMK, organizó la agrupación de electores Euskadiko Ezkerra. En marzo de 1982, EIA y un sector del PCE-EPK (Partido Comunista de Euskadi) liderado por Roberto Lertxundi, realizan el congreso del que nacerá el partido Euskadiko Ezkerra-Izquierda para el Socialismo (EE-IPS).

[2] Euskadiko Mugimendu Komunista, EMK (Movimiento Comunista de Euskadi) pertenecía organizativamente al Movimiento Comunista (MC) a nivel del Estado español.

[3] FOP: Fuerzas de Orden Público. Policía Armada y Guardia Civil.

Nativa o extranjera, la misma clase obrera

Es necesario denunciar la hipocresía del capitalismo y de su muleta, la ultraderecha y el fascismo, pues, por un lado, criminalizan a los inmigrantes, y por otro lado los utilizan para realizar trabajos en régimen de semi esclavitud. Esto se está viviendo en muchos sectores, pero, probablemente, en las labores del campo, sencillamente es escandaloso, y lo que está claro que el inmigrante es víctima y no responsable. En la actualidad, los inmigrantes se han convertido en los esclavos del siglo XXI, por eso no podemos cargar sobre ellos la culpa de todo este problema. Parece que no se quiere ver que son las víctimas.

Todavía no son las siete de la mañana de un día cualquiera del mes de julio, el nuevo día saluda con los primeros rayos de sol, y presagia que va a ser otro día de calor insoportable. Me dirijo con paso rápido hacia la parada del autobús que me llevará a mi trabajo. Mientras espero la llegada del colectivo, observo la construcción de un bloque de viviendas que hay frente a donde me encuentro situado. Se observa movimiento en la obra, muchos trabajadores están en plena faena, otros se empiezan a incorporar a sus puestos de trabajo. No me cabe duda, hoy van a pasar una jornada laboral extremadamente dura, el calor va a hacer estragos, pero lo que aún es peor, la previsión no es nada halagüeña, y se espera que esta situación se va a prolongar más de lo previsto.

Nativa o extranjera, la misma clase obrera
Trabajadores inmigrantes de la construcción

No es la primera vez que, haciendo tiempo en la parada del autobús, suelo contemplar la construcción de esa torre de viviendas. En ese transcurrir de los días, observo los diferentes oficios que se hayan presentes en ella; la inmensa mayoría de los trabajadores son inmigrantes de diferentes continentes, donde abundan trabajadores africanos y latinoamericanos. Allí se les ve, cada uno desempeñando su labor en el tajo. Recuerdo los meses de invierno, cuando a esa hora era de noche, y llegaban todos abrigados hasta las orejas; seguro que en sus lugares de origen nunca habían soportado temperaturas tan bajas.

Al poco tiempo de haber llegado a la parada, como todas las mañanas, se aproxima una señora, y educadamente nos saludamos, dándonos los buenos días; nos conocemos de realizar el mismo trayecto; viene ataviada con su pañuelo en la cabeza, por lo que supongo que procede de algún lugar donde la utilización de esa prenda tiene un componente cultural y/o religioso. Se dirige a su trabajo, con su habitual puntualidad.

Entro en el autobús y en la siguiente parada se sube una madre con un par de niños pequeños. Se le ve que va algo apurada. Su acento cuando habla a sus críos no me deja atisbo de duda, y me hace pensar que viene de alguna isla del Caribe. Pasadas unas paradas, se bajan como una exhalación frente a un campamento urbano para niños. No me cabe la menor duda, que esa ha sido una escala técnica en el camino hacía su trabajo.

Nativa o extranjera, la misma clase obrera
Plaza de Tirso de Molina un domingo por la mañana (Wikimedia Commons)

Termino mi jornada laboral y me dirijo a lo más céntrico y castizo de Madrid. Me estoy refiriendo a la zona de Tirso de Molina, El Rastro y Lavapiés. Cuando salgo del metro me encuentro ese ir y venir de personas en uno de los barrios donde la diversidad multicultural es su seña de identidad. Personas que en su inmensa mayoría son la flor y nata de la juventud de sus países de origen, y que han recorrido miles de kilómetros en busca de una vida mejor; estos no han venido en busca de una paguita ni de una ayuda. Muchos de ellos son manteros, ¡qué nombre más despectivo! para referirnos a personas que venden todo tipo de cosas, que no me cabe la menor duda que todas aquellas en las que figure alguna marca, serán falsas, pero ¿vamos a calificar eso de delito cuando hay empresas que defraudan cientos de millones de euros a las arcas públicas? ¿dónde está nuestra vara de medir los tipos y grados de delincuencia? ¿es delito querer ganarse unos euros vendiendo un producto que el comprador sabe de antemano que no es original? No están engañando a nadie, lo único que quieren es ganarse la vida, sin más.

Observo en este barrio una anciana que va muy despacio por la calle con la ayuda de una persona que hace de cuidadora. Con toda la paciencia del mundo le va ayudando en los pasitos cortos que va dando. Es una persona que ha venido de lejanas tierras, y que su forma de ganarse la vida es cuidando de nuestros mayores. Probablemente no tenga papeles, esté cobrando en negro, el salario que reciba no llegue al mínimo y salga con miedo a la calle por si le piden los papeles, porque en la zona otra cosa no habrá, pero policía para exportar, son un elemento más del paisaje urbano, que parece que su única misión es pedir documentación a cualquier persona que les pueda parecer extranjera; es una rutina que se repite día tras día.

Nativa o extranjera, la misma clase obrera
Policía en la plaza de Lavapiés (Wikimedia Commons)

El día va llegando a su fin, y me pongo a ver las noticias por la televisión. El calor y los incendios acaparan la mayor parte de la duración del informativo, y en ese contexto de calor e incendios, dan cuenta de dos informaciones: la primera es que un hombre rumano muere como consecuencia de un golpe de calor trabajando en el campo. No había interrumpido su tarea porque el patrón le amenazó con la pérdida de su puesto de trabajo. La segunda noticia es que acababa de fallecer otra persona a consecuencia de las quemaduras sufridas unos días atrás en un incendio mientras trabajaba. El trágico suceso ocurrió en una explotación ganadera; también era de nacionalidad rumana. No puedo evitar pensar que las desgracias de todo tipo recaen sobre las personas menos favorecidas, y los inmigrantes son uno de esos colectivos que se llevan la plama.

Todo esto no es un relato producto de mi imaginación, ni es algo ficticio, sencillamente ha sido fruto de lo sucedido a mi alrededor en un día cualquiera, similar al de infinidad de personas que, como yo, pisan la calle; otra cosa es que uno no quiera ver lo que pasa en su entorno. Y a partir de ahí, lo que me viene a mi mente son algunas reflexiones sencillas, de andar por casa, en la que uno no necesita realizar análisis profundos.

Lo primero que me pregunto es hacia donde vamos como sociedad, con ese martilleo de discursos xenófobos, que se van extendiendo como una mancha de aceite. Y lo que me viene a la cabeza es de Perogrullo: nadie hace un viaje de miles de kilómetros, poniendo en riesgo su vida para ir a otro país a delinquir, vivir de las ayudas o para que se cumpla la teoría peregrina del gran reemplazo. Si, esa tesis auspiciada por la ultraderecha americana y europea, según la cual, hay un plan oculto cuya finalidad es reemplazar a la población blanca y cristiana de Europa y EEUU por personas africanas, árabes y de otras latitudes.

Al hilo de esas teorías conspirativas, donde hacen un coctel, mezclando diferentes cuestiones como la cultura, religión; lo que está detrás de todo esto no es más que un supremacismo racista. Nos están vendiendo que todos estos flujos migratorios atentan contra la civilización cristiana, que lleva asentada en Europa más de 2000 años; un discurso carente de rigor, pues obvian todas las civilizaciones que a lo largo de la historia han pasado por Europa. Lo primero que es muy discutible es si el reloj de la historia hay que ponerlo en marcha con el nacimiento de Jesús, y, por tanto, cuando surge la religión cristiana, pues el hombre llevaba existiendo miles de años antes, y había otras muchas civilizaciones que pasaron con anterioridad por Europa, y por la Península Ibérica en particular; se obvia el paso de griegos, cartagineses, romanos, civilizaciones anteriores al surgimiento del cristianismo. La amnesia selectiva que existe nos hace olvidar que una civilización, la árabe, estuvo ocho siglos en la Península Ibérica, dejando a su paso una cultura y aportando grandes inventos e innovaciones. Desde algo tan sencillo como los números que hoy en día utilizamos, pues hasta la fecha se utilizaban los números romanos ¿alguien se imagina resolver una ecuación o una integral con números romanos?, hasta algo tan simple como la higiene personal, porque los cristianos de la época eran bastante guarretes y estaban reñidos con el agua.

Desde un punto de vista económico, y hasta se podría calificar de egoísta, la conclusión que llega cualquiera que tenga algo se sentido común, no es otra que hay que ser muy necio para negar que en la actualidad la inmigración es uno de los motores de la economía de los estados desarrollados, y el Estado español no es ninguna excepción. Los inmigrantes son tan necesarios como el agua para las plantas. Por eso, esos discursos xenófobos, en los que hablan de echar del Estado español a ocho millones de inmigrantes no dejan de ser demagogia barata, con la única finalidad de captar el voto de un segmento de la población a la que le han vendido que el inmigrante es el culpable de todos sus males, responsable de la precariedad laboral, de que los salarios sean bajos, de la situación de la vivienda y el incremento de los alquileres. Sin embargo, la realidad es bien distinta, pues la situación de precariedad laboral y los bajos salarios son producto de un mercado laboral en el que la patronal campa a sus anchas, independientemente que los trabajadores sean nativos o extranjeros, y si hay que poner el foco en algún sitio, quizá habría que ponerlo en la incapacidad de la clase trabajadora y sus representantes, que parece que no han aprendido las lecciones que nos da la historia, para tener claro que las conquistas laborales y sociales no caen del cielo como regalo divino. Y en vez de pensar que nativos y extranjeros forman parte de esa misma clase obrera, y que comparten problemas, necesidades e ilusiones, algunos deciden enredarse y caer en esa caza de brujas contra lo más vulnerable de la sociedad, que en este caso viene a ser el emigrante. Pero el discurso xenófobo de la ultraderecha cala porque lo fácil es aceptar ese análisis carente de todo rigor, pero en el que ya han encontrado un culpable que no tiene herramientas para defenderse y que se convierte en la diana donde lanzar todos los dardos, en vez de poner la mirada en el epicentro de los problemas que aquejan a la clase trabajadora.

Nativa o extranjera, la misma clase obrera
Protesta antiracista

Es importante no olvidar que los que realizan este tipo de discursos xenófobos en contra de la inmigración, en ningún momento están poniendo su mirada en todos esos inmigrantes de un altísimo poder adquisitivo, esos que llegan y adquieren una vivienda en esos barrios donde viven las grandes fortunas. Esto debería hacer pensar a todas esas personas trabajadoras que equivocan el lugar donde dirigir su ira por los problemas que les acechan, pues realmente el discurso antiinmigrante por parte de la ultraderecha no va dirigido tanto contra el origen de esas personas, sino contra la clase a la que pertenecen.

Nativa o extranjera, la misma clase obrera
Trabajadores inmigrantes trabajando en el campo

Es necesario denunciar la hipocresía del capitalismo y de su muleta, la ultraderecha y el fascismo, pues, por un lado, criminalizan a los inmigrantes, y por otro lado los utilizan para realizar trabajos en régimen de semi esclavitud. Esto se está viviendo en muchos sectores, pero, probablemente, en las labores del campo, sencillamente es escandaloso, y lo que está claro que el inmigrante es víctima y no responsable. En la actualidad, los inmigrantes se han convertido en los esclavos del siglo XXI, por eso no podemos cargar sobre ellos la culpa de todo este problema. Parece que no se quiere ver que son las víctimas.

No podemos olvidar las políticas que las potencias occidentales mantienen con los países pobres, que durante siglos han sido dominados y esquilmadas sus riquezas. Estados, que si bien,  a lo largo del siglo XX lograron su independencia, dejando de ser colonias de los países europeos, la realidad es que las antiguas metrópolis continúan teniendo un papel intervencionista, que se ha traducido, simple y llanamente, en continuar con el  espolio económico de sus riquezas naturales, derribando regímenes y poniendo a gobiernos de su cuerda, sin importarles que en su mayoría sean corruptos, llegando la injerencia hasta el extremo de ser los responsables de los conflictos y guerras que se viven en esos países. Y la pregunta es sencilla ¿qué fuerza moral podemos tener para prohibir que vengan personas que huyen de esos conflictos bélicos cuyo responsables son los países desarrollados? Esa es la hipocresía y la ley del embudo del capitalismo y de los estados ricos.

La desmemoria o amnesia colectiva es preocupante, quizá sea ese el factor más importante por el que la xenofobia, una de las banderas que enarbolan las ideologías ultras y fascistas estén creciendo de forma exponencial. Se está olvidando que durante muchos siglos la inmigración que ha habido desde Europa a diferentes lugares del planeta (América, Asia, África) se debía a cuestiones puramente económicas: la pobreza, el hambre y las guerras que recorrían Europa. Entonces no había este debate, porque Europa tenía el derecho a poder enviar inmigración a esos países, venía a ser una segunda colonización.

Dicho todo esto, lo lamentable es que en pleno siglo XXI nos encontramos con una sociedad que ha hecho suyo este discurso, y cuando hablo de sociedad, estoy poniendo la mirada en ese sector de la ciudadanía que, aunque renieguen, no dejan de ser clase trabajadora. Olvidan algo fundamental: confunden quién es su enemigo. Creen que el inmigrante viene a competir contra el nativo, sin querer ver que el enemigo de ambos no es otro que este capitalismo depravado que lo único que hace es explotar a los nativos y extranjeros, porque no nos engañemos, para el capitalismo, lo único importante es su cuenta de resultados.

Los soldados que volverán. Desafíos de posguerra

Todas las guerras tienen algunos denominadores comunes, pero sin duda, uno de ellos y, probablemente, el más importante, es la barbarie, acompañada de su sombra inseparable: el sufrimiento de la población civil. Esto no ha variado a lo largo de la historia, suele ser la primera víctima, y el dolor que conlleva cualquier conflicto bélico se refleja en las gentes que sufren la violencia protagonizada por los responsables, que no suelen ser otros que los gobiernos que están al servicio de las élites políticas y económicas de sus respectivos estados. La muerte y la destrucción sirven para machacar a la población y que el miedo se adueñe de ella, pero quienes lo sufren con mayor crudeza suelen ser las clases más desprotegidas y vulnerables, pues en las guerras también afloran las diferencias de clases.

Si la guerra suele ser una tragedia, el escenario posterior, la posguerra, supone un periodo en el que la gestión de todo lo acontecido va poniendo las bases de lo que va a ser el futuro de esa sociedad traumatizada por el horror de la guerra. El camino que tomen las sociedades después de un conflicto armado es fundamental para poder superar los traumas que ha dejado una guerra, o para caer en un pozo del que se me antoja que luego es casi imposible salir.

Los soldados que volverán. Desafíos de posguerra
Borja D. Kiza

Para hablar de todas estas cosas y algunas más relacionadas con este tema, el periodista Borja D. Kiza ha publicado recientemente un ensayo en el que expone un abanico de cuestiones relacionadas con la guerra y los posos que esta deja a lo largo del tiempo en las sociedades que la han padecido. Con el título “Los soldados que volverán. Desafíos de posguerra” (Editorial Txalaparta), el autor, a la hora de tratar este tema, ha realizado un libro de entrevistas a personas que viven en lugares donde hay o ha habido una guerra y/o que pueden aportar algo sobre esta cuestión.

A lo largo de este ensayo el autor nos ofrece una visión muy amplia, para ello el abanico de personas a las que ha recurrido va desde quienes, de una u otra forma, han sufrido, directamente o en su entorno, las consecuencias de la guerra, pasando por periodistas, activistas que han tenido una experiencia directa en esos lugares, así como diferentes pensadores y analistas que han profundizado en el estudio de conflictos armados, etc. Un elenco de personas que aportan al lector un escenario visto desde diferentes perspectivas de lo que se ha vivido en estos lugares. Y en todo momento, Borja D. Kiza mantiene una cierta distancia para no tomar partido, centrando su labor en transmitir los testimonios y reflexiones de las personas que entrevista a lo largo de este trabajo.

Este ensayo, utilizando como punto de partida la guerra de la antigua Yugoslavia, va adentrándose en ella y en sus consecuencias, pero de forma paralela le va acompañando el actual conflicto que se está viviendo en Ucrania, pues el autor nos irá mostrando las similitudes existentes entre ambas guerras, y qué escenarios se pueden dar en el actual conflicto ucraniano, pero, al hablar de su libro, no duda en decir que “no es una historia de los Balcanes, ni tampoco de Ucrania o Rusia. Esta es la historia universal y atemporal de unos (en su mayoría) hombres que van a la guerra y que un día vuelven o volverán convertidos en otra cosa”.

Mientras los entrevistados en Croacia, Bosnia o Serbia van exponiendo sus experiencias, sus puntos de vista, Borja D. Kiza, aprovecha esos testimonios y reflexiones para preguntarse “¿cómo se gestionarán las sociedades rusa y ucraniana una vez que el conflicto abandone su faceta armada?”, porque “las posguerras duran más que los periodos de guerra que es en ellas donde se establecen las nuevas bases sociales y políticas, que de alguna manera, afectan más profundamente y a largo plazo a las sociedades que han atravesado el conflicto”. Y sobre estas consideraciones irá hilando este ensayo, un documento útil para ir más allá de la información que nos llega a través de los canales convencionales.

La guerra es definida como “ese sitio y ese momento en el que todo plan fracasa”, pero ese fracaso se perpetúa en el tiempo al observar cómo se ha gestionado la posguerra en algunos conflictos, y en el caso de la antigua Yugoslavia es un claro ejemplo de ello, porque a día de hoy los rencores existentes siguen vivos como si la guerra hubiera finalizado hace cinco años, y no olvidemos que el conflicto en Croacia y Bosnia finalizó en 1995. Los testimonios de las personas que nacieron durante o con posterioridad a la guerra lo atestiguan; todo ello alentado en una sociedad en la que perdura los mismos clichés.

Este ensayo nos acerca a lo que es la actual sociedad croata, su forma de pensar, en qué parámetros ideológicos se mueve, donde nacionalismo y religión son el cóctel perfecto para haberse convertido en un país en el que “la gente no protesta contra las injusticias creadas por el Gobierno. La mayoría es de derechas y patriarcal”, “la sociedad es acrítica y apolítica y que la identidad nacional de la posguerra es anticomunista y católica. Si no entras en ese marco eres un mal croata”, donde “los jóvenes son más conservadores en cuanto a la religión que sus padres”. Un país donde “la mayoría de los veteranos de guerra son de derechas”, siendo muy tenidos en cuenta por la clase política, porque son un suculento caladero de votos; un país donde “el problema es la falta de consolidación democrática tras la guerra, lo que le llevó a la creación de un espacio político basado en el clientelismo y en la corrupción y un espacio económico similar”.

El odio existente hacia los serbios lo han interiorizado de tal forma que este ensayo aporta algunos testimonios en los que afloran las contradicciones existentes en la sociedad croata a la hora de construir un país. Si por un lado una joven croata manifiesta que “todo el mundo perdió algo en la guerra y todos los mayores dicen que antes era mejor, que había trabajos bien pagados, comida, y que la gente vivía feliz junta” (se refiere a la época en la que existía la antigua Yugoslavia), otra manifiesta que “el sistema social de Yugoslavia estaba bien, pero yo no quiero estar con los serbios” y otro joven define de forma muy gráfica en lo que se ha convertido Croacia al comentar “que cuando hablas de derechos de los trabajadores, del estado social, de bienes públicos…, eres automáticamente considerado comunista, los que significa que eres anticroata y, en consecuencia, serbio”.

Este trabajo recoge algunos testimonios de lo que ha sido la experiencia posbélica en Bosnia y la situación socioeconómica en la que están inmersos; donde se observa la hipocresía de las élites políticas de las tres minorías que forman el actual Estado bosnio (bosnios, croatas y serbios), con discursos beligerantes entre las diferentes etnias, dando la sensación que “va a volver a estallar la guerra”, pero yendo de la mano a la hora de privatizar los recursos económicos del país, en beneficio de ellas, lo que le ha abocado a convertirse en un exportador de mano de obra a Alemania. Un denominador común en este tipo de conflictos.

No está de más recordar el papel jugado por la OTAN y la Unión Europea en el conflicto de los Balcanes durante la guerra, cuestión que este ensayo no pasa por alto. Una responsabilidad que en todo momento ha pasado por mirar hacia otro lado ante la fascistización, como en el caso de Croacia, porque en algunos casos le son de utilidad.

Salvando las características propias de cada conflicto, da la sensación que lo que se está viviendo actualmente en Ucrania tiene ciertas similitudes con lo sucedido hace 35 años en los Balcanes: La deriva hacia economías neoliberales, las privatizaciones de todo el sector público para caer en manos de unos pocos, el nacimiento de una élite política que fundamenta su discurso en el odio étnico, donde la corrupción es algo generalizado, dándose un auge de grupos fascistas que van haciéndose fuerte en las instituciones políticas, donde nacionalismo y religión van de la mano, y Occidente vuelve a repetir su papel, en un principio intentando guardar las formas, para acabar interviniendo en la guerra en favor de uno de los contendientes en vez de buscar una solución entre las partes. Parece que la historia se vuelve a repetir en Ucrania.

Cuando este ensayo se adentra en el conflicto que se vive entre Rusia y Ucrania, encontramos que entre ambos países hay nexos de unión, fueron repúblicas que formaron parte de la antigua URSS, comparten cosas tan importantes como la lengua, pues el ruso es muy hablado en gran parte de Ucrania y entre ambas poblaciones hasta ahora han existido una relación o conexión muy importante. Algo similar sucedía en la antigua Yugoslavia analizando la conexión entre los habitantes de las diferentes repúblicas.

La geopolítica ha jugado un papel importante en este conflicto y el autor lo ha tenido presente en algunas de las entrevistas en las que se recogen diversas reflexiones acerca de la postura que han adoptado en diferentes continentes. En un mundo en el que Europa ha perdido el protagonismo que tenía en el siglo XX, este ensayo nos ofrece otras visiones que nos sirven para poder entender los intereses y prioridades existentes en otras regiones y la visión crítica hacia Occidente ante este conflicto. Las políticas neocolonialistas que algunos países occidentales siguen manteniendo son tenidas en cuenta en otros continentes.

Dejo para el final lo que suele ir al principio de un libro: el prólogo. Escrito por alguien que conoce bien lo que son las guerras y sus consecuencias devastadoras: Paula Farias. De su aportación al libro resaltaría cuando dice “hablar de la guerra como abstracción, sobre sus claves y sus porqués, requiere indefectiblemente una distancia con la trinchera, pues solo lejos del batir de sables se puede analizar. Cuando la lucha es a tu alrededor, el análisis desaparece y solo queda el silencio”.

Ese silencio que no es tenido en cuenta por quienes no dudan un momento a la hora de provocar guerras, es el que no podemos olvidar para luchar de forma activa para poder evitarlas.

Los soldados que volverán. Desafíos de posguerra
Los soldados que volverán. Desafíos de posguerra. Editorial Txalaparta

La teoría del Estado en el pensamiento de Lenin

Introducción

Este año se ha cumplido el centenario del fallecimiento de Vladimir Ilich Ulianov, Lenin. Entorno a este pensador, filósofo y político voy a adentrarme en una de las cuestiones que mayores debates y discusiones han surgido entre los pensadores marxistas. Me refiero a la teoría del  Estado. A lo largo de la historia en el ámbito ideológico del marxismo se ha dado un debate, no exento de confrontación, a la hora de qué hacer con el Estado y lo que éste representa.

Su estudio ha concitado controversias a la hora de interpretar el pensamiento de Marx y Engels, lo que lleva a diferentes interpretaciones que realizan algunos de los pensadores de la órbita del socialismo.

La teoría del Estado en el pensamiento de Lenin
Karl Marx (1818-1883) (Wikimedia Commons)

Marx y Engels tratan la cuestión del Estado en varias de sus obras: Crítica a la filosofía del Estado de Hegel (K. Marx), El Manifiesto Comunista (K. Marx), El 18 Brumario de Luis Bonaparte (K. Marx), La Guerra Civil en Francia (K. Marx), Crítica al Programa de Gotha (K. Marx), El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (F. Engels) y Anti-Düing (F. Engels), son algunas de ellas.

Sobre los presupuestos ideológicos de estos dos pensadores, es Lenin el que realiza un estudio más profundo en un momento histórico único, como fue el período vivido en Rusia con la caída del Régimen Zarista, la Revolución democrático-burguesa de febrero y la posterior Revolución Socialista de octubre de 1917.

Para estudiar el pensamiento de Lenin sobre la Teoría del Estado hay que profundizar en dos obras que fueron escritas a lo largo de 1917. La primera de ellas, y la más importante, es “El Estado y la Revolución”. Consta de varios ensayos que Lenin escribió a lo largo de 1917. La primera edición se publicó en el mes de agosto, bajo el Gobierno Provisional, en plena fase de la revolución democrática-burguesa. La segunda edición fue publicada en diciembre de 1918, es decir, un año después de que en octubre de 1917 triunfara la Revolución bolchevique. Es una obra fundamental en el pensamiento de Lenin, de las que más polémica ha generado en el ámbito del marxismo y me atrevería a decir que es una de las más olvidadas.

La teoría del Estado en el pensamiento de Lenin
Vladimir Ilich Lenin 1918 (Wikimedia Commons)

La segunda obra es “Las tesis de abril”. Fue escrita a su vuelta del exilio, una vez que había triunfado la revolución de democrático-burguesa de febrero de 1917, y en ella realiza un ataque a las posturas reformistas que en esos momentos estaban llevando lo socialistas-revolucionarios y los mencheviques, así como la posición dubitativa del partido bolchevique.

Contexto histórico

La Gran Guerra estaba acelerando la descomposición del régimen zarista y la mayor parte de la burguesía era consciente del peligro que corría este. Es por ello que la única opción que barajaba la burguesía para acabar con el régimen autárquico, burócrata que se sostenía gracias al Estado policiaco en el que se había convertido, era la sustitución del zar y la utilización de instrumentos demócrata-parlamentarios. Sin embargo, esta operación no prosperó.

En enero de 1917 la situación del régimen zarista era insostenible. En febrero la huelga de Petrogrado se acabará convirtiendo en huelga general política, dando el salto a una huelga revolucionaria. El surgimiento de dos poderes: El Gobierno Provisional, producto de un acuerdo entre los liberales burgueses, los mencheviques y los socialistas-revolucionarios con el propósito de neutralizar al segundo poder que había surgido con la insurrección de febrero: los Soviets de obreros y soldados.  

Cuando Lenin llega a finales de marzo a Rusia, la consigna es clara: dar los pasos necesarios para derrocar al Gobierno Provisional. La fase democrático-burguesa no deja de ser un paso previo para lograr la revolución socialista. Los bolcheviques no debían caer en el error de que el régimen democrático-burgués se consolidara.

Este planteamiento le llevó a un enfrentamiento no sólo con los mencheviques y socialistas-revolucionarios, si no con una parte muy importante de los bolcheviques, en concreto con los dirigentes del interior, como Stalin y Kamenev.

Los hechos son de sobra conocidos: las tesis de Lenin se impusieron, y el lema de “todo el poder a Soviets” fue fundamental para que en octubre se diera el paso definitivo para la caída del Gobierno Provisional, produciéndose el triunfo de los bolcheviques y su llegada al Poder.

El Estado y la revolución

Como he manifestado anteriormente, en el ámbito de la teoría del Estado, la obra referente que escribió Lenin fue “El Estado y la Revolución”[1]. En ella realiza un estudio pormenorizado de las teorías de Marx y Engels acerca de esta cuestión. La obra está plagada de citas, algunas ciertamente extensas, con la finalidad de encuadrar su pensamiento en el marco de las teorías de los fundadores del marxismo y de reforzar su tesis como producto de la correcta interpretación del pensamiento político de Marx y Engels.

Esta obra es una enmienda a la totalidad a la doctrina nacida en el seno de la II Internacional y a los planteamientos mecanicistas que tenían algunos dirigentes bolcheviques, como Stalin. En ese contexto, Lenin realiza una crítica muy severa a algunos conocidos miembros de la II Internacional, entre los que destaca C. Kautsky, el teórico más importante de dicha organización, por entender que su praxis se salía de la doctrina marxista.

Algunos autores han definido esta obra como desviación anarquista. Otros pensadores, como Wayne Price, la han definido como “su trabajo más libertario”. Sin olvidar que Lenin realiza una lectura de lo escrito por los padres del marxismo, vamos a analizar si es realmente un texto que se pueda definir como libertario.

Lenin escribió “El Estado y la Revolución” en ese periodo de efervescencia de los Soviets, entre las revoluciones de febrero y octubre, es por ello, que dedica un espacio a analizar la experiencia de la Comunidad de París, al ser la experiencia histórica en la que por primera vez el pueblo consigue poner en marcha la “destrucción de la máquina del Estado”.

El Estado como herramienta de dominio de la sociedad

A la hora de hacer una definición del Estado, Lenin se apoya en lo teorizado por Marx y Engel. Si para Marx, el Estado es un órgano de dominación de clases, Lenin lo define como “producto y manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase”. El Estado es la herramienta de la clase económicamente dominante para la represión y explotación de la clase oprimida. Y trae a colación a Engels y su obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, cuando este manifiesta que “con la desaparición de las clases desaparecerá inevitablemente el Estado”.

Una de las conclusiones de las definiciones anteriores, es que la cuestión del Estado va íntimamente ligada a la confrontación entre clases, el antagonismo existente entre la clase dominante (burguesía) y la clase oprimida (proletariado). O dicho de otro modo, para estos pensadores, la lucha de clases tiene mucho que ver con la maquinaria que sustenta al Estado burgués.

Para Lenin el aparato del Poder Estatal es el que está por encima de la sociedad en la que se dan las contradicciones de clase, al haber sido creado por la clase dominante, para poder tener sometida a la clase oprimidas, y una de las características del aparato estatal es que para ejercer esa función de dominación se apoya en el “ejército permanente y la policía”, elementos imprescindibles para poder realizar esa acción coercitiva contra la clase oprimida.

Ante este análisis, la pregunta que Lenin se plantea es

¿Qué hacer con el Estado?

Sin duda aquí radica una de las cuestiones fundamental de su ensayo. ¿Extinguirlo, destruirlo, abolirlo? Lenin no duda en exponerlo de forma radical, al plantear la destrucción del Estado burgués, lo que denominará la maquinaría estatal burguesa, como paso para la toma del Poder por parte del proletariado mediante un proceso revolucionario. Lo que se extinguirá posteriormente es el Estado surgido de esa revolución. Para ello, una vez más recurre a los trabajos de Marx y Engels.

Lenin cita a Engels, al manifestar que el pensador alemán plantea la destrucción del Estado de la burguesía por la revolución proletaria para que posteriormente se vaya extinguiendo el “Estado o semi-Estado” proletario surgido de dicha revolución. Y para poder llevar a efecto la destrucción de todo ello, es necesario pasar por la fase de la dictadura del proletariado, o lo que en otros autores, como Rosa de Luxemburgo, denominan democracia proletaria, que no es otra cosa que la represión de la burguesía por parte del proletariado, que en el plano socioeconómico se traduciría en la “toma de posesión de los medios de producción por el Estado en toda la sociedad”. A esto, denominan la destrucción del Estado burgués, que Lenin llega a denominar “la democracia más completa”. En este momento se iniciaría el proceso para la extinción del Estado, momento en el que desaparecería la democracia proletaria, porque para el político ruso, la democracia no deja de ser un Estado.

Al tratar esta cuestión, Lenin desarrolla una batería de críticas hacia los teóricos de la II Internacional, y en concreto a la socialdemocracia alemana, representada por C. Kautsky, al recordarles que si bien es “la república democrática, como la mejor forma de Estado para el proletariado bajo el capitalismo”, no hay que olvidar que “todo Estado es una fuerza especial para la represión de la clase oprimida”, lo que lo convierte en un obstáculo para llegar al socialismo, y para lograrlo, pasa por la destrucción del Estado capitalista y la instauración de la dictadura del proletariado. En este punto, Lenin no hace más que traer a colación lo expuesto por Marx en Crítica al Programa de Gotha, donde desarrolla este tema. Y es que vuelve a traer a colación al pensador alemán cuando dice que “la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado”[2].

La teoría del Estado en el pensamiento de Lenin
Vladimir Lenin en un mitin en mayo de 1920 (Wikimedia Commons)

Hasta entonces, todas las revoluciones habían “perfeccionado la maquinaria del Estado, y lo que hace falta es romperla”[3]. Y para ello, Lenin llega a la conclusión que “el proletariado no puede derrocar a la burguesía si no empieza por conquistar el Poder político, si no logra la dominación política, si no transforma el Estado en el proletariado organizado como clase dominante. El Estado proletario empieza a extinguirse inmediatamente después de su triunfo, pues en una sociedad sin contradicciones de clase es innecesario e imposible”.

En la cuestión al método de lucha para lograr lo expuesto hasta ahora, el líder bolchevique no duda en exponer que será mediante un proceso revolucionario de carácter violento, y para ello, recoge una cita de la obra Anti-Düring de F. Engels, cuando manifiesta que “… De que la violencia desempeña en la historia otro papel (además del de agente del mal), un papel revolucionario; de que, según expresión de Marx, es la partera de toda vieja sociedad que lleva en sus entrañas otra nueva; de que la violencia es el instrumento con la cual el movimiento social se abre camino…”.[4]

En este debate acerca de qué hacer con el Estado, Lenin también realiza una crítica al anarquismo de la mano de lo escrito por Marx y Engels. A diferencia de los anarquistas que plantean la supresión del Estado “de la noche a la mañana”, el revolucionario ruso defiende la necesidad de la vigencia temporal del Estado, como “forma revolucionaria y transitoria” del estado que el proletariado necesita, etapa necesaria para utilizar los resortes del Estado contra los explotadores, para lo que es necesario el empleo sistemático de las armas. “El Estado no puede abolido antes de haber sido destruidas las relaciones sociales que lo hicieron nacer”[5].

En este contexto, la Comuna de París de 1871 viene a ser uno de los referentes que tiene presente a la hora de teorizar sobre la organización de la clase trabajadora para derrocar el Estado burgués, porque esta experiencia demostró que no bastaba con que la clase obrera se apodere de la máquina estatal, por el contrario, era necesaria su destrucción, y con ello la máquina burocrático-militar.

El proceso de extinción del Estado (el periodo de transición)

Sin duda este es el punto que más disputa dialéctica se puede encontrar, porque en él es donde el líder ruso analiza el proceso de transición del capitalismo al comunismo, que constaría de varias fases, hasta llegar a la fase superior de la sociedad comunista, momento en el que se extinguirá el Estado.

Este proceso daría inicio con la transición del capitalismo al comunismo, que se realizaría únicamente a través de la dictadura del proletariado, que se extenderá en el tiempo hasta la desaparición de las clases, momento en el que “desaparecerá el Estado y podrá hablarse de libertad”. Y para ello, recurre a Engels cuando dice “mientras el proletariado necesite todavía el Estado, no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir”[6]. El Estado desaparecerá cuando no hayan desaparecido los capitalistas y no haya clases. Es a lo que Lenin llama libertad.

Todo ello es un proceso gradual en el que Estado reprimirá a la minoría de explotadores, hasta llegar a la primera fase de la sociedad comunista: una fase intermedia que desembocará en la fase superior de la sociedad comunista, momento en el que se extinguiría el Estado.

Si bien Lenin afirma que el Estado iniciará su proceso de disolución de forma inmediata, en ningún momento pone plazos a ese proceso, manifestando en algunos pasajes de su obra el desconocimiento ante la velocidad de ese proceso y “subrayando el carácter prolongado de este proceso”. Ello lleva a plantear que al no llegar a concretar la duración de ese proceso, hace pensar que todo dependería de la evolución del periodo de transición y de las posteriores fases de la instauración de la comunista. Teniendo presente lo expuesto, cabe poner en duda que en este trabajo haya una cierta tendencia libertaria y mucho menos, una desviación anarquista. En esta cuestión, Humberto Da Cruz entiende que “la progresiva extinción del Estado a lo largo del período socialista” se movió en el campo de la teorización, pues no dejaba de tener un gran componente de abstracción, lo que le hizo caer en un optimismo, al exponer que desde el momento en el que se produjera la toma del poder, y la destrucción del Poder burgués, daría inmediatamente comienzo a la extinción del Estado[7].

Hay que tener en cuenta que debido al atentado que sufrió, sus facultades quedaron muy mermadas, falleciendo en 1924, por lo que desconocemos como hubiera interpretado el proceso que se vivió en los posteriores años en la URSS.

Teniendo presente lo escrito por el líder ruso, la conclusión es que a lo largo de la historia, ninguna de las experiencias socialistas ha llegado a la fase final para llevar a cabo la extinción total del Estado. Ello se puede deber a múltiples factores, y el más importante podría ser la actitud hostil de los países capitalistas a lo largo de la historia para con los países socialistas, lo que les ha llevado a fortalecer el Estado socialista. Quizá en ese contexto, se podría tener presente la teoría surgida del XXII Congreso del PCUS (1961), en el que plantean la desaparición del Estado “cuando se haya edificado la sociedad comunista y la victoria del socialismo se consolide en todo el mundo”[8].

Tampoco habría que dejar a un lado que en la praxis seguida en las diferentes experiencias en la transformación del capitalismo al socialismo, podemos observar el arrinconamiento de algunas de las ideas que Lenin planteó en 1917, entre las que se encontraba que todo el poder residiera en los Soviets, para ir siendo sustituido por el control del poder a cargo de una élite de dirigentes que dominaban tanto los aparatos del partido y del Estado, llegando identificarse el uno con el otro y alejándose de las masas obreras.


[1] Para escribir este artículo he utilizado dos ediciones del libro de Lenin El Estado y la Revolución: Editorial Miguel Castellote, 1976 y Editorial Progreso de Moscú, 1976.

[2] Recogido en una carta que Marx escribe a Weydemeyer, fechada el 5 de marzo de 1852.

[3] Cita recogida por Lenin del libro de Marx, El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.

[4] Cita de la obra de F. Engels, Anti-Dühring.

[5] Cita de Engels que Lenin recoge en El Estado y la Revolución, extraida de unos artículos que Marx y Engels escribieron para un almanaque italiano y que en 1913 fueron publicados en alemán en la revista Neue Zeit.

[6] Lenin trae una cita de Engels obtenida de una carta que envió a Bebel.

[7] Prólogo al “Estado y la Revolución” de Lenin escrito por Humberto Da Cruz, Editorial Miguel Castellote, 1976.

[8] Pablo Lucas Verdú: Curso de derecho político, volumen I, 1980, pag. 199.