Todavía no son las siete de la mañana de un día cualquiera del mes de julio, el nuevo día saluda con los primeros rayos de sol, y presagia que va a ser otro día de calor insoportable. Me dirijo con paso rápido hacia la parada del autobús que me llevará a mi trabajo. Mientras espero la llegada del colectivo, observo la construcción de un bloque de viviendas que hay frente a donde me encuentro situado. Se observa movimiento en la obra, muchos trabajadores están en plena faena, otros se empiezan a incorporar a sus puestos de trabajo. No me cabe duda, hoy van a pasar una jornada laboral extremadamente dura, el calor va a hacer estragos, pero lo que aún es peor, la previsión no es nada halagüeña, y se espera que esta situación se va a prolongar más de lo previsto.

No es la primera vez que, haciendo tiempo en la parada del autobús, suelo contemplar la construcción de esa torre de viviendas. En ese transcurrir de los días, observo los diferentes oficios que se hayan presentes en ella; la inmensa mayoría de los trabajadores son inmigrantes de diferentes continentes, donde abundan trabajadores africanos y latinoamericanos. Allí se les ve, cada uno desempeñando su labor en el tajo. Recuerdo los meses de invierno, cuando a esa hora era de noche, y llegaban todos abrigados hasta las orejas; seguro que en sus lugares de origen nunca habían soportado temperaturas tan bajas.
Al poco tiempo de haber llegado a la parada, como todas las mañanas, se aproxima una señora, y educadamente nos saludamos, dándonos los buenos días; nos conocemos de realizar el mismo trayecto; viene ataviada con su pañuelo en la cabeza, por lo que supongo que procede de algún lugar donde la utilización de esa prenda tiene un componente cultural y/o religioso. Se dirige a su trabajo, con su habitual puntualidad.
Entro en el autobús y en la siguiente parada se sube una madre con un par de niños pequeños. Se le ve que va algo apurada. Su acento cuando habla a sus críos no me deja atisbo de duda, y me hace pensar que viene de alguna isla del Caribe. Pasadas unas paradas, se bajan como una exhalación frente a un campamento urbano para niños. No me cabe la menor duda, que esa ha sido una escala técnica en el camino hacía su trabajo.

Termino mi jornada laboral y me dirijo a lo más céntrico y castizo de Madrid. Me estoy refiriendo a la zona de Tirso de Molina, El Rastro y Lavapiés. Cuando salgo del metro me encuentro ese ir y venir de personas en uno de los barrios donde la diversidad multicultural es su seña de identidad. Personas que en su inmensa mayoría son la flor y nata de la juventud de sus países de origen, y que han recorrido miles de kilómetros en busca de una vida mejor; estos no han venido en busca de una paguita ni de una ayuda. Muchos de ellos son manteros, ¡qué nombre más despectivo! para referirnos a personas que venden todo tipo de cosas, que no me cabe la menor duda que todas aquellas en las que figure alguna marca, serán falsas, pero ¿vamos a calificar eso de delito cuando hay empresas que defraudan cientos de millones de euros a las arcas públicas? ¿dónde está nuestra vara de medir los tipos y grados de delincuencia? ¿es delito querer ganarse unos euros vendiendo un producto que el comprador sabe de antemano que no es original? No están engañando a nadie, lo único que quieren es ganarse la vida, sin más.
Observo en este barrio una anciana que va muy despacio por la calle con la ayuda de una persona que hace de cuidadora. Con toda la paciencia del mundo le va ayudando en los pasitos cortos que va dando. Es una persona que ha venido de lejanas tierras, y que su forma de ganarse la vida es cuidando de nuestros mayores. Probablemente no tenga papeles, esté cobrando en negro, el salario que reciba no llegue al mínimo y salga con miedo a la calle por si le piden los papeles, porque en la zona otra cosa no habrá, pero policía para exportar, son un elemento más del paisaje urbano, que parece que su única misión es pedir documentación a cualquier persona que les pueda parecer extranjera; es una rutina que se repite día tras día.

El día va llegando a su fin, y me pongo a ver las noticias por la televisión. El calor y los incendios acaparan la mayor parte de la duración del informativo, y en ese contexto de calor e incendios, dan cuenta de dos informaciones: la primera es que un hombre rumano muere como consecuencia de un golpe de calor trabajando en el campo. No había interrumpido su tarea porque el patrón le amenazó con la pérdida de su puesto de trabajo. La segunda noticia es que acababa de fallecer otra persona a consecuencia de las quemaduras sufridas unos días atrás en un incendio mientras trabajaba. El trágico suceso ocurrió en una explotación ganadera; también era de nacionalidad rumana. No puedo evitar pensar que las desgracias de todo tipo recaen sobre las personas menos favorecidas, y los inmigrantes son uno de esos colectivos que se llevan la plama.
Todo esto no es un relato producto de mi imaginación, ni es algo ficticio, sencillamente ha sido fruto de lo sucedido a mi alrededor en un día cualquiera, similar al de infinidad de personas que, como yo, pisan la calle; otra cosa es que uno no quiera ver lo que pasa en su entorno. Y a partir de ahí, lo que me viene a mi mente son algunas reflexiones sencillas, de andar por casa, en la que uno no necesita realizar análisis profundos.
Lo primero que me pregunto es hacia donde vamos como sociedad, con ese martilleo de discursos xenófobos, que se van extendiendo como una mancha de aceite. Y lo que me viene a la cabeza es de Perogrullo: nadie hace un viaje de miles de kilómetros, poniendo en riesgo su vida para ir a otro país a delinquir, vivir de las ayudas o para que se cumpla la teoría peregrina del gran reemplazo. Si, esa tesis auspiciada por la ultraderecha americana y europea, según la cual, hay un plan oculto cuya finalidad es reemplazar a la población blanca y cristiana de Europa y EEUU por personas africanas, árabes y de otras latitudes.
Al hilo de esas teorías conspirativas, donde hacen un coctel, mezclando diferentes cuestiones como la cultura, religión; lo que está detrás de todo esto no es más que un supremacismo racista. Nos están vendiendo que todos estos flujos migratorios atentan contra la civilización cristiana, que lleva asentada en Europa más de 2000 años; un discurso carente de rigor, pues obvian todas las civilizaciones que a lo largo de la historia han pasado por Europa. Lo primero que es muy discutible es si el reloj de la historia hay que ponerlo en marcha con el nacimiento de Jesús, y, por tanto, cuando surge la religión cristiana, pues el hombre llevaba existiendo miles de años antes, y había otras muchas civilizaciones que pasaron con anterioridad por Europa, y por la Península Ibérica en particular; se obvia el paso de griegos, cartagineses, romanos, civilizaciones anteriores al surgimiento del cristianismo. La amnesia selectiva que existe nos hace olvidar que una civilización, la árabe, estuvo ocho siglos en la Península Ibérica, dejando a su paso una cultura y aportando grandes inventos e innovaciones. Desde algo tan sencillo como los números que hoy en día utilizamos, pues hasta la fecha se utilizaban los números romanos ¿alguien se imagina resolver una ecuación o una integral con números romanos?, hasta algo tan simple como la higiene personal, porque los cristianos de la época eran bastante guarretes y estaban reñidos con el agua.
Desde un punto de vista económico, y hasta se podría calificar de egoísta, la conclusión que llega cualquiera que tenga algo se sentido común, no es otra que hay que ser muy necio para negar que en la actualidad la inmigración es uno de los motores de la economía de los estados desarrollados, y el Estado español no es ninguna excepción. Los inmigrantes son tan necesarios como el agua para las plantas. Por eso, esos discursos xenófobos, en los que hablan de echar del Estado español a ocho millones de inmigrantes no dejan de ser demagogia barata, con la única finalidad de captar el voto de un segmento de la población a la que le han vendido que el inmigrante es el culpable de todos sus males, responsable de la precariedad laboral, de que los salarios sean bajos, de la situación de la vivienda y el incremento de los alquileres. Sin embargo, la realidad es bien distinta, pues la situación de precariedad laboral y los bajos salarios son producto de un mercado laboral en el que la patronal campa a sus anchas, independientemente que los trabajadores sean nativos o extranjeros, y si hay que poner el foco en algún sitio, quizá habría que ponerlo en la incapacidad de la clase trabajadora y sus representantes, que parece que no han aprendido las lecciones que nos da la historia, para tener claro que las conquistas laborales y sociales no caen del cielo como regalo divino. Y en vez de pensar que nativos y extranjeros forman parte de esa misma clase obrera, y que comparten problemas, necesidades e ilusiones, algunos deciden enredarse y caer en esa caza de brujas contra lo más vulnerable de la sociedad, que en este caso viene a ser el emigrante. Pero el discurso xenófobo de la ultraderecha cala porque lo fácil es aceptar ese análisis carente de todo rigor, pero en el que ya han encontrado un culpable que no tiene herramientas para defenderse y que se convierte en la diana donde lanzar todos los dardos, en vez de poner la mirada en el epicentro de los problemas que aquejan a la clase trabajadora.

Es importante no olvidar que los que realizan este tipo de discursos xenófobos en contra de la inmigración, en ningún momento están poniendo su mirada en todos esos inmigrantes de un altísimo poder adquisitivo, esos que llegan y adquieren una vivienda en esos barrios donde viven las grandes fortunas. Esto debería hacer pensar a todas esas personas trabajadoras que equivocan el lugar donde dirigir su ira por los problemas que les acechan, pues realmente el discurso antiinmigrante por parte de la ultraderecha no va dirigido tanto contra el origen de esas personas, sino contra la clase a la que pertenecen.

Es necesario denunciar la hipocresía del capitalismo y de su muleta, la ultraderecha y el fascismo, pues, por un lado, criminalizan a los inmigrantes, y por otro lado los utilizan para realizar trabajos en régimen de semi esclavitud. Esto se está viviendo en muchos sectores, pero, probablemente, en las labores del campo, sencillamente es escandaloso, y lo que está claro que el inmigrante es víctima y no responsable. En la actualidad, los inmigrantes se han convertido en los esclavos del siglo XXI, por eso no podemos cargar sobre ellos la culpa de todo este problema. Parece que no se quiere ver que son las víctimas.
No podemos olvidar las políticas que las potencias occidentales mantienen con los países pobres, que durante siglos han sido dominados y esquilmadas sus riquezas. Estados, que si bien, a lo largo del siglo XX lograron su independencia, dejando de ser colonias de los países europeos, la realidad es que las antiguas metrópolis continúan teniendo un papel intervencionista, que se ha traducido, simple y llanamente, en continuar con el espolio económico de sus riquezas naturales, derribando regímenes y poniendo a gobiernos de su cuerda, sin importarles que en su mayoría sean corruptos, llegando la injerencia hasta el extremo de ser los responsables de los conflictos y guerras que se viven en esos países. Y la pregunta es sencilla ¿qué fuerza moral podemos tener para prohibir que vengan personas que huyen de esos conflictos bélicos cuyo responsables son los países desarrollados? Esa es la hipocresía y la ley del embudo del capitalismo y de los estados ricos.
La desmemoria o amnesia colectiva es preocupante, quizá sea ese el factor más importante por el que la xenofobia, una de las banderas que enarbolan las ideologías ultras y fascistas estén creciendo de forma exponencial. Se está olvidando que durante muchos siglos la inmigración que ha habido desde Europa a diferentes lugares del planeta (América, Asia, África) se debía a cuestiones puramente económicas: la pobreza, el hambre y las guerras que recorrían Europa. Entonces no había este debate, porque Europa tenía el derecho a poder enviar inmigración a esos países, venía a ser una segunda colonización.
Dicho todo esto, lo lamentable es que en pleno siglo XXI nos encontramos con una sociedad que ha hecho suyo este discurso, y cuando hablo de sociedad, estoy poniendo la mirada en ese sector de la ciudadanía que, aunque renieguen, no dejan de ser clase trabajadora. Olvidan algo fundamental: confunden quién es su enemigo. Creen que el inmigrante viene a competir contra el nativo, sin querer ver que el enemigo de ambos no es otro que este capitalismo depravado que lo único que hace es explotar a los nativos y extranjeros, porque no nos engañemos, para el capitalismo, lo único importante es su cuenta de resultados.































