El bombardeo de Otxandio (22-07-1936)

Nada más terrible a pesar de haber asistido, dado el carácter de mi profesión, a episodios dolorosísimos, que la visión de la plaza de Andicona. No eran los tejados desvencijados, ni las líneas eléctricas derribadas. Era algo más grave y más terrible; era el dolor humano. Gente despedazada, niños mutilados, mujeres decapitadas. Eran los gritos de los aldeanitos, en euzkera, suplicándome que los curara; era el torrente de sangre que corría hacia el agua de la fuentecilla que se levanta en la mitad de la plaza

Era miércoles, 22 de julio de 1936, y los vecinos de Otxandio se habían despertado entre la alegría por la celebración de sus fiestas patronales, pero con las dudas y una cierta preocupación por los acontecimientos que se estaban viviendo en aquellos días, pero sus habitantes seguían haciendo su vida; nada se paraba. Quizá porque no fueran tan conscientes de la gravedad de los hechos que se estaban produciendo y las consecuencias que todo ello pudiera acarrear. Lo que no se imaginaban es que todo ese escenario cambiaría de forma radical su futuro inmediato,

El día 18 de julio, fiesta de Santa Marina, patrona de esta pequeña villa vasca, habían dado comienzo sus fiestas. La banda de txistularis y la de música amenizaban a sus habitantes y a todas aquellas personas que solían acercarse desde otras poblaciones del entorno. Habría partidos de pelota y reparto de limonada en los soportales de ayuntamiento.

Pero desde el 18 de julio había unos invitados inesperados en esta pequeña localidad. Soldados del cuartel Garellano y milicianos de diferentes organizaciones políticas estaban en Otxandio, movilizados para hacer frente a la intentona golpista perpetrada entre los días 17 y 18 de julio, y que, habiendo fracasado en un primer momento, se había hecho fuerte en diferentes puntos del Estado español. En muchos lugares reinaba la incertidumbre, y en otros muchos, las fuerzas leales a la legalidad republicana lograron sofocar la asonada golpista. Si en Donostia lograron reducir a los sediciosos, después de derrotar a los golpistas que se encontraban atrincherados en el cuartel de Loiola, y en Bilbao fracasaron gracias a que la mayor parte del ejército republicano y las fuerzas del orden, fueron fieles a la República, por el contrario, Pamplona no corrió la misma suerte, y los golpistas no tuvieron problema alguno en tomar la ciudad y todo el Viejo Reino, convirtiéndolo en un mar de sangre. Vitoria fue otra cosa; si bien los golpistas tomaron las instituciones, en un primer momento la incertidumbre y las dudas no acabaron de despejarse, habiendo algunos tiroteos en sus calles.

La línea divisoria que separaba la zona republicana de la sublevada se encontraba a pocos kilómetros de Otxandio, en concreto, en la localidad alavesa de Legutiano, población que durante algunos días estuvo en tierra de nadie.

Con este dibujo de la situación, el 22 de julio de 1936, tan sólo cuatro días después del fallido golpe de Estado, la población de Otxandio convivía de forma pacífica con soldados y milicianos. Los críos del pueblo observaban como novedad todas las actividades que realizaban los nuevos vecinos, y sin duda, la intendencia desplegada solía congregar a su alrededor a críos curiosos y a vecinos de la villa.

La cocina la tenían instalada en la plaza de Andikona, y la elaboración de las raciones para soldados y milicianos no dejaba de ser todo un acontecimiento desde primeras horas de la mañana. A ello habría que añadir que esta plaza era un lugar muy frecuentado por los vecinos de la villa. En ella había una fuente y un riachuelo, lugar de diversión y juegos de los chavales, y al que acudían las mujeres con sus baldes en búsqueda de agua para lavar la ropa en los lavaderos que había en los márgenes del riachuelo.

Pero faltaban minutos para que toda esta actividad que se vivía en el pueblo quedase truncada, y, a partir de entonces. ya no fuese nada igual. Entre las nueve y nueve y media de la mañna, dos aviones Breget XIX sobrevuelan el pueblo; ambas aeronaves llevan pintadas en su escárpelas la bandera republicana, por lo que nada hacía sospechar lo que se avecinaba, sencillamente se dedicaban a observar el vuelo bajo de las dos avionetas. Tampoco levantó sospechas entre los militares que se encontraban en el pueblo.

Desde los aviones empezaron a lanzar algunas cosas, siendo observadas con curiosidad, sin poder imaginar que lo que iba a caer al suelo eran bombas de entre tres y cuatro kilos. A partir de ese momento, la villa de Otxandio se sumió en una tragedia en la que la mayor parte de las víctimas fueron niños y mujeres.

El bombardeo de Otxandio (22-07-1936)
Homenaje realizado en la plaza Andikona el 22-07-2026

En la investigación realizada por Zigor Olabarria Oleaga, recogido en “Gerra Zibila Otxandion” (La Guerra Civil en Otxandio) publicado por Eusko Ikaskuntza y el Ayuntamiento de Otxandio, facilita una relación de 61 personas fallecidas, aunque puede ser superior, puesto que hubo heridos que fueron trasladados a Bilbao y a otros lugares, pudiendo darse la circunstancia que fallecieran posteriormente. De hecho, hay historiadores que elevan ostensiblemente dicha cifra. Si tenemos en cuenta que en 1936, la villa de Otxandio contaba con una población de 1.400 habitantes aproximadamente, estamos hablando que en un solo bombardeo realizado por tan sólo dos aviones, falleció alrededor del 4 por ciento de la población. De las 61 personas fallecidas, 19 fueron niñas y niños menores de 15 años, más de 12 mujeres adultas (en algunas de las mujeres no hay constancia de la edad de fallecimiento). Entre soldados y milicianos el número de bajas fue mínimo, siendo alrededor de 10 los fallecidos.

Quienes fueron testigos del bombardeo vieron una auténtica carnicería, un cuadro en el que la sangre y la muerte lo inundaban todo. Mujeres y críos yaciendo muertas en la plaza, cuerpos mutilados y esparcidos, personas pidiendo ayuda. En el libro anteriormente mencionado se recogen diversos testimonios de las personas que vivieron aquel día negro.

José Antonio Maurolagoitia, médico de Otxandio, se expresaba en estos términos para el corresponsal del diario “Euzkadi” al recordar esta carnicería:

“Observé que uno de los aviones lanzaba algo al espacio. Creí que serían proclamas, porque la verdad no podía imaginar otra cosa. De esta creencia me sacó el ruido horroroso de varias explosiones, verdaderamente bárbaras […] A continuación salí a la calle dirigiéndome a la plaza Andicona.

Nada más terrible a pesar de haber asistido, dado el carácter de mi profesión, a episodios dolorosísimos, que la visión de la plaza de Andicona. No eran los tejados desvencijados, ni las líneas eléctricas derribadas. Era algo más grave y más terrible; era el dolor humano. Gente despedazada, niños mutilados, mujeres decapitadas. Eran los gritos de los aldeanitos, en euzkera, suplicándome que los curara; era el torrente de sangre que corría hacia el agua de la fuentecilla que se levanta en la mitad de la plaza”[1] .

El bombardeo de Otxandio fue el primero contra población civil. Luego vinieron otros muchos más: Durango, Gernika, Amorebieta-Etxano, los muertos de personas que huían desde Málaga a Almería, lo que se conoce como “La desbandá”, etc… En todos ellos sólo había un objetivo, sembrar el terror entre las personas indefensas, porque el fascismo es lo único que sabe hacer: llevar el terror allá por donde pasa.

El bombardeo de Otxandio (22-07-1936)
Ofrenda foral a los fallecidos en el bombardeo de Otxandio

Los dos autores materiales de esta masacre despegaron desde el aeródromo de Recajo -Agoncillo (Logroño). Uno de los aviones fue pilotado por Ángel Salas Larrazábal, que en aquel momento era capitán. Durante la 2ª Guerra Mundial, formó parte de la Escuadrilla azul, combatiendo a las órdenes de la Alemania nazi en la URSS. Durante la dictadura franquista y en el posfranquismo, ostentó diversos puestos de relevancia, entre los que caben destacar los siguientes: miembro del Consejo del Reino (1974-1976), y miembro del Consejo de Regencia, que, tras el fallecimiento del dictador, asumió la Jefatura del Estado, para transmitir los poderes a su sucesor. Durante las cortes constituyentes, salidas de las elecciones del 15 de junio de 1977, fue senador por designación real, y en 1991, bajo el gobierno de Felipe González, llegó a su cenit, siendo ascendido a Capitán General. En el apartado de condecoraciones, recibió la Cruz de Oro Alemana y la  Cruz de Hierro de 1ª y 2ª clase. A día de hoy sigue manteniendo todas las condecoraciones que recibió a lo largo de su vida, y no hay constancia que se las vayan a retirar.

El bombardeo de Otxandio (22-07-1936)
Mural en la plaza Andikona de Otxandio

En el 90 aniversario del bombardeo de Otxandio, hoy dejo aquí el testimonio de una persona vecina de Otxandio en aquellos años, superviviente del bombardeo que sufrió la villa; testigo de lo que fue todo aquel tiempo: Antonia Urrejola Irasuegi. Ella es la persona que interviene en el vídeo, que fue realizado en diciembre de 2024. El vídeo está grabado en euskera, y tiene subtítulos en castellano. El contenido de su testimonio también se puede leer a continuación.

Buenos días, nos encontramos en la Euskal-Etxea de Madrid y aquí estamos con Antonia Urrejola, ella conoció la época de la Guerra Civil en Otxandio y es superviviente del bombardeo de Otxandio. Con ella vamos a hablar un rato.

¡Buenos días Antoni!

Antonia Urrejola: ¡Buenos días!

Pregunta: Lo primero ¿quién eres?

A.U.: Soy Antonia Urrejola Irasuegi.

P: ¿Donde y cuando naciste?

A.U.: Nací en Otxandio el 18 de enero de 1932.

P: Hoy hemos venido a hablar un poco contigo para que nos cuentes como fue la época de la Guerra Civil en Otxandio ¿Cómo empezó?

A.U.: Yo tenía cuatro años y medio, y entonces eran las fiestas de Otxandio. Mi aita tocaba en la banda, y el txistu y el tamboril, y las fiestas no habían terminado, siguieron en esos días.

Recuerdo que en aquellos días, en fiestas, solíamos salir y un día por la noche fuimos a la música, a la verbena y cuando se acabó recuerdo que había puestos donde vendía collares y esas cosas y a mí se me antojó “que quiero un collar” y mi padre me dijo que “al día siguiente también hay tiempo, ahora hay que ir a casa, es tarde y hay que ir a casa”.

Recuerdo que yo estando llorando, Martín Etxezarraga, que vivía al lado de la casa, donde yo nací, pero cuando vino el tiempo de la guerra ya no vivíamos allí, vivíamos en Arrabal, me dijo: “mañana por el día te compran el collar” y nos fuimos a casa.

Pasaron los días y empezaron los bombardeos; no sé si el tercer día, no sé qué día fue. Dicen que el bombardeo fue el día de la Magdalena, pero entonces eran fiestas. Entonces ese día, mi ama nos cogió a mi hermano Vicente y a mí, y en la plaza de Arrabal, ella anduvo limpiando la ropa, y por allí bajábamos unas escaleras y vino un bombardeo.

Yo me marché. Mi ama cogió al chaval (mi hermano pequeño), y yo le tengo escuchado a mi ama que un miliciano le dijo “señora retírese, señora, retiresé”, pero yo para entonces me había marchado, y yo me fui por Uribarrena arriba. Recuerdo que un soldado me cogió y me llevó a la parte de debajo de la iglesia y allí me metieron. Luego, cuando se acabó el bombardeo, me fui a casa y mi ama me preguntó dónde estuve, y le dije que en la iglesia.

Los días pasaron, y recuerdo que ya no hubo bombardeos, pero cuando empezaron de nuevo los bombardeos, solíamos ir al bolaleku y allí había una cocina, y allí estaba toda la gente de Uribarrena. Recuerdo estar con Rufina Padilla, Pakita Magunazelaia, también con Félix Astola. Allí estábamos una cuadrilla de críos, y allí estaba con nosotros mi abuela Zizili, y los milicianos nos daban algo para comer, y por la tarde, al atardecer, nos íbamos a casa, y al día siguiente lo mismo.

Un día, cuando bombardearon Otxandio, tiraron una bomba en la plaza que arrancó un árbol desde las raíces, y nosotros estábamos en el refugio, y aquello fue como si se moviera la tierra. De eso me acuerdo bien.

Y así pasaron los días, uno y los otros….

Luego, recuerdo que la gente, cuando venía al refugio, solía estar hablando, y que mi madre le dijo a mi abuela: “¿sabes quién se ha muerto también? una señora de Etxatxo[2], y a su lado a la cría de ella sólo le faltó la mano. Mi abuela tenía amistad con ellos, de apellido González de Audikana. Yo no la conocía, la llevaron a un colegio, pero pasado el tiempo y los años y cuando fue mayor conocí a esa cría, se llamaba Carmen.

Luego, cuando empezaron tantos bombardeos, ya no se podía estar allí y nuestro padre dijo: “hay que marcharse de aquí”. Nuestro padre se quedó cuando nosotros nos fuimos.

Cuando empezó la última ofensiva, los bombardeos empezaron a las seis de la mañana. Mi madre estaba recogiendo las vacas, y nosotras estábamos en la cama, cuando llegó el bombardeo cogió a mi hermano recogido en una manta, y lo llevó al refugio. La abuela y yo nos quedamos en la cama, cada una en una cama.

Cuando empezó el bombardeo, vivíamos en Arrabal, tiraron bombas por detrás y por delante de la casa. Por detrás estaba el rio y los campos de cultivo (huertas, etc.…), y al otro lado, solían estar los herreros.

 Cuando tiraron las bombas, la puerta de la ventana se cayó encima de mi cama. Le decía a mi abuela: “abuela vámonos de aquí, vámonos de aquí”, y ella me dijo: ”no niña no, hasta que no venga la madre no, hasta que no venga la madre no”.

Cuando pasó el bombardeo vino mi madre, y nos dio leche cocida, y nos fuimos al bolaleku, y estuvimos todo el día; allí nos dieron un poco de comida. Estuvimos todo el día, pues estaban encima todo el tiempo los bombardeos. Luego, al anochecer, llegó allí mi madre, que estuvo con nosotras, se fue a casa, cogió ropa en un saco, y fuimos a una casa, al lado del bolaleku. En ella vivía Pedro Larrañaga, que era familia (primo) de mi abuela, bueno le llamaba a mi abuela “tía”. Ellos se fueron antes, y nos metimos en aquella casa. Estuvimos una noche, y al día siguiente, a las seis de la mañana cogiendo el saco de ropa, y fuimos a Crucero[3]. Allí nos recogieron los milicianos en una camioneta y fuimos a Dima.

Cuando llegamos a Dima, nuestro padre tenía conocidos allí; entonces fuimos a un caserío del barrio de Santiago, y allí nos quedamos. Y mi padre se fue después hacia Otxandio, pero allí aguantó unos días, pero ya no pudo aguantar más.

En casa teníamos a dos soldados del Garellano. Uno tenía de apellido Bedoya. Cuando fue el padre a Otxandio, estuvieron unos días a ver si podían aguantar con nuestro tío Ciriaco. Y después, cuando empezó que ya no se podía estar en Otxandio.

Nuestro tío Ciriaco era carlista, mi padre republicano. Mi padre llevó la ropa y todas las cosas metidas en un baúl a donde mi tío Ciriaco, pues el tío Ciriaco decía que “él no sale de allí” y que se quedaba en Otxandio. Su esposa se llamaba María Paz, pero para entonces había enviudado. Allí un día dejó las ropas (enseres) pues ya no podía aguantar allí.

Solía contar mi padre que uno de los soldados que estaba en nuestra casa le pidió un colchón porque le tocaba estar entonces en esos días en el campanario de la torre de la iglesia, y a ver si le dejaba un colchón, y mi padre le dijo que sí. Era un chico asturiano; su madre era maestra.

Cuando empezó la última ofensiva ya no se podía estar en Otxandio, tuvieron que salir la gente que se quedó, pero no toda, pero nuestro padre salió. Empezaron por la mañana a salir por Basogai arriba, se metieron a Korostarte, pero todo el santo día tuvieron los bombardeos encima. En un sitio levantados en otro tumbados hasta el anochecer. Y al anochecer, entraron hacia la carretera, y cuando estuvieron en la carretera llegaron a Dima.

Como nuestro padre sabía dónde estábamos, vino al caserío y nos dijo “uf, las cosas están mal en el caserío, y por aquí no sé cuántos días estaremos”.

Nuestro padre estuvo unos días en Dima, y nosotros solíamos ir a la ermita de Santiago, pues tenía un techado para poder para jugar, y al lado tenía pinos y luego un día nuestro padre con el dueño de la casa pusieron los bueyes, y fueron casa del párroco a sacar todos los enseres con unos bueyes, y entonces se dio un bombardeo, y nosotros, cuando tuvieron el bombardeo en la plaza de Dima, nosotros estuvimos en la ermita de Santiago y allí los chicos….

(se para la grabación porque se pone a toser. Al reiniciar repetirá algunas cosas contadas con anterioridad).

Cuando estuvimos en Dima nuestro padre se fue con el dueño de allí ( se refiere a señores del caserío donde estaban alojados) a sacar los enseres del párroco con los bueyes.

Mi madre, como sabía los trabajos de la tierra y sabía layar, y se fueron a layar a un campo de cultivo, y cuando estaban layando vino un bombardeo, y nuestra madre tumbada, y las otras personas (se refiere a los baserritarras de Dima que hasta entonces no habían sufrido bombardeos) le decían que no lo dejara, pero cuando empezaron a tirar bombas y las metralletas, el resto también se tumbaron.

Nosotros estuvimos en la ermita, tumbados y los críos salían, y la gente les decíamos que entrasen. Y también estuvieron algunos que eran de Otxandio, Margarita, la mujer del maestro de allí, Mari, también su hermana, pues la madre era de Dima.

Cuando pasaron los bombardeos, estuvimos unos días allí durmiendo, comiendo y todo hicimos, tenían ganado, y nuestro padre decía que de aquí tenemos que salir. Y nos decían: “no salir, no salir”, pero mi padre decía que “lo que nosotros hemos visto no queremos verlo”.

Un día nos levantamos por la mañana, antes de que saliese el sol y fuimos andando a Igorre, entonces allí había tranvía, y nos decía el padre que teníamos que ir a donde la tía, a Dos Caminos, a la estación de Ariz (Basauri), y fuimos a donde la tía, que se llamaba Gregoria, su marido que era hermano de mi padre, ya había muerto, ella estaba viuda. Cuando llegamos a Ariz, allí estaba toda la familia de Otxandio (familiares de su padre). Estaban las de Musiño, los de Pildain, toda la familia (todos eran familia, eran Urrejola), y allí no se podía estar. Eran pequeños, el barrio era pequeño (el tren pasaba por la puerta).

Entonces mi aita dijo: “aquí no se puede estar, tenemos que ir hacia Bilbao”. Y fuimos en el tren que va de Durango hacia Bilbo, a la estación de Atxuri. Y allí, en Atxuri, no sé cómo fuimos, había gente que nos recogía, y nos llevaron hasta Deusto, y allí no sé, a un colegio, y allí nos metieron y estuvimos unos días.

Allí empezaron con miedo cuando venían los aviones, pero no bombardeos, y con miedo solíamos ir al túnel, al lugar por donde pasa el tren de Las Arenas. Allí en las noches y al oscurecer y así y allí humedad. De todo eso recuerdo, y la madre decía que “aquí no puedo tener a mi madre”, ya tenía 82 años. Y mi madre dijo: “voy a donde la señora a visitarla”.

Ella estuvo de criada muchos años. La señora era sobrina de don Sabino Arana, su nombre era doña María Arana Alonso. Allí estuvimos un tiempo, pero posteriormente, cuando empezaron los bombardeos en Bilbao y todo aquello, nosotros como habíamos visto tanto en Otxandio, “allí no vamos a estar”.

Allí nos arreglábamos bien, en la casa de la señora, pues mi padre solía ir al puerto de Santurce a buscar sardinas y las traía, también para la señora, y nos arreglábamos bien, pero cuando vimos tantos bombardeos en Otxandio, ya no queríamos estar en Bilbao, y nos fuimos a Sestao.

Allí (en Sestao) teníamos una tía, un hermano de mi padre, que se llamaba Sixto, allí estuvimos dos o tres días, pero allí ¡que va!, Y de allí a Ortuella. Y allí hicimos la última parada. Mi padre decía que “de aquí no nos vamos a mover”. Y allí estuvimos en Ortuella. Allí no hubo bombardeos, pero obuses sí. Mi madre tenía una prima, que les decía los de Alicante, el apodo que tenían, Elgueas. Y allí estuvimos y otra familia, Teófila de los de Arranke estuvieron allí, pues la familia de aquellos allí estaba.

Por las noches, al anochecer, solíamos ir a San Fuentes, pues allí estaban la gente del caserío de Gordobil de Otxandio, y también otros que conocíamos con ganado y ovejas. Y allí solíamos ir a por leche a Sanfuentes, pues estaba al lado de Ortuella. Allí estuvimos, mi padre empezó a trabajar en la mina, pues mi familiar allí era químico de la Franco-belga, y allí tenían oficinas de la mina, y empezó a trabajar en la mina.

Allí, cuando estuvimos empezaron con obuses, y a nosotros nos dejaron una casa, delante de nuestras primas, era un chalecito, con una planta baja y un segundo piso, y allí solíamos estar; no había bombardeos, obuses sí, pero ya le teníamos controlado. Y allí siempre íbamos al túnel por donde pasaba el tren. Estuvimos algunos días, pero muy poco. Recuerdo que un día, en la ofensiva, no sabíamos, tirando obuses y tuvimos suerte, pues alcanzó nuestra casa, pero no alcanzó la planta baja, sino la planta de arriba. Una habitación la tiró abajo, se veían todos los enseres, pues tiró la pared hacia abajo, pero nosotros vivíamos abajo. Ahí vivieron. 

Recuerdo un día a los moros, les decían los moros; aquellos con turbantes y su indumentaria, con bayonetas, por allí, por la carretera hacia Santander; todos metidos en casa con miedo. Aquellos pasaron y ya no tuvimos nada, ni bombardeos ni nada.

Allí estuvimos bastante tiempo, mi padre en la mina y la gente empezó normal; y los primos de allí nos dijeron que trajéramos el ganado para quedarnos en Ortuella, pero mi padre no quería estar, él quería ir a Otxandio y a Otxandio.

Y eso fue nuestra andadura, de aquí para allá.

Te voy a decir una cosa, pues antes no he dicho, cuando estuvimos en Bilbao, nuestro padre se enteró que cogieron prisionero a Bedoya (uno de los soldados de Garellano que tuvieron en casa); y entonces mi padre fue a visitarlo. Le preguntó, a ver el otro (se refiere al otro miliciano que tuvieron en la casa de Otxandio durante el tiempo que estuvieron defendiendo el frente de Otxandio), que normalmente solía estar en el puesto del campanario. Le dijo que el otro murió en el campanario, pues no sabía nada de él.

Cuando estuvimos en Ortuella, para volver a Otxandio, la primera parada la hicimos en Sestao, estuvimos allí unos días, y nuestra tía dijo que no podíamos ir a Otxandio, pues el crio estaba con sarampión. Así que unos días más allí.

Después de allí vinimos a Otxandio. Andaban los coches, y en un automóvil volvimos.

Recuerdo que cuando llegué a Otxandio, estaba hecho un desastre, todo Uribarrena, la casa de Astola, todo tirado por los bombardeos.

Nuestro barrio era Arrabal, en la casa que nosotros vivíamos estaban otros que les tiraron la casa allí al lado, a los de Ostendi. Estuvieron en nuestra casa, recogieron nuestro ganado, tenían la leche y de todo, y así se arreglaron. Pero claro, nosotros no podíamos estar en nuestra casa, pues esos eran del régimen, y nosotros no, y ellos no tenían casa , asía que nosotros fuera.

Estuvimos en la casa de la tía Puri. Ellos (la tía Puri y su marido) eran guardeses del chalet de don Oscar Basaguren, consejero del Banco Vizcaya. En el chalet de Oscar Basaguren luego estuvo el secretario, que era navarro, y nuestra solía estar en Uribarrena.

En Uribarrena había dos chalets; uno era de Lazkano, y la tía de nuestra madre era amiga de aquella señora; y allí estaba mi tía. Como cuando vinimos no vivíamos en nuestra casa, pues no nos dejaron vivir, puesto que estaban otros, nosotros fuimos a donde mi tía, pues mi abuela con ochenta y dos años no podía estar en cualquier sitio. Allí estuvimos unos días (un tiempo).

Mi padre tenía un amigo que hacía carbón vegetal en el bosque, y estaba casado con Ángela, solíamos decir “del estanco antiguo”, pero el apellido era Marzana. Esos tenían dos hijos, Juanito y Txomin, y con la segunda mujer tuvo Araceli, Ramón y Ángel. Aquellos nos dejaron la casa cuando vinimos, pero vieja, allí guardaban el carbón, y la arreglamos, y nosotros teníamos que tener la casa con la cuadra y camarote; la cuadra para poner el ganado, y el camarote para meter la hierba.

Fuimos a aquella casa, junto a la plaza de Otxandio, en la calle carnicería, luego vivimos allí con el ganado, y allí se acabó nuestra vuelta en la guerra.

Pero todavía no había acabado la guerra, siguieron, y recuerdo cuando tomaron Teruel, pues todos tuvimos que salir con miedo a la calle, y recuerdo todas las campanas tocando, y que nosotros teníamos que responder “Rusia no, España sí”.

Ahí recuerdo en manifestación: volver (a Otxandio) y todavía, entonces ¿que os voy a contar?


[1] Otxandio en la guerra civil Gerra Zibilean (1936/37); Zigor Olabarria Oleaga (Eusko Ikaskuntza-Otxandioko Udala-Ayuntamiento de Otxandio).

[2] Caserío situado a la salida de Otxandio, en dirección a Urkiola, muy cerca del barrio de San Antonio.

[3] Crucero: Es el cruce que hay a la salida de Otxandio, donde se puede tomar la carretera que se dirige a Durango y a Bilbao por Dima.

La lluvia

Ha pasado alrededor de un año desde que publiqué mi primer relato, y ahora, repito la experiencia, habiendo escrito el segundo, que con el título “la lluvia”, está compuesto de tres relatos cortos, cada uno de ellos ambientado en un lugar diferente.

La tarde no anima a salir de casa, y siento en mi cuerpo el frio y la humedad del ambiente. Es agosto, pero cualquiera pensaría que estamos en otra estación, en un día de marzo o abril, por ejemplo, donde el verdor del paisaje destacaría por encima de todo. Pero no, estamos en pleno verano, y desde la ventana de mi habitación veo las nubes bajas, que avanzan colmadas de agua, queriendo descargar allá por donde pasan, pero el viento se encarga de envolverlas, formando unas olas de gotas que van desplazándose por el aire.

la lluvia
Gorbeia desde Otxandio

Desde mi ventana no tengo la visión que suele haber en un día despejado, donde el cielo azul lo inunda todo, e invita a mirar al paisaje. Esta tarde no puedo ver a lo lejos la majestuosidad de Gorbea, guardián que domina todos los montes y valles de su entorno; cuando el cielo está limpio puedo divisar su cruz, como si fuera algo diminuto que hay en su cima. Tampoco puedo disfrutar de la vista de Lekanda, esa roca caliza que desde mi ubicación tiene forma trapezoidal. La niebla que hay en el ambiente me impide ver Aldoia, que suele ejercer de vigía de todo el pequeño valle que hay a sus pies. Desde sus lomas, Aldoia saluda al Anboto y a la diosa Mari, creadora y protectora de la naturaleza, que permanece sigilosa en su cueva, esperando que llegue la oscuridad de la noche para salir volando con destino al Aketegi o al Txindoki, momento idóneo para observar absorto la belleza de su melena rubia y del carro de fuego donde viaja. Fue testigo de idas y venidas de gudaris y milicianos del batallón Salsamendi que defendieron con uñas y dientes Motxotegi, ante el avance fascista de primeros de abril del 37.

Mas cerca, a duras penas puedo ver Pagadoy, donde sus hayas centenarias forman un frondoso bosque, y sus ramas son lanzas que apuntan al Cielo en búsqueda de la luz del Sol; quieren apoderarse de sus rayos, dejando para el resto de los seres que habitan ese bosque un paisaje sombrío, donde apenas puede pasar algún haz de luz, donde los orbeles[1] forman una alfombra de colores rojizos y ocres, por donde se hunden los pies cuando alguien lo transita.

La lluvia
Torre de la iglesia de Otxandio

El reloj de la torre de la iglesia está dando las 6 de la tarde; sus campanadas son inconfundibles, con esa sonoridad que llena el silencio del entorno. Me giro hacia esa torre que se eleva sobre el resto de las construcciones de su alrededor, haciendo de centinela de este pequeño valle de erremetaris[2] y baserritarras[3], donde en el pasado la subsistencia no fue fácil. Su campanario se convirtió en torre defensiva para protegerse de los ataques que sufrió la villa de Otxandio durante la guerra civil. 

Estoy estudiando frente a la ventana, pero la estampa lluviosa me distrae, y hace que mi imaginación vuele. Al fin y al cabo, es más sugerente que estudiar el tostón que tengo que levantar en septiembre: derechos reales, la propiedad, la servidumbre, la legislación hipotecaria, entre otras materias del derecho civil. No nos vamos a engañar, en teoría la tarde acompaña para el estudio, pero ver esta lluvia fina pero intensa, empujada por el viento me es más gratificante.

De repente, mi ama hace acto de presencia en la habitación donde me encuentro, pegado al cristal de la ventana, y me sorprende absorto en mis pensamientos viendo la lluvia.

– Baina zer demonentrue zauz eitten? Jasar zaitez eta hartu eizu liburue, holan ez dozu inoiz ikasgai hori altzatuko. (¿Pero qué demonios estás haciendo? Siéntate y coge el libro, así nunca aprobarás esa asignatura)

– Bai ama, ontxe jarraitukot (Si ama, ahora continúo).

Era normal que me pasase, como no estaba cantando en alto el temario, ese silencio era muy sospechoso para una madre que está pendiente de todo.

Pero, yo sigo en mi mundo y observo como los tejados están evacuando el agua que corre por ellos hacia los canalones que en algunos casos los expulsan a borbotones a las aceras; junto a ellos veo pasar a una señora pertrechada con abrigo y paraguas, no es para menos, aunque el paraguas poco o nada puede hacer ante el viento racheado cargado de incontables gotas de agua.

La lluvia
Oleta. Al fondo Anboto cubierto de niebla

Abandono la habitación y mi incómoda silla, para ir despacio hacia la cocina, como si el tiempo estuviera detenido, me acerco a la puerta que da a su balcón, para dirigir mi mirada hacia Anboto, pero únicamente veo la niebla que lo cubre todo. Puedo ver algunos de los bosques de su entorno, pero poco más; Illuntxu es el único monte que está ahí para saludarme.

Es una tarde con encanto, que invita a que la imaginación y la curiosidad salga del lugar donde me encuentro para recorrer todos los parajes del entorno.

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El otoño es como la paleta del pintor, donde uno puede observar infinidad de colores y tonalidades con las mezclas que ha ido realizando en ella para poder expresar en su lienzo los diferentes matices. El mes de septiembre dice adiós, ha ido poco a poco consumiéndose; los prados que durante la primavera eran verdes, perdieron su color en verano, donde fueron tomando unos tonos amarillentos, que continuarán a lo largo del otoño. Los campos de cereal, una vez que han sido cosechados, se han convertido en extensiones amarillas, en las que sólo quedan los rastrojos por donde revolotean los pájaros en búsqueda de algunos granos que hayan podido quedar desperdigados después de la cosecha. En estos días los vallucos [4] deambulan con sus tractores en una de las tareas más importantes del año, la recogida de su fruto más preciado, la patata.

La lluvia

La tarde invitaba a leer en el balcón, que gracias a la orientación sur de la casona donde me encuentro, recibe los rayos del sol durante la mayor parte del día, pero me temo que en cualquier momento tendré que abandonar esta atalaya maravillosa, para ponerme a cubierto, pues el cielo está plomizo, y nos está avisando que en cualquier momento tiene intención de castigarnos con la fuerza que le caracteriza en estos lares.

La lluvia
Arco iris. A la derecha el monte Hito y a la izquierda La Lora

Tengo una panorámica magnífica del valle en el que se encuentra esta antigua casa. Sentado en mi sillón de mimbre, puedo observar la parte meridional del entorno. Frente a mí tengo a la Lora, que se eleva por encima del valle, y donde da comienzo una meseta que se extenderá hacia el sur para unirse con los campos de Castilla; un páramo donde el cereal tiene que luchar contra el duro clima para poder llegar a germinar. A los pies de La Lora, la colegiata de San Martín de Elines, que allá por la Edad Media concentraba el poder espiritual, material y cultural de la comarca. Al observarla, nos recuerda que estos parajes son sinónimo de arte románico y que sus canecillos con representaciones eróticas son una de sus joyas más destacables.

La lluvia
La Peña Camesía con niebla, vista desde Villaverde de Hito.

Girando la mirada hacia mi derecha, me encuentro con la peña Camesía, que ejerce como guardiana alada, para proteger todo el valle. En los meses estivales, cuando al atardecer recibe los rayos del Sol, el color de su roca se vuelve más brillante y resplandeciente, destacando su diversidad de tonalidades; las laderas que tiene a sus pies ensalzan la pose de la roca caliza.

El viento azota a los chopos que hay alrededor del manantial que baja del monte Hito. Las nubes densas que cubren la mayor parte del Cielo, y su color gris plomizo quiere anticiparnos la noche, aunque el Sol intenta resistirse contra ello pues estamos en plena tarde, pero hoy sabe que tiene la batalla perdida. Empiezan a caer las primeras gotas de lluvia con cierta violencia. Son goterones gordos que traen olor a tierra mojada; es el anuncio de que se nos avecina una tormenta de grandes dimensiones, de esas en las que parece que ha llegado el fin del mundo, con sus relámpagos y un concierto de truenos que nos estremecen. En un abrir y cerrar de ojos, la lluvia ha empezado a arreciar; la virulencia con la que las nubes están descargando ha asustado a toda la fauna del entorno; los pájaros vuelan en desbandada a refugiarse en los árboles, pasa veloz una garduña buscando algún cobertizo o vano donde cobijarse; bueno, todos los animales no, a mi izquierda, una vacada que a lo largo del día pastaba con parsimonia en un prado marchito, ha decidido tumbarse, antes de comenzar la tormenta, a la espera que llegase el aguacero. Ahí están las limosinas, con su característico color marrón, rumiando mientras les empieza a empapar la luvia. Su serenidad transmite esa paz que se da en el campo, donde parece que el reloj está quieto.

La lluvia
Vacas pastando en Villaverde de Hito

El cielo está oscuro y no cesan los relámpagos y truenos; la lluvia cae, aún si cabe, con mayor intensidad, y se ven los regueros que se han formado por los caminos, y entre las casas de piedra, encharcando todo allá por donde discurren. La tormenta se cierne sobre el monte Hito, esa elevación escarpada que da acceso al páramo de Bricia. Vigía del valle, observa el trascurrir del Ebro, antes de quedar encajonado en las hoces que lleva su nombre; testigo de eremitas que hacían vida en las cuevas y las iglesias rupestres del entorno, escarbadas en la roca arenisca; a sus pies tiene la rupestre de Arroyuelos. Sus estribaciones todavía recuerdan a los milicianos de CNT, en su abnegada tarea de conquistar Espinosa de Bricia, y con ello todo ese páramo; testigo del silbido de las balas y obuses.

Me he visto obligado a entrar en la casona, pero no me he separado del cristal de la puerta que da acceso a la balconada. En mi sillón de mimbre decido continuar mi plácida lectura en esta tarde de este precioso otoño. Hoy no saldré a dar un paseo, ya habrá tardes en las que pueda recorrer el entorno, disfrutando de los rayos del atardecer; la de hoy se ha convertido en una de esas tardes que invita a observar en silencio la lluvia, una terapia más que necesaria en los tiempos que corren.

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Desde la ventana de mi cocina observo el discurrir de esta tarde-noche muy lluviosa y fría de invierno. El viento mueve las ramas de los desnudos árboles que hay alrededor. Por la calle el tránsito de personas se ha reducido al máximo.

El agua de la lluvia va escurriendo por las fachadas de los bloques de viviendas de mi alrededor. Todavía no ha oscurecido pero sus moradores ya están haciendo uso de la luz de sus hogares, lo que les da un toque de calor de hogar, en contraposición con el ambiente gélido de la calle.

La lluvia
Peñagrande (Madrid)

Es algo más que un aguacero, pues la intensidad es tal que la visibilidad ha disminuido. Frente a mi ventana pasa el autobús urbano, que más bien parece un barco que en su travesía, va expulsado grandes cantidades de agua que salen despedidas hacia las dos aceras que discurren a ambos lados, con el consiguiente desbordamiento, pues el alcantarillado se ve incapaz de poder absorber esa masa de agua.

Mi visión se reduce a las edificaciones de mi alrededor y a poco más. Frente a mí están unas moles de hormigón de las que me separa la M-30, que se alzan en una competición por ver cuál de ellas es más mastodóntica, y, por qué no decirlo, en una pelea titánica para ver cuál de ellas se lleva el premio a la más impersonal. Algunas son casi idénticas, como si hubieran sido realizadas con el mismo molde. Todo ello es producto de un crecimiento urbanístico que ha transformado una parte del barrio, que no hace tanto tiempo tenía unas trazas de pueblo, con sus casas bajas, en las que no podía faltar un patio interior. En algunas zonas del barrio, aún se pueden encontrar algunas de esas casitas, que convertidas en un Numancia contra el enviste de las excavadoras y la especulación, forman esos rincones que todavía tienen el sabor de esos barrios tradicionales alejados de la ciudad, pues no hace tantos años, su única conexión con Madrid era la línea 73 del tranvía, que lo unía con Cuatro Caminos.

No hace tanto tiempo, por los descampados que había en esta zona, se podían ver a rebaños de ovejas pastando. Era esa época en la que lo rural resistía como gato panza arriba a la expansión urbanita. Se podría decir que era una cohabitación de dos espacios en el que no cabía duda de que uno de ellos iba a engullir al otro.

En la plaza de Ricote, además de estar la parada del tranvía, las gentes de barrio tenían la oportunidad de disfrutar del bar que lleva el nombre de la plaza, donde la degustación de conejo era uno de los atractivos que ofrecía. Pero todo eso es historia de un barrio que ha ido evolucionando y en el que en la actualidad hay una diversidad multicultural.

La lluvia
Visión nocturna de la M-30 (Madrid)

Puedo observar cómo los coches que van y vienen en ambos sentidos de la M-30, van dejando una nube de agua a su paso que dificulta la conducción de los que les siguen por detrás, lo que hace que la conducción sea un tanto peligrosa. Al ser un día laborable la circulación es muy intensa, lo que obliga a los conductores a extremar la precaución. Ellos no saben que están circulando por lo que no hace tanto tiempo era el Arroyo de la Veguilla, cuyo cauce viene del cercano barrio de Fuencarral, que antaño fue pueblo, con su ayuntamiento propio; lugar elegido para que las Brigadas Internaciones estuvieran concentradas; un ejemplo de solidaridad, entrega y compromiso en la lucha contra el fascismo. Pero el barrio en el que me encuentro no dejó de ser combativo, y vio crecer a Arturo Ruíz y sus sueños en los que quería volar en búsqueda de la libertad y una nueva sociedad, hasta que las balas de la ultraderecha acabaron con su vida un frio enero de 1977.

La tarde avanza, y la oscuridad se ha apoderado de todo; el alumbrado de la calle está a pleno rendimiento, y gracias a la luz que proyectan, se puede percibir la intensidad de la lluvia. Veo pasar algunos viandantes caminando con prisa, de vuelta a casa, pues el día no está para deambular por la calle.

La lluvia
Visión nocturna de Peñagrande, con el barrio de El Pilar al fondo

Decido bajar la persiana un poco, sentarme en una de las banquetas; me pongo a prepararme una cena frugal. Mientras tanto, me quedo un tanto pensativo, tengo la impresión que en mi caso la lluvia me suele servir para abstraerme, para que mi mente viaje de un lugar a otro, como si con ella viajase a través del tiempo.


[1] Orbel: Hojarasca en euskera.

[2] Errementari: Herrero en euskera.

[3] Baserritar: Campesino, aldeano en euskera.

[4] Valluco: Término utilizado para referirse a los habitantes del Valle de Valderredible. Población situada al sur de Cantabria.