La tarde no anima a salir de casa, y siento en mi cuerpo el frio y la humedad del ambiente. Es agosto, pero cualquiera pensaría que estamos en otra estación, en un día de marzo o abril, por ejemplo, donde el verdor del paisaje destacaría por encima de todo. Pero no, estamos en pleno verano, y desde la ventana de mi habitación veo las nubes bajas, que avanzan colmadas de agua, queriendo descargar allá por donde pasan, pero el viento se encarga de envolverlas, formando unas olas de gotas que van desplazándose por el aire.

Desde mi ventana no tengo la visión que suele haber en un día despejado, donde el cielo azul lo inunda todo, e invita a mirar al paisaje. Esta tarde no puedo ver a lo lejos la majestuosidad de Gorbea, guardián que domina todos los montes y valles de su entorno; cuando el cielo está limpio puedo divisar su cruz, como si fuera algo diminuto que hay en su cima. Tampoco puedo disfrutar de la vista de Lekanda, esa roca caliza que desde mi ubicación tiene forma trapezoidal. La niebla que hay en el ambiente me impide ver Aldoia, que suele ejercer de vigía de todo el pequeño valle que hay a sus pies. Desde sus lomas, Aldoia saluda al Anboto y a la diosa Mari, creadora y protectora de la naturaleza, que permanece sigilosa en su cueva, esperando que llegue la oscuridad de la noche para salir volando con destino al Aketegi o al Txindoki, momento idóneo para observar absorto la belleza de su melena rubia y del carro de fuego donde viaja. Fue testigo de idas y venidas de gudaris y milicianos del batallón Salsamendi que defendieron con uñas y dientes Motxotegi, ante el avance fascista de primeros de abril del 37.
Mas cerca, a duras penas puedo ver Pagadoy, donde sus hayas centenarias forman un frondoso bosque, y sus ramas son lanzas que apuntan al Cielo en búsqueda de la luz del Sol; quieren apoderarse de sus rayos, dejando para el resto de los seres que habitan ese bosque un paisaje sombrío, donde apenas puede pasar algún haz de luz, donde los orbeles[1] forman una alfombra de colores rojizos y ocres, por donde se hunden los pies cuando alguien lo transita.

El reloj de la torre de la iglesia está dando las 6 de la tarde; sus campanadas son inconfundibles, con esa sonoridad que llena el silencio del entorno. Me giro hacia esa torre que se eleva sobre el resto de las construcciones de su alrededor, haciendo de centinela de este pequeño valle de erremetaris[2] y baserritarras[3], donde en el pasado la subsistencia no fue fácil. Su campanario se convirtió en torre defensiva para protegerse de los ataques que sufrió la villa de Otxandio durante la guerra civil.
Estoy estudiando frente a la ventana, pero la estampa lluviosa me distrae, y hace que mi imaginación vuele. Al fin y al cabo, es más sugerente que estudiar el tostón que tengo que levantar en septiembre: derechos reales, la propiedad, la servidumbre, la legislación hipotecaria, entre otras materias del derecho civil. No nos vamos a engañar, en teoría la tarde acompaña para el estudio, pero ver esta lluvia fina pero intensa, empujada por el viento me es más gratificante.
De repente, mi ama hace acto de presencia en la habitación donde me encuentro, pegado al cristal de la ventana, y me sorprende absorto en mis pensamientos viendo la lluvia.
– Baina zer demonentrue zauz eitten? Jasar zaitez eta hartu eizu liburue, holan ez dozu inoiz ikasgai hori altzatuko. (¿Pero qué demonios estás haciendo? Siéntate y coge el libro, así nunca aprobarás esa asignatura)
– Bai ama, ontxe jarraitukot (Si ama, ahora continúo).
Era normal que me pasase, como no estaba cantando en alto el temario, ese silencio era muy sospechoso para una madre que está pendiente de todo.
Pero, yo sigo en mi mundo y observo como los tejados están evacuando el agua que corre por ellos hacia los canalones que en algunos casos los expulsan a borbotones a las aceras; junto a ellos veo pasar a una señora pertrechada con abrigo y paraguas, no es para menos, aunque el paraguas poco o nada puede hacer ante el viento racheado cargado de incontables gotas de agua.

Abandono la habitación y mi incómoda silla, para ir despacio hacia la cocina, como si el tiempo estuviera detenido, me acerco a la puerta que da a su balcón, para dirigir mi mirada hacia Anboto, pero únicamente veo la niebla que lo cubre todo. Puedo ver algunos de los bosques de su entorno, pero poco más; Illuntxu es el único monte que está ahí para saludarme.
Es una tarde con encanto, que invita a que la imaginación y la curiosidad salga del lugar donde me encuentro para recorrer todos los parajes del entorno.
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El otoño es como la paleta del pintor, donde uno puede observar infinidad de colores y tonalidades con las mezclas que ha ido realizando en ella para poder expresar en su lienzo los diferentes matices. El mes de septiembre dice adiós, ha ido poco a poco consumiéndose; los prados que durante la primavera eran verdes, perdieron su color en verano, donde fueron tomando unos tonos amarillentos, que continuarán a lo largo del otoño. Los campos de cereal, una vez que han sido cosechados, se han convertido en extensiones amarillas, en las que sólo quedan los rastrojos por donde revolotean los pájaros en búsqueda de algunos granos que hayan podido quedar desperdigados después de la cosecha. En estos días los vallucos [4] deambulan con sus tractores en una de las tareas más importantes del año, la recogida de su fruto más preciado, la patata.

La tarde invitaba a leer en el balcón, que gracias a la orientación sur de la casona donde me encuentro, recibe los rayos del sol durante la mayor parte del día, pero me temo que en cualquier momento tendré que abandonar esta atalaya maravillosa, para ponerme a cubierto, pues el cielo está plomizo, y nos está avisando que en cualquier momento tiene intención de castigarnos con la fuerza que le caracteriza en estos lares.

Tengo una panorámica magnífica del valle en el que se encuentra esta antigua casa. Sentado en mi sillón de mimbre, puedo observar la parte meridional del entorno. Frente a mí tengo a la Lora, que se eleva por encima del valle, y donde da comienzo una meseta que se extenderá hacia el sur para unirse con los campos de Castilla; un páramo donde el cereal tiene que luchar contra el duro clima para poder llegar a germinar. A los pies de La Lora, la colegiata de San Martín de Elines, que allá por la Edad Media concentraba el poder espiritual, material y cultural de la comarca. Al observarla, nos recuerda que estos parajes son sinónimo de arte románico y que sus canecillos con representaciones eróticas son una de sus joyas más destacables.

Girando la mirada hacia mi derecha, me encuentro con la peña Camesía, que ejerce como guardiana alada, para proteger todo el valle. En los meses estivales, cuando al atardecer recibe los rayos del Sol, el color de su roca se vuelve más brillante y resplandeciente, destacando su diversidad de tonalidades; las laderas que tiene a sus pies ensalzan la pose de la roca caliza.
El viento azota a los chopos que hay alrededor del manantial que baja del monte Hito. Las nubes densas que cubren la mayor parte del Cielo, y su color gris plomizo quiere anticiparnos la noche, aunque el Sol intenta resistirse contra ello pues estamos en plena tarde, pero hoy sabe que tiene la batalla perdida. Empiezan a caer las primeras gotas de lluvia con cierta violencia. Son goterones gordos que traen olor a tierra mojada; es el anuncio de que se nos avecina una tormenta de grandes dimensiones, de esas en las que parece que ha llegado el fin del mundo, con sus relámpagos y un concierto de truenos que nos estremecen. En un abrir y cerrar de ojos, la lluvia ha empezado a arreciar; la virulencia con la que las nubes están descargando ha asustado a toda la fauna del entorno; los pájaros vuelan en desbandada a refugiarse en los árboles, pasa veloz una garduña buscando algún cobertizo o vano donde cobijarse; bueno, todos los animales no, a mi izquierda, una vacada que a lo largo del día pastaba con parsimonia en un prado marchito, ha decidido tumbarse, antes de comenzar la tormenta, a la espera que llegase el aguacero. Ahí están las limosinas, con su característico color marrón, rumiando mientras les empieza a empapar la luvia. Su serenidad transmite esa paz que se da en el campo, donde parece que el reloj está quieto.

El cielo está oscuro y no cesan los relámpagos y truenos; la lluvia cae, aún si cabe, con mayor intensidad, y se ven los regueros que se han formado por los caminos, y entre las casas de piedra, encharcando todo allá por donde discurren. La tormenta se cierne sobre el monte Hito, esa elevación escarpada que da acceso al páramo de Bricia. Vigía del valle, observa el trascurrir del Ebro, antes de quedar encajonado en las hoces que lleva su nombre; testigo de eremitas que hacían vida en las cuevas y las iglesias rupestres del entorno, escarbadas en la roca arenisca; a sus pies tiene la rupestre de Arroyuelos. Sus estribaciones todavía recuerdan a los milicianos de CNT, en su abnegada tarea de conquistar Espinosa de Bricia, y con ello todo ese páramo; testigo del silbido de las balas y obuses.
Me he visto obligado a entrar en la casona, pero no me he separado del cristal de la puerta que da acceso a la balconada. En mi sillón de mimbre decido continuar mi plácida lectura en esta tarde de este precioso otoño. Hoy no saldré a dar un paseo, ya habrá tardes en las que pueda recorrer el entorno, disfrutando de los rayos del atardecer; la de hoy se ha convertido en una de esas tardes que invita a observar en silencio la lluvia, una terapia más que necesaria en los tiempos que corren.
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Desde la ventana de mi cocina observo el discurrir de esta tarde-noche muy lluviosa y fría de invierno. El viento mueve las ramas de los desnudos árboles que hay alrededor. Por la calle el tránsito de personas se ha reducido al máximo.
El agua de la lluvia va escurriendo por las fachadas de los bloques de viviendas de mi alrededor. Todavía no ha oscurecido pero sus moradores ya están haciendo uso de la luz de sus hogares, lo que les da un toque de calor de hogar, en contraposición con el ambiente gélido de la calle.

Es algo más que un aguacero, pues la intensidad es tal que la visibilidad ha disminuido. Frente a mi ventana pasa el autobús urbano, que más bien parece un barco que en su travesía, va expulsado grandes cantidades de agua que salen despedidas hacia las dos aceras que discurren a ambos lados, con el consiguiente desbordamiento, pues el alcantarillado se ve incapaz de poder absorber esa masa de agua.
Mi visión se reduce a las edificaciones de mi alrededor y a poco más. Frente a mí están unas moles de hormigón de las que me separa la M-30, que se alzan en una competición por ver cuál de ellas es más mastodóntica, y, por qué no decirlo, en una pelea titánica para ver cuál de ellas se lleva el premio a la más impersonal. Algunas son casi idénticas, como si hubieran sido realizadas con el mismo molde. Todo ello es producto de un crecimiento urbanístico que ha transformado una parte del barrio, que no hace tanto tiempo tenía unas trazas de pueblo, con sus casas bajas, en las que no podía faltar un patio interior. En algunas zonas del barrio, aún se pueden encontrar algunas de esas casitas, que convertidas en un Numancia contra el enviste de las excavadoras y la especulación, forman esos rincones que todavía tienen el sabor de esos barrios tradicionales alejados de la ciudad, pues no hace tantos años, su única conexión con Madrid era la línea 73 del tranvía, que lo unía con Cuatro Caminos.
No hace tanto tiempo, por los descampados que había en esta zona, se podían ver a rebaños de ovejas pastando. Era esa época en la que lo rural resistía como gato panza arriba a la expansión urbanita. Se podría decir que era una cohabitación de dos espacios en el que no cabía duda de que uno de ellos iba a engullir al otro.
En la plaza de Ricote, además de estar la parada del tranvía, las gentes de barrio tenían la oportunidad de disfrutar del bar que lleva el nombre de la plaza, donde la degustación de conejo era uno de los atractivos que ofrecía. Pero todo eso es historia de un barrio que ha ido evolucionando y en el que en la actualidad hay una diversidad multicultural.

Puedo observar cómo los coches que van y vienen en ambos sentidos de la M-30, van dejando una nube de agua a su paso que dificulta la conducción de los que les siguen por detrás, lo que hace que la conducción sea un tanto peligrosa. Al ser un día laborable la circulación es muy intensa, lo que obliga a los conductores a extremar la precaución. Ellos no saben que están circulando por lo que no hace tanto tiempo era el Arroyo de la Veguilla, cuyo cauce viene del cercano barrio de Fuencarral, que antaño fue pueblo, con su ayuntamiento propio; lugar elegido para que las Brigadas Internaciones estuvieran concentradas; un ejemplo de solidaridad, entrega y compromiso en la lucha contra el fascismo. Pero el barrio en el que me encuentro no dejó de ser combativo, y vio crecer a Arturo Ruíz y sus sueños en los que quería volar en búsqueda de la libertad y una nueva sociedad, hasta que las balas de la ultraderecha acabaron con su vida un frio enero de 1977.
La tarde avanza, y la oscuridad se ha apoderado de todo; el alumbrado de la calle está a pleno rendimiento, y gracias a la luz que proyectan, se puede percibir la intensidad de la lluvia. Veo pasar algunos viandantes caminando con prisa, de vuelta a casa, pues el día no está para deambular por la calle.

Decido bajar la persiana un poco, sentarme en una de las banquetas; me pongo a prepararme una cena frugal. Mientras tanto, me quedo un tanto pensativo, tengo la impresión que en mi caso la lluvia me suele servir para abstraerme, para que mi mente viaje de un lugar a otro, como si con ella viajase a través del tiempo.
[1] Orbel: Hojarasca en euskera.
[2] Errementari: Herrero en euskera.
[3] Baserritar: Campesino, aldeano en euskera.
[4] Valluco: Término utilizado para referirse a los habitantes del Valle de Valderredible. Población situada al sur de Cantabria.