El bombardeo de Otxandio (22-07-1936)

Nada más terrible a pesar de haber asistido, dado el carácter de mi profesión, a episodios dolorosísimos, que la visión de la plaza de Andicona. No eran los tejados desvencijados, ni las líneas eléctricas derribadas. Era algo más grave y más terrible; era el dolor humano. Gente despedazada, niños mutilados, mujeres decapitadas. Eran los gritos de los aldeanitos, en euzkera, suplicándome que los curara; era el torrente de sangre que corría hacia el agua de la fuentecilla que se levanta en la mitad de la plaza

Era miércoles, 22 de julio de 1936, y los vecinos de Otxandio se habían despertado entre la alegría por la celebración de sus fiestas patronales, pero con las dudas y una cierta preocupación por los acontecimientos que se estaban viviendo en aquellos días, pero sus habitantes seguían haciendo su vida; nada se paraba. Quizá porque no fueran tan conscientes de la gravedad de los hechos que se estaban produciendo y las consecuencias que todo ello pudiera acarrear. Lo que no se imaginaban es que todo ese escenario cambiaría de forma radical su futuro inmediato,

El día 18 de julio, fiesta de Santa Marina, patrona de esta pequeña villa vasca, habían dado comienzo sus fiestas. La banda de txistularis y la de música amenizaban a sus habitantes y a todas aquellas personas que solían acercarse desde otras poblaciones del entorno. Habría partidos de pelota y reparto de limonada en los soportales de ayuntamiento.

Pero desde el 18 de julio había unos invitados inesperados en esta pequeña localidad. Soldados del cuartel Garellano y milicianos de diferentes organizaciones políticas estaban en Otxandio, movilizados para hacer frente a la intentona golpista perpetrada entre los días 17 y 18 de julio, y que, habiendo fracasado en un primer momento, se había hecho fuerte en diferentes puntos del Estado español. En muchos lugares reinaba la incertidumbre, y en otros muchos, las fuerzas leales a la legalidad republicana lograron sofocar la asonada golpista. Si en Donostia lograron reducir a los sediciosos, después de derrotar a los golpistas que se encontraban atrincherados en el cuartel de Loiola, y en Bilbao fracasaron gracias a que la mayor parte del ejército republicano y las fuerzas del orden, fueron fieles a la República, por el contrario, Pamplona no corrió la misma suerte, y los golpistas no tuvieron problema alguno en tomar la ciudad y todo el Viejo Reino, convirtiéndolo en un mar de sangre. Vitoria fue otra cosa; si bien los golpistas tomaron las instituciones, en un primer momento la incertidumbre y las dudas no acabaron de despejarse, habiendo algunos tiroteos en sus calles.

La línea divisoria que separaba la zona republicana de la sublevada se encontraba a pocos kilómetros de Otxandio, en concreto, en la localidad alavesa de Legutiano, población que durante algunos días estuvo en tierra de nadie.

Con este dibujo de la situación, el 22 de julio de 1936, tan sólo cuatro días después del fallido golpe de Estado, la población de Otxandio convivía de forma pacífica con soldados y milicianos. Los críos del pueblo observaban como novedad todas las actividades que realizaban los nuevos vecinos, y sin duda, la intendencia desplegada solía congregar a su alrededor a críos curiosos y a vecinos de la villa.

La cocina la tenían instalada en la plaza de Andikona, y la elaboración de las raciones para soldados y milicianos no dejaba de ser todo un acontecimiento desde primeras horas de la mañana. A ello habría que añadir que esta plaza era un lugar muy frecuentado por los vecinos de la villa. En ella había una fuente y un riachuelo, lugar de diversión y juegos de los chavales, y al que acudían las mujeres con sus baldes en búsqueda de agua para lavar la ropa en los lavaderos que había en los márgenes del riachuelo.

Pero faltaban minutos para que toda esta actividad que se vivía en el pueblo quedase truncada, y, a partir de entonces. ya no fuese nada igual. Entre las nueve y nueve y media de la mañna, dos aviones Breget XIX sobrevuelan el pueblo; ambas aeronaves llevan pintadas en su escárpelas la bandera republicana, por lo que nada hacía sospechar lo que se avecinaba, sencillamente se dedicaban a observar el vuelo bajo de las dos avionetas. Tampoco levantó sospechas entre los militares que se encontraban en el pueblo.

Desde los aviones empezaron a lanzar algunas cosas, siendo observadas con curiosidad, sin poder imaginar que lo que iba a caer al suelo eran bombas de entre tres y cuatro kilos. A partir de ese momento, la villa de Otxandio se sumió en una tragedia en la que la mayor parte de las víctimas fueron niños y mujeres.

El bombardeo de Otxandio (22-07-1936)
Homenaje realizado en la plaza Andikona el 22-07-2026

En la investigación realizada por Zigor Olabarria Oleaga, recogido en “Gerra Zibila Otxandion” (La Guerra Civil en Otxandio) publicado por Eusko Ikaskuntza y el Ayuntamiento de Otxandio, facilita una relación de 61 personas fallecidas, aunque puede ser superior, puesto que hubo heridos que fueron trasladados a Bilbao y a otros lugares, pudiendo darse la circunstancia que fallecieran posteriormente. De hecho, hay historiadores que elevan ostensiblemente dicha cifra. Si tenemos en cuenta que en 1936, la villa de Otxandio contaba con una población de 1.400 habitantes aproximadamente, estamos hablando que en un solo bombardeo realizado por tan sólo dos aviones, falleció alrededor del 4 por ciento de la población. De las 61 personas fallecidas, 19 fueron niñas y niños menores de 15 años, más de 12 mujeres adultas (en algunas de las mujeres no hay constancia de la edad de fallecimiento). Entre soldados y milicianos el número de bajas fue mínimo, siendo alrededor de 10 los fallecidos.

Quienes fueron testigos del bombardeo vieron una auténtica carnicería, un cuadro en el que la sangre y la muerte lo inundaban todo. Mujeres y críos yaciendo muertas en la plaza, cuerpos mutilados y esparcidos, personas pidiendo ayuda. En el libro anteriormente mencionado se recogen diversos testimonios de las personas que vivieron aquel día negro.

José Antonio Maurolagoitia, médico de Otxandio, se expresaba en estos términos para el corresponsal del diario “Euzkadi” al recordar esta carnicería:

“Observé que uno de los aviones lanzaba algo al espacio. Creí que serían proclamas, porque la verdad no podía imaginar otra cosa. De esta creencia me sacó el ruido horroroso de varias explosiones, verdaderamente bárbaras […] A continuación salí a la calle dirigiéndome a la plaza Andicona.

Nada más terrible a pesar de haber asistido, dado el carácter de mi profesión, a episodios dolorosísimos, que la visión de la plaza de Andicona. No eran los tejados desvencijados, ni las líneas eléctricas derribadas. Era algo más grave y más terrible; era el dolor humano. Gente despedazada, niños mutilados, mujeres decapitadas. Eran los gritos de los aldeanitos, en euzkera, suplicándome que los curara; era el torrente de sangre que corría hacia el agua de la fuentecilla que se levanta en la mitad de la plaza”[1] .

El bombardeo de Otxandio fue el primero contra población civil. Luego vinieron otros muchos más: Durango, Gernika, Amorebieta-Etxano, los muertos de personas que huían desde Málaga a Almería, lo que se conoce como “La desbandá”, etc… En todos ellos sólo había un objetivo, sembrar el terror entre las personas indefensas, porque el fascismo es lo único que sabe hacer: llevar el terror allá por donde pasa.

El bombardeo de Otxandio (22-07-1936)
Ofrenda foral a los fallecidos en el bombardeo de Otxandio

Los dos autores materiales de esta masacre despegaron desde el aeródromo de Recajo -Agoncillo (Logroño). Uno de los aviones fue pilotado por Ángel Salas Larrazábal, que en aquel momento era capitán. Durante la 2ª Guerra Mundial, formó parte de la Escuadrilla azul, combatiendo a las órdenes de la Alemania nazi en la URSS. Durante la dictadura franquista y en el posfranquismo, ostentó diversos puestos de relevancia, entre los que caben destacar los siguientes: miembro del Consejo del Reino (1974-1976), y miembro del Consejo de Regencia, que, tras el fallecimiento del dictador, asumió la Jefatura del Estado, para transmitir los poderes a su sucesor. Durante las cortes constituyentes, salidas de las elecciones del 15 de junio de 1977, fue senador por designación real, y en 1991, bajo el gobierno de Felipe González, llegó a su cenit, siendo ascendido a Capitán General. En el apartado de condecoraciones, recibió la Cruz de Oro Alemana y la  Cruz de Hierro de 1ª y 2ª clase. A día de hoy sigue manteniendo todas las condecoraciones que recibió a lo largo de su vida, y no hay constancia que se las vayan a retirar.

El bombardeo de Otxandio (22-07-1936)
Mural en la plaza Andikona de Otxandio

En el 90 aniversario del bombardeo de Otxandio, hoy dejo aquí el testimonio de una persona vecina de Otxandio en aquellos años, superviviente del bombardeo que sufrió la villa; testigo de lo que fue todo aquel tiempo: Antonia Urrejola Irasuegi. Ella es la persona que interviene en el vídeo, que fue realizado en diciembre de 2024. El vídeo está grabado en euskera, y tiene subtítulos en castellano. El contenido de su testimonio también se puede leer a continuación.

Buenos días, nos encontramos en la Euskal-Etxea de Madrid y aquí estamos con Antonia Urrejola, ella conoció la época de la Guerra Civil en Otxandio y es superviviente del bombardeo de Otxandio. Con ella vamos a hablar un rato.

¡Buenos días Antoni!

Antonia Urrejola: ¡Buenos días!

Pregunta: Lo primero ¿quién eres?

A.U.: Soy Antonia Urrejola Irasuegi.

P: ¿Donde y cuando naciste?

A.U.: Nací en Otxandio el 18 de enero de 1932.

P: Hoy hemos venido a hablar un poco contigo para que nos cuentes como fue la época de la Guerra Civil en Otxandio ¿Cómo empezó?

A.U.: Yo tenía cuatro años y medio, y entonces eran las fiestas de Otxandio. Mi aita tocaba en la banda, y el txistu y el tamboril, y las fiestas no habían terminado, siguieron en esos días.

Recuerdo que en aquellos días, en fiestas, solíamos salir y un día por la noche fuimos a la música, a la verbena y cuando se acabó recuerdo que había puestos donde vendía collares y esas cosas y a mí se me antojó “que quiero un collar” y mi padre me dijo que “al día siguiente también hay tiempo, ahora hay que ir a casa, es tarde y hay que ir a casa”.

Recuerdo que yo estando llorando, Martín Etxezarraga, que vivía al lado de la casa, donde yo nací, pero cuando vino el tiempo de la guerra ya no vivíamos allí, vivíamos en Arrabal, me dijo: “mañana por el día te compran el collar” y nos fuimos a casa.

Pasaron los días y empezaron los bombardeos; no sé si el tercer día, no sé qué día fue. Dicen que el bombardeo fue el día de la Magdalena, pero entonces eran fiestas. Entonces ese día, mi ama nos cogió a mi hermano Vicente y a mí, y en la plaza de Arrabal, ella anduvo limpiando la ropa, y por allí bajábamos unas escaleras y vino un bombardeo.

Yo me marché. Mi ama cogió al chaval (mi hermano pequeño), y yo le tengo escuchado a mi ama que un miliciano le dijo “señora retírese, señora, retiresé”, pero yo para entonces me había marchado, y yo me fui por Uribarrena arriba. Recuerdo que un soldado me cogió y me llevó a la parte de debajo de la iglesia y allí me metieron. Luego, cuando se acabó el bombardeo, me fui a casa y mi ama me preguntó dónde estuve, y le dije que en la iglesia.

Los días pasaron, y recuerdo que ya no hubo bombardeos, pero cuando empezaron de nuevo los bombardeos, solíamos ir al bolaleku y allí había una cocina, y allí estaba toda la gente de Uribarrena. Recuerdo estar con Rufina Padilla, Pakita Magunazelaia, también con Félix Astola. Allí estábamos una cuadrilla de críos, y allí estaba con nosotros mi abuela Zizili, y los milicianos nos daban algo para comer, y por la tarde, al atardecer, nos íbamos a casa, y al día siguiente lo mismo.

Un día, cuando bombardearon Otxandio, tiraron una bomba en la plaza que arrancó un árbol desde las raíces, y nosotros estábamos en el refugio, y aquello fue como si se moviera la tierra. De eso me acuerdo bien.

Y así pasaron los días, uno y los otros….

Luego, recuerdo que la gente, cuando venía al refugio, solía estar hablando, y que mi madre le dijo a mi abuela: “¿sabes quién se ha muerto también? una señora de Etxatxo[2], y a su lado a la cría de ella sólo le faltó la mano. Mi abuela tenía amistad con ellos, de apellido González de Audikana. Yo no la conocía, la llevaron a un colegio, pero pasado el tiempo y los años y cuando fue mayor conocí a esa cría, se llamaba Carmen.

Luego, cuando empezaron tantos bombardeos, ya no se podía estar allí y nuestro padre dijo: “hay que marcharse de aquí”. Nuestro padre se quedó cuando nosotros nos fuimos.

Cuando empezó la última ofensiva, los bombardeos empezaron a las seis de la mañana. Mi madre estaba recogiendo las vacas, y nosotras estábamos en la cama, cuando llegó el bombardeo cogió a mi hermano recogido en una manta, y lo llevó al refugio. La abuela y yo nos quedamos en la cama, cada una en una cama.

Cuando empezó el bombardeo, vivíamos en Arrabal, tiraron bombas por detrás y por delante de la casa. Por detrás estaba el rio y los campos de cultivo (huertas, etc.…), y al otro lado, solían estar los herreros.

 Cuando tiraron las bombas, la puerta de la ventana se cayó encima de mi cama. Le decía a mi abuela: “abuela vámonos de aquí, vámonos de aquí”, y ella me dijo: ”no niña no, hasta que no venga la madre no, hasta que no venga la madre no”.

Cuando pasó el bombardeo vino mi madre, y nos dio leche cocida, y nos fuimos al bolaleku, y estuvimos todo el día; allí nos dieron un poco de comida. Estuvimos todo el día, pues estaban encima todo el tiempo los bombardeos. Luego, al anochecer, llegó allí mi madre, que estuvo con nosotras, se fue a casa, cogió ropa en un saco, y fuimos a una casa, al lado del bolaleku. En ella vivía Pedro Larrañaga, que era familia (primo) de mi abuela, bueno le llamaba a mi abuela “tía”. Ellos se fueron antes, y nos metimos en aquella casa. Estuvimos una noche, y al día siguiente, a las seis de la mañana cogiendo el saco de ropa, y fuimos a Crucero[3]. Allí nos recogieron los milicianos en una camioneta y fuimos a Dima.

Cuando llegamos a Dima, nuestro padre tenía conocidos allí; entonces fuimos a un caserío del barrio de Santiago, y allí nos quedamos. Y mi padre se fue después hacia Otxandio, pero allí aguantó unos días, pero ya no pudo aguantar más.

En casa teníamos a dos soldados del Garellano. Uno tenía de apellido Bedoya. Cuando fue el padre a Otxandio, estuvieron unos días a ver si podían aguantar con nuestro tío Ciriaco. Y después, cuando empezó que ya no se podía estar en Otxandio.

Nuestro tío Ciriaco era carlista, mi padre republicano. Mi padre llevó la ropa y todas las cosas metidas en un baúl a donde mi tío Ciriaco, pues el tío Ciriaco decía que “él no sale de allí” y que se quedaba en Otxandio. Su esposa se llamaba María Paz, pero para entonces había enviudado. Allí un día dejó las ropas (enseres) pues ya no podía aguantar allí.

Solía contar mi padre que uno de los soldados que estaba en nuestra casa le pidió un colchón porque le tocaba estar entonces en esos días en el campanario de la torre de la iglesia, y a ver si le dejaba un colchón, y mi padre le dijo que sí. Era un chico asturiano; su madre era maestra.

Cuando empezó la última ofensiva ya no se podía estar en Otxandio, tuvieron que salir la gente que se quedó, pero no toda, pero nuestro padre salió. Empezaron por la mañana a salir por Basogai arriba, se metieron a Korostarte, pero todo el santo día tuvieron los bombardeos encima. En un sitio levantados en otro tumbados hasta el anochecer. Y al anochecer, entraron hacia la carretera, y cuando estuvieron en la carretera llegaron a Dima.

Como nuestro padre sabía dónde estábamos, vino al caserío y nos dijo “uf, las cosas están mal en el caserío, y por aquí no sé cuántos días estaremos”.

Nuestro padre estuvo unos días en Dima, y nosotros solíamos ir a la ermita de Santiago, pues tenía un techado para poder para jugar, y al lado tenía pinos y luego un día nuestro padre con el dueño de la casa pusieron los bueyes, y fueron casa del párroco a sacar todos los enseres con unos bueyes, y entonces se dio un bombardeo, y nosotros, cuando tuvieron el bombardeo en la plaza de Dima, nosotros estuvimos en la ermita de Santiago y allí los chicos….

(se para la grabación porque se pone a toser. Al reiniciar repetirá algunas cosas contadas con anterioridad).

Cuando estuvimos en Dima nuestro padre se fue con el dueño de allí ( se refiere a señores del caserío donde estaban alojados) a sacar los enseres del párroco con los bueyes.

Mi madre, como sabía los trabajos de la tierra y sabía layar, y se fueron a layar a un campo de cultivo, y cuando estaban layando vino un bombardeo, y nuestra madre tumbada, y las otras personas (se refiere a los baserritarras de Dima que hasta entonces no habían sufrido bombardeos) le decían que no lo dejara, pero cuando empezaron a tirar bombas y las metralletas, el resto también se tumbaron.

Nosotros estuvimos en la ermita, tumbados y los críos salían, y la gente les decíamos que entrasen. Y también estuvieron algunos que eran de Otxandio, Margarita, la mujer del maestro de allí, Mari, también su hermana, pues la madre era de Dima.

Cuando pasaron los bombardeos, estuvimos unos días allí durmiendo, comiendo y todo hicimos, tenían ganado, y nuestro padre decía que de aquí tenemos que salir. Y nos decían: “no salir, no salir”, pero mi padre decía que “lo que nosotros hemos visto no queremos verlo”.

Un día nos levantamos por la mañana, antes de que saliese el sol y fuimos andando a Igorre, entonces allí había tranvía, y nos decía el padre que teníamos que ir a donde la tía, a Dos Caminos, a la estación de Ariz (Basauri), y fuimos a donde la tía, que se llamaba Gregoria, su marido que era hermano de mi padre, ya había muerto, ella estaba viuda. Cuando llegamos a Ariz, allí estaba toda la familia de Otxandio (familiares de su padre). Estaban las de Musiño, los de Pildain, toda la familia (todos eran familia, eran Urrejola), y allí no se podía estar. Eran pequeños, el barrio era pequeño (el tren pasaba por la puerta).

Entonces mi aita dijo: “aquí no se puede estar, tenemos que ir hacia Bilbao”. Y fuimos en el tren que va de Durango hacia Bilbo, a la estación de Atxuri. Y allí, en Atxuri, no sé cómo fuimos, había gente que nos recogía, y nos llevaron hasta Deusto, y allí no sé, a un colegio, y allí nos metieron y estuvimos unos días.

Allí empezaron con miedo cuando venían los aviones, pero no bombardeos, y con miedo solíamos ir al túnel, al lugar por donde pasa el tren de Las Arenas. Allí en las noches y al oscurecer y así y allí humedad. De todo eso recuerdo, y la madre decía que “aquí no puedo tener a mi madre”, ya tenía 82 años. Y mi madre dijo: “voy a donde la señora a visitarla”.

Ella estuvo de criada muchos años. La señora era sobrina de don Sabino Arana, su nombre era doña María Arana Alonso. Allí estuvimos un tiempo, pero posteriormente, cuando empezaron los bombardeos en Bilbao y todo aquello, nosotros como habíamos visto tanto en Otxandio, “allí no vamos a estar”.

Allí nos arreglábamos bien, en la casa de la señora, pues mi padre solía ir al puerto de Santurce a buscar sardinas y las traía, también para la señora, y nos arreglábamos bien, pero cuando vimos tantos bombardeos en Otxandio, ya no queríamos estar en Bilbao, y nos fuimos a Sestao.

Allí (en Sestao) teníamos una tía, un hermano de mi padre, que se llamaba Sixto, allí estuvimos dos o tres días, pero allí ¡que va!, Y de allí a Ortuella. Y allí hicimos la última parada. Mi padre decía que “de aquí no nos vamos a mover”. Y allí estuvimos en Ortuella. Allí no hubo bombardeos, pero obuses sí. Mi madre tenía una prima, que les decía los de Alicante, el apodo que tenían, Elgueas. Y allí estuvimos y otra familia, Teófila de los de Arranke estuvieron allí, pues la familia de aquellos allí estaba.

Por las noches, al anochecer, solíamos ir a San Fuentes, pues allí estaban la gente del caserío de Gordobil de Otxandio, y también otros que conocíamos con ganado y ovejas. Y allí solíamos ir a por leche a Sanfuentes, pues estaba al lado de Ortuella. Allí estuvimos, mi padre empezó a trabajar en la mina, pues mi familiar allí era químico de la Franco-belga, y allí tenían oficinas de la mina, y empezó a trabajar en la mina.

Allí, cuando estuvimos empezaron con obuses, y a nosotros nos dejaron una casa, delante de nuestras primas, era un chalecito, con una planta baja y un segundo piso, y allí solíamos estar; no había bombardeos, obuses sí, pero ya le teníamos controlado. Y allí siempre íbamos al túnel por donde pasaba el tren. Estuvimos algunos días, pero muy poco. Recuerdo que un día, en la ofensiva, no sabíamos, tirando obuses y tuvimos suerte, pues alcanzó nuestra casa, pero no alcanzó la planta baja, sino la planta de arriba. Una habitación la tiró abajo, se veían todos los enseres, pues tiró la pared hacia abajo, pero nosotros vivíamos abajo. Ahí vivieron. 

Recuerdo un día a los moros, les decían los moros; aquellos con turbantes y su indumentaria, con bayonetas, por allí, por la carretera hacia Santander; todos metidos en casa con miedo. Aquellos pasaron y ya no tuvimos nada, ni bombardeos ni nada.

Allí estuvimos bastante tiempo, mi padre en la mina y la gente empezó normal; y los primos de allí nos dijeron que trajéramos el ganado para quedarnos en Ortuella, pero mi padre no quería estar, él quería ir a Otxandio y a Otxandio.

Y eso fue nuestra andadura, de aquí para allá.

Te voy a decir una cosa, pues antes no he dicho, cuando estuvimos en Bilbao, nuestro padre se enteró que cogieron prisionero a Bedoya (uno de los soldados de Garellano que tuvieron en casa); y entonces mi padre fue a visitarlo. Le preguntó, a ver el otro (se refiere al otro miliciano que tuvieron en la casa de Otxandio durante el tiempo que estuvieron defendiendo el frente de Otxandio), que normalmente solía estar en el puesto del campanario. Le dijo que el otro murió en el campanario, pues no sabía nada de él.

Cuando estuvimos en Ortuella, para volver a Otxandio, la primera parada la hicimos en Sestao, estuvimos allí unos días, y nuestra tía dijo que no podíamos ir a Otxandio, pues el crio estaba con sarampión. Así que unos días más allí.

Después de allí vinimos a Otxandio. Andaban los coches, y en un automóvil volvimos.

Recuerdo que cuando llegué a Otxandio, estaba hecho un desastre, todo Uribarrena, la casa de Astola, todo tirado por los bombardeos.

Nuestro barrio era Arrabal, en la casa que nosotros vivíamos estaban otros que les tiraron la casa allí al lado, a los de Ostendi. Estuvieron en nuestra casa, recogieron nuestro ganado, tenían la leche y de todo, y así se arreglaron. Pero claro, nosotros no podíamos estar en nuestra casa, pues esos eran del régimen, y nosotros no, y ellos no tenían casa , asía que nosotros fuera.

Estuvimos en la casa de la tía Puri. Ellos (la tía Puri y su marido) eran guardeses del chalet de don Oscar Basaguren, consejero del Banco Vizcaya. En el chalet de Oscar Basaguren luego estuvo el secretario, que era navarro, y nuestra solía estar en Uribarrena.

En Uribarrena había dos chalets; uno era de Lazkano, y la tía de nuestra madre era amiga de aquella señora; y allí estaba mi tía. Como cuando vinimos no vivíamos en nuestra casa, pues no nos dejaron vivir, puesto que estaban otros, nosotros fuimos a donde mi tía, pues mi abuela con ochenta y dos años no podía estar en cualquier sitio. Allí estuvimos unos días (un tiempo).

Mi padre tenía un amigo que hacía carbón vegetal en el bosque, y estaba casado con Ángela, solíamos decir “del estanco antiguo”, pero el apellido era Marzana. Esos tenían dos hijos, Juanito y Txomin, y con la segunda mujer tuvo Araceli, Ramón y Ángel. Aquellos nos dejaron la casa cuando vinimos, pero vieja, allí guardaban el carbón, y la arreglamos, y nosotros teníamos que tener la casa con la cuadra y camarote; la cuadra para poner el ganado, y el camarote para meter la hierba.

Fuimos a aquella casa, junto a la plaza de Otxandio, en la calle carnicería, luego vivimos allí con el ganado, y allí se acabó nuestra vuelta en la guerra.

Pero todavía no había acabado la guerra, siguieron, y recuerdo cuando tomaron Teruel, pues todos tuvimos que salir con miedo a la calle, y recuerdo todas las campanas tocando, y que nosotros teníamos que responder “Rusia no, España sí”.

Ahí recuerdo en manifestación: volver (a Otxandio) y todavía, entonces ¿que os voy a contar?


[1] Otxandio en la guerra civil Gerra Zibilean (1936/37); Zigor Olabarria Oleaga (Eusko Ikaskuntza-Otxandioko Udala-Ayuntamiento de Otxandio).

[2] Caserío situado a la salida de Otxandio, en dirección a Urkiola, muy cerca del barrio de San Antonio.

[3] Crucero: Es el cruce que hay a la salida de Otxandio, donde se puede tomar la carretera que se dirige a Durango y a Bilbao por Dima.

El llanto de las amapolas

Hay lecturas que te reconfortan y ayudan a afrontar situaciones como las que estamos viviendo en la actualidad cuando uno observa con gran estupor ese interés por blanquear los acontecimientos más ignominiosos de nuestra historia reciente. Y dicho esto, dentro del género de la narrativa, hay libros que son herramientas fundamentales para que las actuales generaciones entiendan mejor lo que fue esa época de la historia, que en un abrir y cerrar de ojos pasó de la esperanza al miedo y al terror.

El llanto de las amapolas
Amaia Oloriz Rivas

Por ello, hoy dedico estas líneas a una novela de la escritora Amaia Oloriz Rivas, El llanto de las amapolas, editada por la Editorial Txalaparta (diciembre de 2022), que nos transportará al verano de 1936 y lo que supuso para un niño de diez años, que de la noche a la mañana sufrió en sus carnes el horror de la represión. No es la primera vez que la autora utiliza la memoria histórica para ambientar alguna de sus novelas; con anterioridad publicó El largo sueño de tu nombre y en fechas recientes ha publicado El eco de la huida.

La novela está ambienta en una localidad imaginaria de la Ribera de Navarra. Si bien la autora ha utilizado alguna población concreta para recrear algunas de las descripciones y pasajes que encontramos en sus páginas, si uno cierra los ojos, la mente le puede llevar a un sinfín de pueblos donde encajaría a la perfección el relato que encontramos este libro. El lector perfectamente puede pensar que la narración transcurre, entre otros lugares, en Sartaguda, Larraga, Olite, Lizarra o Tafalla en ese funesto verano de 1936, donde la crueldad se instaló y se hizo un hueco entre sus moradores.

El llanto de las amapolas acerca al lector a lo que supuso la represión franquista. Es un libro duro, debido a las atrocidades que se describen a lo largo del relato, pero no deja de ser el reflejo de lo que sucedió en aquellos momentos. Pero a su vez, es un libro con grandes dosis de ternura, que consigue emocionar al lector.

La lectura del libro es ágil y la narración me ha ido llevando de tal forma, que me atrevería a decir que se hacen cortas sus 253 páginas. Una de las características que destacaría de Amaia Oloriz Rivas es su estilo narrativo.

El libro lo dividiría en dos partes: en la primera nos muestra la vida de Satur, el protagonista de esta novela, un chaval alegre de diez años, que vivía con la felicidad que le aportaba su entorno, que no era otro que su familia de condición muy humilde, la cual le llenaba de todo el cariño necesario, de la que recibía las enseñanzas y consejos para que se fuera formando como una persona con valores, aunque en muchas ocasiones, él no entendía muchas de las cosas que escuchaba a sus mayores; su pueblo era la otra pata donde se asentaba su felicidad, pues no necesitaba nada de lo que hubiese más más allá de su entorno para ver colmada su fortuna.

En esa segunda parte, todo ese equilibrio que tenía su vida, se vio truncado bruscamente con motivo del intento de golpe de Estado de julio de 1936. La represión desatada por los golpistas en Navarra azotó de forma terrible a su familia y a las personas de su entorno. Todo se volvió negro y Satur se vio sumergido en esa noche oscura en la que las fantasías y los buenos recuerdos se esfumaron de golpe.

La narración va intercalando los hechos que pasaron en ese verano de 1936 y el homenaje que ochenta años después realiza el Instituto Navarro de la Memoria, en recuerdo de todas aquellas victimas que sufrieron la represión.

En la novela, a través de los personajes que le dan vida, aparecerán términos como libertad, solidaridad, conciencia de clase, que la autora los va sabiendo ubicar en las diferentes situaciones que se van dando a lo largo del relato, y todo ello, de la mano de esa sabiduría popular que tienen los personajes principales del libro.

El miedo es una sombra que está presente en la novela, algo inevitable en un relato de este tipo, pero hay que destacar como Amaia Oloriz Rivas le va dando forma a lo largo del relato.  

El llanto de las amapolas no deja de ser un homenaje a todas esas personas que vieron truncadas sus vidas, sus proyectos personales, por el hecho de defender valores como la libertad, la igualdad, la justicia social y la solidaridad. El miedo de las clases dominantes a  perder sus privilegios era algo que estas no estaban (ni hoy tampoco lo están) dispuestas a consentir, y todo se transformó en destrucción. Y en especial, es un homenaje a todas aquellas mujeres y niños, que sufrieron la represión, por ser más vulnerables en los conflictos.

En mi caso, este libro me ha retrotraído a historias que había escuchado en mi entorno más cercano, escenas que se vivieron y que el hecho que queden plasmadas en una novela, no deja de ser una forma de recordarlas, de que no caigan en el olvido, pues nos tienen que ayudar a ser como las amapolas, cabezonas y resistentes que siempre sobreviven.

El llanto de las amapolas
El llanto de las amapolas. Editorial Txalaparta

Operación Ogro. Un golpe al corazón del régimen franquista (2ª parte)

La ejecución de Carrero Blanco

Nos encontramos en el último trimestre de 1973, cuando empezaron a estudiar la forma realizar el atentado. Después de barajar diferentes opciones, optaron por realizarlo mediante una explosión, para ello en el mes de noviembre, lograron alquilar un sótano en el número 104 de la calle Claudio Coello, desde donde excavaron un túnel en forma de T, en dirección al centro de la calle para colocar en tres puntos del túnel alrededor de 80 kilogramos de dinamita. Su construcción fue rápida, pues lo realizaron en ocho días, eso sí con grandes dificultades y con mucho miedo que se pudiera hundir el techo del túnel.

Operación Ogro. Un golpe al corazón del régimen franquista (1ª parte)
Calle Claudio Coello nº 104

Los preparativos estaban realizados en el mes de diciembre a falta de concretar la fecha para llevar a cabo el magnicidio, la cual tuvo que retrasarse en varias ocasiones: la primera fecha para realizarlo estaba señalada para el día 13 de diciembre, aunque fue aplazada al día 18, pero debido a unos problemas técnicos se vieron obligados a volver retrasarla un día, pero justo ese día coincidía con la visita del secretario de EEUU Kissinger, lo que iba a conllevar un incremento considerable de policía en la zona donde iban a realizar el atentado, debido, entre otras cosas, al encontrase muy cerca de la embajada norteamericana, lo que les llevó a posponerlo un día más. De hecho, la víspera del atentado, Kissinger se entrevistó con Carrero Blanco. El día 20 iba a ser la fecha definitiva.

Otro dato importante es que para esas fechas del mes de diciembre estaba previsto la celebración de un juicio contra diez líderes de las Comisiones Obreras, más conocido como Proceso 1001, para los que había unas elevadas peticiones de prisión. En concreto, la vista dio comienzo el mismo día en el que ETA realizó el atentado. Este hecho fue motivo de crítica hacia ETA por parte del PCE, pues podía frenar las movilizaciones de solidaridad con los encausados. Esta cuestión la aclararía ETA en el Zutik 64, donde explicaría los motivos de pasar por alto la celebración de este juicio, que no fueron otros que la convocatoria que había sido organizada para el día 12 de diciembre como protesta contra el Proceso 1001 no generó movilizaciones apreciables, por lo que entendieron que el atentado no iba a interferir en las protestas que se organizasen en solidaridad con los encausado en el Proceso 1001.

Operación Ogro. Un golpe al corazón del régimen franquista (2ª parte)
Zutik de ETA

El día 20 de diciembre el comando tenía todo preparado para realizar la acción y una vez que comprobaron que ese día Carrero había ido a misa, procedieron a ejecutar el plan para realizar el magnicidio. Cuando el Dodge 3700 GT negro, donde viajaba el almirante se aproximaba a la altura del 104 de la calle Claudio Coello, tuvo que reducir la marcha porque los miembros del comando habían colocado un coche, marca Austin Morris, en doble fila, justo a la altura del túnel, para dificultar la marcha del coche donde viajaba el almirante. Ese vehículo también tenía otras finalidades: por un lado, que el miembro del comando que diera la señal para activar el explosivo no tuviera ningún error de cálculo, pues estaba situado en la confluencia de la calle Claudio Coello y Diego de León y pudiera dar la orden cuando pasase por encima del túnel; y, en segundo lugar, porque dentro del vehículo habían colocado una carga de dinamita para que explotase por simpatía, cosa que no ocurrió. De esa forma, al llegar a la altura del Austin Morris, uno de los miembros del comando accionó el dispositivo, provocando una gran explosión, lo que elevó el vehículo hasta dar en la cornisa del convento de los jesuitas que hay en la parte posterior a la iglesia para acabar cayendo a su patio interior.

El régimen en estado de shock

Las primeras horas después de cometerse el atentado fueron de un desconcierto total por parte de los aparatos del régimen. En principio se pensaba que lo sucedido fue a consecuencia de un escape de gas, porque los miembros del comando, cuando realizaron la explosión, salieron corriendo al grito de “gas, una explosión de gas”.

Operación Ogro. Un golpe al corazón del régimen franquista (1ª parte)
Fachada del convento de los Jesuitas. Calle Claudio Coello

Los cuerpos policiales no empezaron a barajar la hipótesis del atentado hasta avanzada la tarde, pero lo que despejó todas las dudas fue la reivindicación que realizó la organización independentista el mismo día 20, a través de un comunicado difundido en Baiona. Por la noche los aparatos policiales barajaban la autoría de ETA como única hipótesis de trabajo.

A partir de ese momento, los datos que se publicaban en la prensa, cuya única fuente eran los aparatos policiales de la dictadura, no dejaban de ser palos de ciego, con innumerables errores de bulto, sin contrastar la información. Todo podía valer para ocultar la realidad, que no era otra que durante meses los militantes de ETA se habían movido por Madrid con toda la tranquilidad del mundo, hasta el extremo que en el mes de mayo de 1973, el comité ejecutivo de la organización llegó a realizar una reunión en un piso de Getafe, para sortear la presión policial que se daba en Euskal Herria.

Durante los días siguientes al atentado, la Policía publicó fotografías de diferentes militantes de ETA, como autores del atentado, algunos de los cuales realizaron declaraciones públicas en las que manifestaban que llevaban meses residiendo en territorio francés, donde realizaban una vida conocida, o como fue el caso de Jose Félix Azurmendi, que fue imputando, cuando llevaba tiempo viviendo en Caracas. Un ridículo en toda regla.

El historiador Iñaki Egaña, en su ensayo “Operación Ogro. Hechos y construcción del mito”, relata un suceso que, además de la tragedia que supuso, dejaba en evidencia que los aparatos policiales del Régimen estaban totalmente perdidos. En la madrugada del 21, la policía disparaba contra un joven de 19 años, Pedro Barrios, pensando que era Iñaki Mujika Arregi, Ezkerra. La prensa que escribía al dictado del Régimen, publicó que uno de los integrantes del comando había resultado herido a consecuencia de la explosión producida en el atentado. Pasados quince días, este joven falleció a consecuencia de las heridas sufridas, y a partir de entonces, del tema nunca más se hizo mención en ningún medio de comunicación.

En todo ese ambiente en el que muchas de las informaciones no tenían ni pies ni cabeza, la realidad fue que el comando se retiró del lugar del atentado en un vehículo que tenían preparado en la zona para luego seguir la huida en transporte público, con destino a un piso de seguridad, situado en la localidad de Alcorcón, donde tenían previsto estar escondidos hasta que se dieran las condiciones para poder salir de la Capital, pero en la vivienda sótano desde donde realizaron el túnel, dejaron alguna pista falsa para que la Policía pensase que habían huido en un vehículo de gran cilindrado con dirección a Andalucía.

En un espacio de ocho días ETA difundió cuatro comunicados. El primero para reivindicar la autoría del atentado y los otros tres con la finalidad de clarificar algunas cuestiones y desmentir las declaraciones del lehendakari Leizaola y del secretario general del PCE, Santiago Carrillo, que negaban que ETA fuese la autora del atentado.

En la vorágine de esos días ETA daría una rueda de prensa en la ciudad de Burdeos, donde cuatro encapuchados, haciéndose pasar por los autores materiales del atentado daban todo tipo de detalles de cómo lo perpetraron. Fue toda una escenificación que tuvo varios fines. El más importante, sin duda, era dar la imagen que las personas que realizaron el atentado ya estaban a salvo, fuera del alcance de la Policía española. De hecho, en la rueda de prensa relataron que la huida la habían realizado por Portugal y posteriormente en un barco a Bretaña. Otro motivo, mencionado anteriormente, era disipar las dudas que sembraron algunos dirigentes políticos antifranquistas acerca de la autoría de ETA. En esa rueda de prensa, informaron que el coche que estaba aparcado en doble fila a la altura de donde se produjo el atentado, contenía una carga explosiva que no llegó a explotar, con la intención de evitar que explotase en algún depósito de vehículos con lo que ello podía acarrear. Este dato servía, aún más, para verificar que la organización independentista vasca era la autora. La rueda de prensa cumplió su objetivo, por un lado los medios la dieron por buena y a los investigadores policiales ni se les pasaba por la cabeza que los autores del atentado estaban escondidos en un piso de Alcorcón.

Las reacciones al atentado

Se podría decir que la respuesta del régimen al atentado entraba dentro de su lógica represiva, incrementándola, máxime cuando el Bunker salió a la calle pidiendo mano dura. Los más ultras del régimen se manifestaron junto al lugar donde se realizó el atentado, en el entierro y actos oficiales en recuerdo del almirante. Algunos mandos policiales y militares, como el teniente general Iniesta Cano, que ostentaba el cargo de director general de la Guardia Civil pedían tener las manos libres para dar respuesta al atentado, de hecho hubo varios muertos a causa de disparos de la policía.

La represión se cebó con todo lo que fuera disidencia, la condenas a los sindicalistas del proceso 1001 fueron inusualmente altas, siendo condenado Marcelino Camacho a 20 años de prisión. El 2 de marzo de 1974, el régimen franquista ejecutó mediante garrote vil al anarquista Puig Antich. Era la venganza del régimen ante el atentado contra Carrero Blanco. En esa espiral represiva, el dictador agonizó de la misma forma en la que llegó al poder,  y en el mes de septiembre de 1975 fusilaron a tres militantes del FRAP y dos de ETA (pm), siendo el Estado de excepción una herramienta socorrida a la hora de aplicar la represión. El atentado trajo consigo la detención de muchos estudiantes vascos que cursaban sus estudios en Madrid.

Aunque después de 50 años, pueda parecer algo chocante, pero la respuesta de algunas organizaciones antifranquistas fue bastante contradictoria y chocante en algunos casos, probablemente motivada porque a ninguna de ellas se les pasaba por la mente la posibilidad que se pudiera dar un atentado de esta naturaleza. El atentado dio lugar a una situación bastante curiosa que probablemente hoy en día haya quedado en el olvido, que no era otra que la diferente respuesta que hubo entre la militancia de base y el pueblo por un lado, y la dirección de algunas de las organizaciones antifranquistas, por otra

Contrastaba la alegría de las gentes antifranquistas, independientemente de las siglas a las que pertenecieran con las declaraciones de las direcciones de algunos partidos políticos, como el PNV, PCE, LCR-ETA VI y MCE. En Euskal Herria corría la sidra, el cava en Catalunya y los trabajadores de otros puntos del Estado no dudaron en celebrarlo. Por el contrario, para los dirigentes de algunas organizaciones, el hecho que una organización como ETA, que tan solo unos meses antes,  la prensa del régimen la daba por desarticulada, ponía en tela de juicio el tipo de oposición al régimen que estaban realizando y la idoneidad del ejercicio de la lucha armada contra un régimen que se sustentaba en la represión y el miedo. En aquellos años la práctica de la lucha armada contra el régimen no dejaba de ser un debate que estaba sobre la mesa y que generaba una disputa importante entre los que estaban a favor y sus detractores.

Una de las primeras reacciones fue la del PCE, a través de su secretario general, Santiago Carrillo, que en el periódico francés L´Humanité se expresa en los siguientes términos: “las circunstancias de la muerte de Carrero son muy extrañas y las versiones son contradictorias y sospechosas”. Para la dirección del PCE fue la mano de profesionales experimentados y poderosamente cubiertos, y no de los amateurs que reivindicaron el atentado “ayudando de esta forma a cubrir a los auténticos autores del mismo”.

Comentarios similares realizados por Carrillo, se recogen en el nº 1 de Euzkadi Roja, órgano del PC de Euskadi. Ven una mano negra detrás de todo lo sucedido, llegando a manifestar que “lo que está fuera de toda duda es que la inspiración nada tiene de común con los intereses del pueblo vasco”.

Otra reacción que se dio en parámetros similares fue la del lehendakari en el exilio, Jesús María Leizaola, que negaba la veracidad del comunicado de ETA, afirmando que “No puede ser sino una acción llevada a cabo por unos elementos aislados”. Su postura la fundamentaba en dos razones que vistas con la perspectiva de los años, da una muestra de la decadencia del Gobierno Vasco en el exilio: La primera es que “El acto de violencia extremo, cual es la muerte premeditada y perfectamente planeada es impropio del hombre vasco” y la segunda no tiene desperdicio, pues llega a decir que “si ETA hubiera sido la ejecutora, el Sr. Leizaola, como Presidente del Gobierno Vasco en el exilio y por tanto máximo representante político del pueblo vasco, hubiera estado al corriente de lo sucedido, y no lo estaba”.

En un segundo comunicado fechado el 22 de diciembre, la organización armada desmintió categóricamente las declaraciones del Sr. Leizaola y del pleno del C.E del PCE. ETA tuvo que enviar por dos veces una delegación a París para que el Leizaola rectificase sus palabras y reconociera la autoría de ETA.

La reacción de la prensa europea, sobre todo la francesa, era diáfana. Para Le Nouvel Observateur, la desaparición de Carrero Blanco del mapa político español iba a traer consigo el enfrentamiento entre las diferentes familias que conformaban el régimen, pues este “puede impedir el choque y preparar el terreno al futuro rey”. Le Monde es contundente, al hacerse eco de un antiguo embajador del régimen: “la muerte del almirante ha acortado el proceso de sucesión al menos en cinco años”.

Una vez realizado el atentado, ETA realizó un análisis en el Hautsi nº 5 en el que manifiestaba que “la desaparición de Carrero Blanco no equivale a la entrada en barrena del franquismo… Tampoco es cierto que la muerte de Carrero no representaba nada políticamente…. Aglutinaba y mantenía el equilibrio entre las diferentes tendencias fascistas, y entre éstas y otras más liberales… evitando que se desarrollasen peligrosamente las divergencias que dentro del régimen y sectores circundantes se incubaban”.

En el libro de Eva Forest, recoge un documento del Comando Txikia, que fue redactado a lo largo de la entrevista que sirvió para la elaboración del libro, en el que pasan revista a las posturas que se dieron en la oposición antifranquista ante el atentado contra Carrero Blanco, una vez que las dudas sobre su autoría habían quedado del todo disipadas.

En él dan una respuesta al Sr. Leizaola, en el que analizan la política del Gobierno Vasco  y del PNV, “carente de actividad y distanciamiento con los verdaderos intereses populares vascos”, calificándolo como una institución que ya cumplió su papel histórico y que “sólo podría resucitar por obra y gracia de alguna maniobra de la oligarquía española en busca de la integración del pueblo vasco en el sistema monopolista, maniobra en la que estarían envueltas algunas organizaciones reformistas españolas”. El debate de ruptura democrática o reforma estaba encima de la mesa, y presagiaba lo que posteriormente sucedió y la postura que mantendría el PNV una vez que murió el dictador.

Dedican un apartado importante a rebatir el análisis que realiza el PCE en lo relativo a la acción contra el presidente del régimen, pues el pleno del C.E del PCE de 29 de diciembre de 1973  se había manifestado en los siguientes términos: “Nosotros estamos contra el atentado individual porque consideramos que no resuelve, que no da una salida y que puede ser un obstáculo al desarrollo de la lucha del pueblo, de las masas en las que está la posibilidad de solución”. Da la sensación que el PCE renunciaba a la ruptura democrática y una vez que Franco despareciera de la escena política, sería asimilado por el régimen, como así fue.

Las diferentes escisiones que se dieron en ETA en la década de los 60 y 70, de donde surgieron la VI Asamblea de ETA, posteriormente fusionada con la LCR y el Movimiento Comunista de España (MCE), se posicionaron ante este atentado. LCR-VI Asamblea se posiciona en contra de los métodos de ETA V calificándolo como “un activismo minoritario” que pueden crear ilusiones en la clase obrera y en franjas de la vanguardia, para manifestar que “no es mediante la liquidación progresiva de los capitalistas del régimen como se puede derrocar a éste, sino mediante la acción revolucionaria de las masas”. Por su parte, el MCE entiende que “este tipo de atentados no pone en dificultades la continuidad del franquismo”.

A este análisis los miembros de Comando Txikia se preguntan “si se puede dudar de que la ejecución de Carrero Blanco ha sido un duro golpe para el fascismo en el Estado español; y ha despertado los elementos contradictorios que conviven en el seno del Estado”.

Muy distinta fue la respuesta que dio el Movimiento Libertario. Aplaudieron la acción, posicionándose en contra de las declaraciones del PCE. En su análisis entienden que políticamente es de mayor relieve el atentar contra Carrero que contra el mismo dictador, pues el almirante es su brazo derecho y sucesor de Franco.

El pueblo, al margen de siglas políticas, lo valoró como un acontecimiento histórico y lo expresaba de forma clara ¿quién no ha tirado el jersey al aire cantando la canción que popularizaron Eñaut Etxamendi y Eñaut Larralde? “Voló, voló, Carrero voló y en el alero quedó, Yup! La-la” se convirtió en todo un clásico en las fiestas y no sólo en Euskal Herria.

Bibliografía utilizada:

Bruni, Luigi: ETA. Historia Política de una lucha armada, Txalaparta, Bilbao, 1987.

Caro Baroja, Julio y AA.VV: Historia General del País Vasco, La Gran Enciclopedia Vasca-Haranburu Editor, Volumen XIV, Donostia, 1981.

Casanova, Iker-Paul Asensio: Argala, Txalaparta, Tafalla, 1999.

Eva Forest: Operación Ogro. Cómo y por qué ejecutamos a Carrero Blanco, Hiru Argitaltxea, 1993 y Baigorri Argitaltxea, 2013.

Iñaki Egaña: Operación Ogro. Hechos y construcción del mito, Txalaparta, Tafalla, 2023.

José Antonio Castellano López: Carrero Blanco. Historia y memoria, Los libros de la Catarata, 2023

Letamendia Belzunce, Francisco (Ortzi): Historia de Euskadi. El Nacionalismo y ETA, Ruedo Ibérico, 1977.

Presentación

La creación de este blog es fruto de una idea que me llevaba rondando en la cabeza y que no era capaz de plasmar.  Al final he pensado que para equivocarse primero hay que experimentarlo. Si no doy este paso nunca podré saber si he acertado o me he equivocado.  Así que voy a empezar esta andadura que espero que sea satisfactoria, amena, interesante y, por qué no, divertida. Con las cosas y temas serios también se puede divertir uno. Hay que conjugar la seriedad con el placer y la diversión que puede producir hacer cosas que a uno le pueden reportar un sentimiento agradable.

En mi blog voy a escribir, sobre todo, de política, pues Aristóteles nos dice en su obra Politiká que “el humán es por naturaleza un animal político y, por tanto, aun sin tener ninguna necesidad de auxilio mutuo, los hombres tienden a la conviviencia…”, pero cuando utilizo la palabra política no estoy ciñéndome a lo que el común de los mortales entienden por este término que tiene que ver más con la actualidad política diaria. Mi intención es escribir sobre política como concepción en la que se mezcla con el derecho, la filosofía, la ética y la economía. Soy consciente esto pueden ser unas arenas movedizas de lo más peligrosas. Mi única arma será la palabra. Esto si que, por ahora, no nos lo pueden recortar. Otra de las actividades que quisiera realizar en este blog es el comentar, con alguna breve reseña, algunos libros que estime que son de interés.

Espero a los que decidáis a leerme que los temas os sean de interés y que no os aburra. Ni mucho menos tengo la intención de que compartáis mis exposiciones pero sí que os sirvan para que tengáis un punto de vista diferente.