A vueltas con Marx. Algunas reflexiones

El filósofo Slavoj Žižek ha publicado recientemente un ensayo con el título “La vigencia de El manifiesto comunista”[1]. Es un libro no muy extenso, pues es una edición de bolsillo y solo tiene 76 páginas, sin embargo es de lectura densa y, en algunos momentos, se puede hacer algo espeso. En este ensayo, el autor realiza una reflexión sobre el capitalismo y la situación en la que se encuentra. Para ello utiliza el conjunto de la obra de Marx y diserta sobre la validez de la obra del filósofo alemán en nuestros días.

Cuando uno lee a Slavoj Žižek no le deja indiferente. Su forma de escribir provoca que el lector esté expectante a la espera de la resolución, un tanto desconcertante, del planteamiento que realiza.

La lectura de este ensayo, como no podía ser de otro modo, me ha inducido a volver a releer el texto original de Marx y me ha vuelto a suceder algo que dice mucho a favor de él. Siempre que lo releo extraigo algún fragmento que anteriormente no le había dado la importancia que tiene. Hay que tener presente que estamos hablando sobre un texto político que tiene más de 170 años de antigüedad y sobre el que se siguen realizando análisis de todo tipo. Todo ello me ha provocado el deseo de hacer algunas reflexiones al respecto:

¿Las teorías de Marx están desfasadas en la actualidad?

Para responder a esta pregunta a través únicamente del Manifiesto Comunista es necesario poner el foco en el capítulo primero[2] de esta obra de Marx. En él desarrolla la historia de los diferentes modelos económicos de producción que ha habido en la historia. Lo que conocemos como materialismo histórico, englobado dentro de lo que denomina la infraestructura[3] y sobre el que profundiza Slavoj Žižek en su ensayo.

Al inicio del ensayo, Žižek deja claro que la revolución que propugna Marx es imposible que se pueda producir en nuestros días, al no reunir la clase trabajadora los rasgos que entiende el marxismo que tenía en el siglo XIX y que permitían  participar en una “transformación revolucionaria de la sociedad” [4]. Sobre esto habría mucho que debatir pues si bien en el Primer Mundo la clase trabajadora no cumple esos requisitos en su totalidad, al haberse transformado en muchos aspectos, en los últimos veinticinco años se ha producido un proceso de involución que está recorriendo el camino inverso. Muchas de las conquistas socio-económicas que se han logrado en los últimos 100 años empiezan a esfumarse y no sólo no parece que no se ha tocado fondo, sino que en muchos aspectos se está llegando a épocas que no conocieron ni nuestros padres. Como dicen Carlos Fernández Liria  y Luis Alegre Zahonero en un ensayo reciente, no es que a Marx haya que adaptarlo a los nuevos tiempos, es que éstos son los que se adaptan cada vez más al pensador alemán.

Pero al hablar hoy en día de capitalismo estamos tratando de un sistema económico global y, en un mundo globalizado, hay regiones en las que sí que se dan los requisitos que menciona Žižek, además de otros muchos: explotación en régimen de semiesclavitud, mareas de inmigración y refugiados huyendo del hambre de las guerras causadas por los países ricos por intereses económicos, etc. Otra cosa es que se den lo que, podríamos denominar, condiciones subjetivas para impulsar una transformación revolucionaria de la sociedad.

Hoy en día, la mayor parte de la producción se realiza en países que se encuentran en vías de desarrollo. Son los grandes productores y manufactureros, en detrimento de los países ricos que han ido paulatinamente cambiando su roll y en la actualidad se dedican a la distribución e intermediación de los productos elaborados fuera de sus fronteras y a centrar su labor en el marco del capitalismo financiero. La clase trabajadora de los países del Primer Mundo ,en un porcentaje muy importante, no desarrolla su trabajo en lo que entendemos por empresas productivas. Siguiendo el caso del Estado español, la mayor parte de la clase trabajadora desempeña sus funciones en el sector terciario y, en concreto, son servicios.

Es necesario recordar lo que dice Marx sobre la evolución de la lucha de clases a lo largo de la historia y el papel que desempeña la burguesía desde que hace acto de aparición en la Edad Moderna hasta principio del siglo XIX. Marx describe el modus operandi de la burguesía en estos últimos doscientos años: “La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con todo el régimen social […] La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes […] La necesidad de encontrar nuevos mercados espolea a la burguesía de una punta a otra del planeta”. De hecho Marx pone en valor el papel que desempeñaba esta clase social en su época: “La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario”. No cabe duda que no hay diferencia en la actuación de la burguesía de 1847 y la de 2019. Si hay algo que se está dando en el capitalismo actual es la globalización. Ahora no se produce solo para los países ricos, ahora todo el mundo es un mercado global donde se consume.  Marx también describe el proceso de concentración de la propiedad “en manos de unos cuantos” a través de la centralización de los medios de producción y esto lleva a un “régimen de centralización política”.

Entonces, podemos ir respondiendo a la pregunta de que el marxismo sigue vigente a la hora de interpretar la historia, pues el método de análisis que Marx utilizó en la primera mitad del siglo XIX nos ayuda a entender la situación actual. Aunque hay algunas circunstancias que difieren motivadas por la evolución de la sociedad, el capitalismo sigue los mismos parámetros que son los que le han ayudado a sobreponerse a todas las crisis que ha sufrido.

Llegados a este punto la pregunta que nos podemos hacer es: ¿Marx se equivocó cuando auguró la caída de la burguesía?

Durante la vida del capitalismo han existido crisis porque son inherentes a él. El capitalismo sin crisis no se puede entender. Para el capitalismo las crisis son como el oxígeno para la persona, porque gracias a ellas se refuerza. Solo hay que ver que después de cada crisis crecen el número de las grandes fortunas a costa del empobrecimiento de la mayor parte de la población, dejando siempre en fuera de juego a un segmento de la población que es de imposible recuperación, personas en exclusión social. La crisis de 2008 ha sido un buen botón de muestra. Por eso cuando hay una crisis económica el capitalismo realiza un ejercicio de búsqueda de sus anticuerpos para poder salir victorioso de esa crisis. En esta cuestión, Marx se expresa en los siguientes términos: “¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía? De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos […] remedia unas crisis preparando otras más extensas”. Da la sensación que nada ha cambiado en la forma de afrontar las crisis desde la época de Marx. Los conceptos fundamentales siguen inmutables en el tiempo.

Pero para que el capitalismo salga victorioso de cada crisis que origina necesita un pilar fundamental: el apoyo de la estructura jurídico-política que controla la ideología de una sociedad (lo que Marx denomina superestructura), que le facilite la cobertura necesaria para todo ello. Pues bien, Marx se expresa en los siguientes términos: “hasta que implantada la gran industria y abiertos los cauces del mercado mundial, se conquista la hegemonía política y crea el moderno Estado representativo. Hoy, el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa”. Nada nuevo bajo el sol. Lo único que ha hecho el capitalismo es acomodar la maquinaria del Estado al siglo XXI y para ello ha fortalecido esa maquinaria utilizando la censura y aplastando la resistencia para hacernos ver que no hay alternativa al sistema actual. Este es el motivo principal por el que Marx falla cuando pronostica la caída del capitalismo. Infravalora el poder de la superestructura y la hegemonía ideológica que tiene sobre la sociedad lo que lleva a que en la sociedad se instalen lo más pernicioso del liberalismo como es el individualismo en detrimento de lo colectivo. Esto último lo podemos ver de forma diáfana con algunos ejemplos de nuestros días: Vivimos en plena globalización de la economía, pero somos incapaces de globalizar los problemas de la sociedad. Somos insensibles al sufrimiento de millones de personas que mueren de hambre, generada por las políticas dominantes. Miramos para otro lado con la situación de emergencia generada por las guerras injustas en las que los países ricos están directamente involucrados (muertos, refugiados, etc…).

Lo mismo nos ocurre con los conflictos que se dan en nuestro entorno más cercano. La sociedad es incapaz de solidarizarse con la problemática de algún colectivo cercano cuando sale a reivindicar unos derechos y, si encima deciden realizar una huelga que nos puede afectar (en el transporte, sanidad, etc…), un sector social importante es incapaz de ver esa situación desde la óptica de la defensa de unos derechos lícitos. Para todos estos problemas la frase más común es: ese no es mi problema. Todo esto me lleva a plantear la preocupación de que si el capitalismo actual (los pensadores actuales lo llaman postcapitalismo) está viviendo sus últimos momentos es posible que la alternativa que venga sea peor. No hay que más que ver a nivel mundial el ascenso de movimientos políticos populistas de derecha, que perfectamente podemos denominarlos como el fascismo del siglo XXI. Parece que el género humano no ha aprendido todavía la lección de la historia.

De todas formas entiendo que el capitalismo todavía tiene recorrido en este mundo de corrupción en el que vivimos. Los intereses de las élites económicas y políticas son muy grandes y no van a permitir que la tarta se la quiten así como así. Tampoco veo que la forma de transformar la sociedad en la que vivimos sea por medio de grandes revoluciones, como las que hemos conocido en los libros de Historia. Quizás el camino vaya por la convergencia de movimientos sociales que tengan un denominador común: la denuncia de un sistema agotado y la necesidad de englobar las diferentes necesidades de la sociedad actual en un proyecto transversal que cuestione los valores de la sociedad actual y que profundice en la construcción de pueblo y democracia.



[1] “La vigencia de El manifiesto comunistas”. Editorial Anagrama. Septiembre 2018. Traducción de Damià Alou.

[2] Capítulo I: Burgueses y proletarios.

[3] La infraestructura es la estructura económica de la sociedad que está compuesta por las fuerzas productivas junto con las relaciones de producción

[4] Slavoj Žižek en su ensayo cita a Gerald A. Cohen que “enumera los cuatro rasgos de la idea que tiene el marxismo clásico de la clase trabajadora: (1) constituye la mayoría de la sociedad (2); produce la riqueza de la sociedad; (3) la forman los miembros explotados de la sociedad; (4) sus miembros son la gente necesitada de la sociedad. Cuando estos cuatro rasgos se combinan, generan dos más: (5) la clase obrera no tiene nada que perder con la revolución (6) puede y ha de participar en una transformación revolucionaria de la sociedad”.

La hegemonía del discurso liberal en las políticas socioeconómicas

Durante las últimas semanas estamos asistiendo a un bombardeo continuo de declaraciones por parte de los partidos que representan el liberalismo económico, en las que se enuncian las medidas fiscales que van a tomar en el caso que logren gobernar. El hecho que nos encontremos en una precampaña, de facto, para las elecciones municipales y autonómicas, también está sirviendo para que hablen sobre medidas de gobierno que competen al Gobierno Central.

En el Estado español en estos momentos el discurso liberal en materia económica está representado por el bloque que forman PP, Ciudadanos y VOX, porque en materia económica no hay grandes diferencias entre las tres formaciones, pero me atrevería a decir que en las políticas fiscales también son muy similares, estando inmersos en una carrera por ver cuál de los tres partidos realiza las propuestas más liberales en esta materia.

La ofensiva de estas formaciones es la rebaja y, en algunos casos, supresión de impuestos directos. Algunas de sus propuestas oscilan entre una rebaja en IRPF y Sociedades y la supresión del impuesto sobre patrimonio y de sucesiones. Ni que decir tiene que no se plantean rebajar el coste de las innumerables tasas existentes sobre todo en las CCAA y en los municipios, que son las que afectan de forma directa a la ciudadanía.

Esta ofensiva no siendo nueva, pues ya la han realizado en otros momentos, en este caso se me antoja mucho más preocupante por diversos motivos de sobra conocidos.

Desde un enfoque puramente técnico-fiscal a estos planteamientos, hay que plantearles muchas objeciones por las que pueden ser refutados. Cuando todavía las administraciones públicas no han recuperado, en algunos impuestos, los niveles de ingresos anteriores a la crisis ya están planteando nuevas rebajas fiscales.  Si bien las previsiones eran que casi se recuperara el nivel de recaudación en el ejercicio de 2017, hay un dato importante: la recaudación del Impuesto sobre Sociedades en 2017 se situaría en el cincuenta por ciento de la recaudación de 2007, año anterior al inicio de la crisis.

Están focalizando la rebaja en el impuesto sobre sociedades cuando en realidad las grandes empresas en el mejor de los casos no llegan ni al diez por ciento en su tipo efectivo[1] (el tipo de gravamen en el impuesto sobre sociedades es del veinticinco por ciento). Ello se debe a la cascada de deducciones a las que se pueden acoger y a la ingeniería fiscal que aplican las grandes empresas al no tributar todos los beneficios obtenidos en el Estado español.

En la rebaja que pretenden aplicar en el IRPF, sin duda alguna, el segmento más beneficiado es el de las rentas medias-altas, pues tiene como objetivo reducir los tramos de tributación y rebajar el tipo en las rentas más altas.

Todas estas medidas no sólo son obstáculo para la recuperación de los ingresos públicos con los que poder hacer frente al gasto social, inversión pública que genere empleo de calidad, sino, lo que es más grave: se va ensanchando la grieta en lo que respecta al aumento de las desigualdades sociales.

Pero, siendo importante lo que he expuesto hasta ahora, lo más preocupante es sin duda alguna el triunfo de la hegemonía ideológica liberal que se está dando no solo en el Estado español sino en toda Europa y que está llevando a dilapidar el Estado del bienestar del que hemos disfrutado en la Europa Occidental además de hacer retroceder muchas décadas en lo que respecta a la consecución de derechos y libertades en el ámbito socioeconómico.

Para analizar esta deriva es necesario remontarse a los precursores de estas políticas liberales: Reagan y Thatcher. En los años 80 del siglo XX, ellos pusieron en marcha medidas con el objetivo de la reducción radical del Estado. Esto se reflejó en la minoración de los ingresos públicos y en el adelgazamiento del gasto público, excepto en defensa y orden público –política de fortalecimiento del Estado como instrumento coactivo- lo que va abocar a los recortes en todo lo relativo al Estado del bienestar. A esto hay que sumar por un lado la caída de la URSS y de los países representantes de la economía estatalizada lo que conllevó la desaparición de un enemigo estratégico para la ideología liberal. Ante esta situación la socialdemocracia no sólo no ha sabido dar una respuesta a todos estos cambios sino que ha terminado siendo asimilada por las teorías liberales, como se refleja en la Tercera Vía auspiciada por el Partido Laborista británico de la mano de Tony Blair y que posteriormente se propagaron por toda Europa Occidental.

Es necesario recordar que en la década de los 80 las políticas liberales fueron aplicadas de forma generalizada en Latinoamérica, lo que generó un empobrecimiento de la población, dando lugar al crecimiento de las diferencias sociales de forma exponencial. Estas líneas de actuación  son las que estamos viviendo en la Europa Occidental desde finales de los 90 y han ido in crescendo hasta nuestros días.

En la Europa Occidental, en lo referente a las políticas económicas, las diferencias entre los partidos denominados socialdemócratas y los que representan las teorías liberales y reaccionarias son de matiz. En caso del Estado español durante los gobiernos de Felipe González ya se dieron los primeros pasos para la aplicación de reformas que podían haber sido firmadas por la derecha, y esta línea fue seguida por los gobiernos de Rodríguez Zapatero. Reformas fiscales en las que se beneficiaba a las rentas más altas y a las grandes empresas pactadas con la derecha catalana (CiU) y vasca (PNV), aprobación de la ley de empresas de trabajo temporal, reformas laborales, etc. La integración del Estado español en la CEE con el PSOE trae consigo la destrucción del tejido industrial, sobre todo dentro de la esfera del sector público, para convertirlo en un país de servicios, siendo el precursor de la cultura del pelotazo. Han avanzado hacia la desaparición del modelo productivo existente en favor de sectores íntimamente unidos a la especulación: sector de la construcción y sector financiero, fomentando la precariedad en el empleo. Y como colofón, las élites políticas del Estado español (PP-PSOE) haciendo una dejación de la soberanía popular, modifican la Constitución para anteponer los intereses de la oligarquía y de los poderes financieros europeos a los de la ciudadanía. Algo similar se ha vivido en toda Europa con las peculiaridades de cada Estado.

Uno de los objetivos de las élites políticas ha sido desclasar a la sociedad, para que pierda el nexo de unión con otras personas de su misma clase y así fortalecer la cultura del individualismo, base de la ideología liberal, en detrimento de la concepción colectiva de la sociedad. Hoy en día, cuando a alguien que percibe un salario se le dice que es clase trabajadora huye del término y buscan otra denominación para evitar definirse de esa forma, sobre todo prefieren definirse como “clase media” aun siendo asalariados. No dejan de ser eufemismos que ocultan la realidad. El filósofo Slavoj Žižek tiene un término que entiendo que puede ser válido: “burguesía asalariada”, pues no hay que olvidar que una persona que vive de un salario por sí misma no tiene independencia económica, lo que en términos socioeconómicos le hace ser una persona vulnerable.

 A lo anteriormente expuesto hay que añadirle el interés existente de los poderes económicos y políticos porque la población pierda el interés por la política. Todo ello lleva a esa hegemonía que tiene el discurso liberal en la sociedad actual.

Las diferencias entre las élites políticas son de matices porque, en lo que respecta a su contenido, las diferencias han desaparecido. La población lo percibe en gran medida, lo que en muchos casos llevan a sectores de la población a conclusiones como “qué más da votar a unos y a otros si van a hacer lo mismo” o a pensar “entre el original (la derecha) y la copia (la socialdemocracia) siempre el original”. Es aquí donde se visibiliza la hegemonía del discurso liberal que domina en Europa y que ha conducido a la situación que estamos viviendo en la actualidad, pues el liberalismo ha conseguido que la estructura jurídico-política de los regímenes existentes se sustente en normas de profundo contenido liberal, lo que les da la ventaja que aunque el que gobierne sea el adversario no tenga margen de maniobra para poder hacer otras políticas.

Para romper con esta dinámica, lo primero que se tiene que dar es una transformación en la hegemonía del discurso existente en la sociedad. Es imposible  invertir esta situación si en amplias capas de la población no hay un cambio en la forma de ubicarse dentro de la sociedad. El cambio no se producirá mientras la mayor parte de la población ignore que forma parte de una gran franja en la que están olvidados a la hora de la toma de decisiones que les afectan de forma directa. Además el control de la toma de decisiones está en manos de unas élites minoritarias que aglutinan el poder gracias a esa inacción social. Por tanto, es fundamental que la sociedad dé el paso de convertirse en sujeto político activo e intervenga de forma activa para influir en la toma de decisiones. Si bien es verdad que últimamente ha habido diferentes movimientos políticos, en Europa, que han intentado canalizar el descontento de la población, el balance a fecha de hoy no parece que sea muy alentador.


[1] La Agencia Tributaria ha publicado que el tipo efectivo sobre el resultado contable de las grandes empresas es del 6,14%.

Podemos: avanzar o autodestruirse

Si alguien pensaba que en Podemos ya había visto todo lo que tenía que ver sin duda estaba equivocado. No pongo tanto el foco en la lucha encarnizada que hay en muchos territorios, hasta el extremo de estar judicializados algunos de los procesos de primarias, como en la lucha actual por la táctica que debe de seguir Podemos para convertirse en opción de gobierno que englobe a la mayoría social de la ciudadanía del Estado. Esta cuestión la lleva arrastrando desde el día siguiente a las elecciones generales del 26 de junio de 2016. Esas elecciones marcaron un punto de inflexión, pero, sobre todo, fueron el inicio de una espiral de la que Podemos no sólo no ha sabido salir sino que empieza a ser un problema de casi imposible gestión. Esto se debe a diferentes causas:

1.- Los resultados de las elecciones generales de junio de 2016 fueron como un golpe seco que dejó noqueada a la dirección de Podemos, en especial a Pablo Iglesias, y lo que hoy es su equipo más cercano. Tardaron unas semanas en llegar a un análisis y se me antoja que el debate que hubo en la dirección, y en las conclusiones que realizaron los diferentes líderes, nunca llegaron al común de los mortales. Si nos atenemos a la posterior guerra de tuits, lo que si que quedó claro es que no hubo una unanimidad en el diagnóstico, sobre todo, entre las caras más representativas del partido. Todo esto ha desembocado en que desde entonces, en la dirección de Podemos, conviven dos planteamientos totalmente divergentes:

– El planteamiento representado por Pablo Iglesias de una apuesta decidida porque perdure en el tiempo la alianza electoral con IU, en busca de la tan ansiada unidad popular para la izquierda con el fin de configurar mayorías a la izquierda del PSOE.

– El planteamiento de Iñigo Errejón que, si bien coincide con Pablo Iglesias en que hay que configurar confluencias que busquen la unidad popular, entiende que los acuerdos con IU no suman, cosa que ciertamente quedó demostrado de forma palmaria en las elecciones de junio de 2016 y que va más lejos planteando ensanchar la unidad popular a otros espacios sociales. En palabras de Iñigo Errejón, recogidas en el documento de Vistalegre II, habría que “atraer a sectores muy diversos y ser efectivamente el núcleo irradiador de un nuevo acuerdo de país”.

2.- A partir de ese momento se empezaron a vislumbrar dos posturas diferentes a la hora de asimilar los resultados, gestionarlos y empezar una nueva etapa, que se verán reflejados en un primer momento en el proceso para la renovación del Consejo Ciudadano Autonómico de Madrid y aprobación de los documentos políticos, que serían su nueva hoja de ruta para lograr la Comunidad de Madrid en 2019 y en un segundo momento en el debate previo a Vistalegre II.

En esta segunda confrontación, en la que de todos es conocida que la militancia eligió por mayoría absoluta los documentos del equipo de Pablo Iglesias, fue muy interesante analizar los documentos políticos de los sectores más importantes de la formación; por un lado el redactado por el sector de Pablo Iglesias y, por otro, el redactado por el equipo de Iñigo Errejón. En ese momento se pudo comprobar que había dos propuestas que eran muy diferentes tanto en el análisis que realizaban de la gestión de los resultados de las elecciones generales de 20 de diciembre de 2015, de los resultados obtenidos el 26 de junio de 2016, así como cual debería de ser la nueva hoja de ruta de Podemos hasta las siguientes elecciones generales.

Si de alguna forma hay que definir el documento de Pablo Iglesias diría que es el documento de un canto a la resistencia hasta que vengan buenos vientos que empujen la nave a la victoria electoral y mientras tanto, en dicho documento, no se planteaba una línea de actuación política en la que se intente sacar partido a la correlación de fuerzas que hay en el Congreso, intentado propiciar situaciones que generen contradicciones en lo que desde Podemos se denomina Régimen del 78.

Si realizamos a día de hoy una nueva lectura del documento redactado por Pablo Iglesias nos chocarían algunas de las cosas que en él se recogen, porque en los dos años que han pasado desde su redacción no parece que haya acertado en el análisis. En el apartado titulado “Un régimen débil y un Gobierno no tan débil: el epílogo de Rajoy” se dice “No es cierto que el del PP sea un Gobierno en una situación de debilidad, a pesar de no contar con una mayoría parlamentaria. […] el Gobierno cuenta con facultades legales y reglamentarias para gobernar ignorando al Congreso y haciendo que en la práctica buena parte de las decisiones de este queden en papel mojado”. Por el contrario, el gobierno no era tan fuerte como pronosticaban en ese documento pues ha caído y, lo más importante, han cambiado las alianzas políticas, lo que ha llevado a una recomposición de los bloques políticos.

Por el contrario el documento de Iñigo Errejón parte de una premisa más nítida: construir un proyecto amplio para gobernar. Para ello en ese momento entendían que Podemos debía de “corregir el rumbo de los últimos meses y volver a disputar el sentido común y las nociones centrales para los españoles” y para poder ser opción de gobierno ineludiblemente y aguantar las embestidas “de los de arriba” es necesario que la oposición esté formada por algo más que lo que son las fuerzas de izquierda. Tiene que ser “la mayoría heterogénea y mestiza de los de abajo”.

El documento de Iñigo Errejón hace una apuesta por la transversalidad porque entiende que la unidad del pueblo es un concepto más amplio que lo que entendemos por izquierda. Eso le hace plantearse que con IU no se crece sino que el proyecto se acaba encasillando en un espacio de la izquierda que no le hace crecer y que la sociedad  interpreta como el enésimo intento de la izquierda de toda la vida, para dejar de ser un actor secundario en la política de este país. Sin embargo Podemos, en sus orígenes, no era eso, porque nació para “asaltar el cielo».

Desde un punto de vista táctico, sin duda alguna es aquí donde estaba la dicotomía entre los dos líderes de Podemos y la única forma de saber quién estaba en lo cierto era la puesta en práctica de uno de los documentos para saber quién hacía el diagnóstico certero.

Ganó el documento de Pablo Iglesias en febrero de 2017 y lo que más me llama la atención es que, en los dos años que han pasado tengo, la percepción que ese documento debe de encontrarse olvidado en algún cajón porque no solo no se ha puesto en práctica, sino que en muchos casos se han aplicado las recetas del documento perdedor, el de Iñigo Errejón.

Han sido varias las circunstancias que se han dado para que llegue a una conclusión tan categórica, pero estimo que son actuaciones políticas que no han pasado desapercibidas. A los pocos meses de celebrarse el cónclave de Vistalegre II, Podemos inicia una dinámica de ofensiva institucional simultánea en la Comunidad de Madrid y en el Congreso de los diputados con la presentación de dos mociones de censura al gobierno autonómico y del Estado del PP. Dos mociones de censura muy bien planificadas, con un grado muy alto de iniciativa política a la hora de ser sustentadas, que sirvieron para que, como sucediera por vez primera en junio de 2016, Podemos volviese a marcar la agenda de este país. Pero no se puede negar que esta opción no entraba en la hoja de ruta que salió victoriosa en Vistalegre II, sino que fue más producto de un salto que tenía que dar Podemos después de mucho tiempo de estar sumido en crisis internas y abocado a estar en un segundo plano.

Otro ejemplo de olvido de lo aprobado en Vistalegre II se produce cuando Pedro Sánchez presenta la moción de censura, que sirve para que el gobierno de Mariano Rajoy compruebe que tenía una mayoría más exigua de lo que parecía y lo más llamativo es que, para facilitar este cambio, Pablo Iglesias no entró a negociar nada con el PSOE. Creo que les dio un cheque en blanco para apoyar el voto de investidura, sin tener garantizado que el PSOE de nuevo no fuese a intentar buscar mayorías al margen de Podemos y de sus confluencias. Es llamativo ver que después de las primeras elecciones generales no sólo hubo una propuesta de gobierno con una serie de reivindicaciones, sino que se llegó a postular como vicepresidente de un futuro gobierno. Todo esto no es más que el reflejo de que Podemos ante este movimiento político de Pedro Sánchez no duda en intentar ser una pieza fundamental, pero con un estilo muy diferente al del primer intento de llegar a un acuerdo con el PSOE y, por supuesto, esta forma de actuar no entraba dentro de la hoja de ruta de Vistalegre II. Y ¿Qué decir del despliegue que realiza Pablo Iglesias para intentar facilitar la tramitación de los Presupuestos Generales del Estado al intermediar con los partidos independentistas de Cataluña? No era ese precisamente el papel que se le asignó a Podemos en Vistalegre II.

3.- Pero lo que llama más la atención es que, en un partido en el que su dirección está bien surtida de politólogos y personas del mundo de las ideas, su dirección haya llevado a cabo una política de continuos zigzagueos que daban la sensación que eran producto de la improvisación con declaraciones cambiantes por parte de algunos de sus líderes. Da la sensación de que hay una pérdida de rumbo político. Si hasta hace algo más de dos años Podemos era la organización política que marcaba la agenda diaria de la política de este país, dos años después va al remolque de los acontecimientos.

Si comparamos las declaraciones de Pablo Iglesias el día de las elecciones andaluzas con las que hace pasadas 48 horas, a la hora de valorar la irrupción de VOX en el tablero político, tenemos un ejemplo  claro de funambulismo. Pasa de plantear que el fascismo crece y hay que pararlo, por lo que realiza un llamamiento a todas las fuerzas que apoyaron la moción de censura para hacer fuerza común,  a decir que son los mismos que antes estaban en el PP.

Pero lo que realmente ha hecho cambiar el tablero político han sido las elecciones andaluzas: la mayoría que ha conseguido el bloque de derechas con la irrupción de VOX,  por lo que este partido representa y que ha hecho virar al PP hacia las esencias de lo que era Alianza popular a finales de la década de los 70.

Para luchar políticamente contra este tridente representante de la “hiperconcentración de poder y riqueza en muy pocas manos” hay dos formas de combatirlo: o bien con un discurso de más izquierda, es decir, volviendo a posiciones frentistas (en eso las fuerzas reaccionarias tienen un master y siempre ganan) o, por el contrario, con la receta de un trabajo en favor de las mayorías que componen este país, defendiendo las conquistas democráticas que en materia de derechos individuales y colectivos se consiguieron en los inicios de la Reforma política, aunque fuesen desmochadas por los poderes que vigilaron el proceso de Reforma política en los años 70.

Para trabajar por ello, Podemos se encuentra en una encrucijada vital. O se reinventa superando todos los errores cometidos en los dos años y medio últimos o acabará convirtiéndose en una fuerza política secundaria convirtiéndose en momentos puntuales en la muletilla del PSOE.

Presentación

La creación de este blog es fruto de una idea que me llevaba rondando en la cabeza y que no era capaz de plasmar.  Al final he pensado que para equivocarse primero hay que experimentarlo. Si no doy este paso nunca podré saber si he acertado o me he equivocado.  Así que voy a empezar esta andadura que espero que sea satisfactoria, amena, interesante y, por qué no, divertida. Con las cosas y temas serios también se puede divertir uno. Hay que conjugar la seriedad con el placer y la diversión que puede producir hacer cosas que a uno le pueden reportar un sentimiento agradable.

En mi blog voy a escribir, sobre todo, de política, pues Aristóteles nos dice en su obra Politiká que “el humán es por naturaleza un animal político y, por tanto, aun sin tener ninguna necesidad de auxilio mutuo, los hombres tienden a la conviviencia…”, pero cuando utilizo la palabra política no estoy ciñéndome a lo que el común de los mortales entienden por este término que tiene que ver más con la actualidad política diaria. Mi intención es escribir sobre política como concepción en la que se mezcla con el derecho, la filosofía, la ética y la economía. Soy consciente esto pueden ser unas arenas movedizas de lo más peligrosas. Mi única arma será la palabra. Esto si que, por ahora, no nos lo pueden recortar. Otra de las actividades que quisiera realizar en este blog es el comentar, con alguna breve reseña, algunos libros que estime que son de interés.

Espero a los que decidáis a leerme que los temas os sean de interés y que no os aburra. Ni mucho menos tengo la intención de que compartáis mis exposiciones pero sí que os sirvan para que tengáis un punto de vista diferente.