Los lloros de la patronal

En Euskal Herria en la segunda mitad de la década de los setenta, cuando era un chaval, surgió el grupo de música Errobi, quizás fuese el primer grupo de rock en euskera. Soy de los que conservo casi todos los vinilos que sacaron a la calle y me faltó tiempo en la década pasada para adquirir la colección de todos sus álbumes en DVD.

Hacían un rock progresivo con influencias del folk, pero a mí, particularmente, una de las cosas que más me gustaban de ellos eran las letras de sus canciones. En ellas se encontraban temas políticos, sociales, el euskera, etc. Canciones como Gure lekukotasuna (nuestro testimonio), Kanpo kanpokoak (los de fuera), Xileko langileriak (los trabajadores chilenos), Nora goaz (a donde vamos), etc… eran muy buenas, pero había dos canciones que para mí eran especiales: Nagusiaren nigarrak (los lloros del patrón) y Lantegiko hamar mandamenduak (los diez mandamientos de la fábrica). Ambos títulos destilaban dosis de ironía y las letras no tenían desperdicio. El momento socio-político lo exigía. Hay que situarse en la década de los 70 y ni que decir tiene que a mí no me dejaron indiferente y las sigo escuchando con frecuencia. Las letras de Errobi eran canción protesta pero con buenas dosis de marcha.

Por desgracia estos días me ha vuelto a la memoria la letra de estas canciones porque parece que vuelve una nueva ofensiva de la patronal con un tono lloroso. En diferentes medios de comunicación he visto con cierto estupor algunas declaraciones del colectivo empresarial. No les debe parecer suficiente las ayudadas que están teniendo, a través de la lluvia de dinero de los préstamos ICO, y las facilidades para presentar ERTES, que la clase empresarial quiere más. Ahora piden que se despida a empleados públicos, se bajen impuestos, se suba el IVA y no se apruebe el Ingreso Mínimo Vital. Les ha faltado decir que el impuesto sobre sociedades se grave al cero por ciento los próximos diez años. Pero no sería de extrañar que un día de estos se descuelguen con esa petición.

Ahora las preguntas que habría que hacerse son ¿Tan crecida está la patronal española para poder realizar este tipo de declaraciones de forma gratuita? ¿Los sindicatos mayoritarios son conscientes de la ofensiva neoliberal de la patronal española? ¿El Gobierno que interpretación hace de este tipo de declaraciones? ¿Está capacitado este Gobierno para poner coto a las exigencias empresariales? Da la sensación que el Estado español está más cerca de los países tercermundistas que cualquier país desarrollado de la Europa Occidental. Este tipo de expresiones son propias de una patronal que actúa como si el país fuese su cortijo y el Gobierno estuviera a su servicio.

No cabe duda que la patronal, para variar, está crecida. La inmensa mayoría de las empresas están aprovechando esta crisis de la única forma que saben, intentando aumentar las diferencias sociales, haciendo crecer la brecha salarial y, si es posible, recortando los derechos colectivos de los trabajadores. Sus equipos jurídicos no están teniendo ningún reparo en retorcer la legislación a la hora de adoptar medidas laborales. En las PYMES el problema se agrava porque la correlación de fuerzas entre empresa y trabajadores se inclina en favor de la primera, entre otros motivos, porque en la inmensa mayoría de las pequeñas empresas no existe representación de los trabajadores y, por tanto, los trabajadores no tienen un respaldo lo suficientemente importante como para hacer frente a la maquinaria jurídica de la empresa. Son empresas en las que la dirección durante muchos años ha realizado un trabajo de fomentar la relación individual empresa-trabajador, en detrimento de la relación empresa-representantes de los trabajadores. Y no cabe duda, que esa labor a la patronal le ha reportado grandes resultados. Sería injusto por mi parte no mencionar que hay algunas empresas que están realizando un gran esfuerzo en mantener sus plantillas y en no aplicar ningún tipo de medida que perjudique a los trabajadores. No son un porcentaje importante, pero es necesario no obviarla por la labor que están realizando en estos momentos de fuerte recesión económica.

Es preocupante la inacción de las centrales sindicales mayoritarias (CCOO y UGT) que no están teniendo un discurso lo suficientemente contundente para neutralizar el discurso de las grandes asociaciones empresariales. Siguen en su línea de hacer un sindicalismo de concertación que se ha demostrado que en el Estado español ha sido un auténtico fracaso, porque en todos los acuerdos que ha, logrado siempre han supuesto recortes de los derechos laborales. Han sido un continuo retroceso en las conquistas sociales.

A la hora de hablar de las centrales sindicales sí que es necesario traer a colación el Oasis Vasco sindical. En esta materia no cabe duda que existe un oasis. La mayoría sindical vasca (ELA, LAB, ESK, EHNE, HIRU, STEILAS) desde hace varias décadas está manteniendo una práctica sindical diametralmente opuesta a la que tienen CCOO y UGT en el resto del Estado español. Los sindicatos mayoritarios de Euskal Herria están inmersos en una dinámica de confrontación para luchar contra las políticas neoliberales del empresariado vasco con el apoyo indispensable de los dos partidos que componen el Gobierno vasco (PNV y PSOE). Es un camino no exento de obstáculos, pero imprescindible para poder hacer frente a la deriva neoliberal que azota a Europa.

Ante las exigencias empresariales se está viendo cierta incapacidad del Gobierno, al no haber derogado en su totalidad de forma inmediata la Reforma Laboral del PP en los primeros consejos de ministros. A día de hoy se me antoja casi imposible revertir esa legislación. Es muy preocupante que el Gobierno no haya prohibido aplicar ningún ajuste laboral a empresas que han optado a la financiación de Instituto de Crédito Oficial (ICO)[1].

La inyección de dinero a las empresas ha sido histórica. En poco menos de dos meses muchas empresas de sectores que el Gobierno definió como estratégicos, es decir, que su actividad no se veía afectada por las restricciones del Estado de alarma han incrementado su tesorería de forma considerable[2], pero a cambio, no se les ha exigido que arrimen el hombro y han tenido una segunda subvención, en este caso proveniente de los ajustes laborales que han realizado a través de ERTES, con la consiguiente rebaja en los costes laborales y de seguridad social. Se ha dicho que la autoridad laboral no va a mirar para otro lado y va a revisar los expedientes de regulación de empleo que ha recibido. El tiempo dirá si la burocracia ministerial ha funcionado o, por el contrario, los expedientes en fraude de ley salen indemnes.

Por el contrario, el Gobierno a día de hoy ha sido incapaz de aprobar el Ingreso Mínimo Vital. Parece que le cuesta aprobar medidas que son imprescindibles para aliviar a los cientos de miles de familias que se encuentran en situación de pobreza y que cómo no adopten medidas urgentes se puede generar un auténtico desastre social.

No cabe duda que los decretos-leyes que han aprobado eran necesarios, pero se me antoja insuficientes. Un dato que no sé puede olvidar es el debate interminable que ha habido en el Gobierno para la aprobación de esas normas. Ello ha evidenciado la existencia de un gobierno de cohabitación en el que algunas reivindicaciones han salido adelante a base de un debate interno muy intenso y con sacacorchos. Da la sensación que los lloros de la patronal dan resultados aunque en algunos momentos, a simple vista no los percibamos. Tendremos que estar ojo avizor para detectar si las reivindicaciones empresariales van calando y al final, aunque sea por la puerta de atrás, consiguen que salgan adelante.


[1] Los préstamos ICO son un instrumento para financiar a las empresas en las que las entidades financieras aportan los fondos y estos son garantizados en un 80% por el Estado, a través del ICO y el otro 20% lo asumen las entidades financieras. Un negocio redondo para las entidades financieras que con una exposición mínima a los riesgos del mercado les reportan unos beneficios nada despreciables.

[2] En los préstamos ICO las empresas pueden obtener hasta un 25% de la facturación que tuvieron durante el ejercicio 2019 o el doble de los costes salariales de dicho ejercicio.

Ejército democrático versus Ejército español (El Ejército de Vox)

Los últimos doscientos años de historia del Estado español está plagada de todo tipo de asonadas militares, sublevaciones, pronunciamientos e injerencias políticas del estamento militar en la vida política. La institución militar ha tenido un deseo desenfrenado de protagonismo en la historia de España, con la peculiaridad que esta institución siempre ha estado copada por familias de clase alta y de rancia tradición militar.

El siglo XIX fue un cúmulo de intervenciones militares, en su mayor parte liberales, aunque también las hubo de tinte conservador. Todos esos pronunciamientos se realizaron con el deseo de intervenir en la política española. Riego, Espartero, O´Donnell, Narváez, Martinez Campos, Pavía son algunos de los nombres más conocidos. Algunos llegaron a presidir diversos gobiernos bajo el reinado de Isabel II. Los pronunciamientos de esa época eran bastante efímeros, puesto que su duración iba ligada al gobierno surgido del pronunciamiento de turno, que en algunos casos era derrocado por otro pronunciamiento. Pero salvando el sexenio democrático con la llegada de la I República, todos tenían un denominador común: la institución monárquica no se ponía en cuestión. Por cierto, la denominación de “sexenio democrático” nos sugiere que antes y después de ese periodo la democracia no era la característica que adornaban a los gobiernos borbónicos.

El siglo XX siguió la estela del que le precedía, pero los golpes militares tuvieron un color muy diferente. Fueron sublevaciones militares de tinte fascista, totalitario y fueron acompañadas de una estrategia basada en la represión y el terror a gran escala.

La primera la protagonizó Miguel Primo de Rivera, con la instauración de un Directorio Militar (1923-1930) y es necesario recordar la colaboración que prestó el PSOE a lo largo de la dictadura de primorriverista.

La segunda sublevación militar desembocó en una guerra civil y es de sobra conocida. La lideraron una serie de militares, entre los que se encontraba Francisco Franco, con el apoyo de organizaciones fascistas y ultracatólicas. Pusieron en práctica una represión despiadada que tuvo su continuidad después de la finalización de la Guerra Civil alargándose a lo largo de cuarenta años.

Durante la dictadura franquista se fue moldeando un ejército que era fiel reflejo del régimen dictatorial y totalitario en el que estaba sumido este país. Fueron varias décadas en las que la impronta franquista echó unas raíces tan fuertes que después de la muerte del dictador esta institución ha seguido controlada por esa cúpula militar que se encuentra muy alejada de los estándares democráticos occidentales.

Esta pequeña introducción que acabo de realizar sobre los últimos 200 años del ejército español  es para poner en contexto el último ensayo que ha escrito Luís Gonzalo Segura, ex teniente del Ejército español, y publicado recientemente bajo el título “El Ejército de Vox”; Ediciones Akal  (Foca investigación). El libro, que no supera las 180 páginas, es de una rápida lectura y desde el principio despierta un gran interés al lector.

En este ensayo el autor ha realizado un trabajo pormenorizado y documentado con la finalidad de demostrar algo que es un secreto a voces: el Ejército español en su mayor parte es ultraderechista. Para ello sigue tres líneas de trabajo.

La primera es el análisis de hechos recientes de la política de este país para constatar la ideología mayoritaria dentro del Ejército español. La segunda línea es un trabajo minucioso y detallado de los resultados electorales de abril y noviembre de 2019 en las secciones donde votaban los militares de las diferentes bases y destacamentos del Ejército. La tercera es una relación pormenorizada de las exaltaciones ultraderechistas y actuaciones nada propias de un ejército supuestamente democrático, desde 2015 hasta nuestros días y la impunidad de la que han gozado.

Lo interesante no es sólo lo que dice, sino quién lo dice, porque cualquier persona que no sea ingenua puede llegar a conclusiones muy similares a las que llega el autor: Una persona que ha pasado por la Academia General de Zaragoza y, posteriormente, ha cursado los cursos correspondientes para obtener el grado de teniente. Los que estamos entrados en una edad y realizamos la mili  podemos decir que ese periodo nos sirvió para saber lo que se cocía dentro de las cuatro paredes de un cuartel. Por el contrario, hoy en día la mayor parte de la sociedad desconoce absolutamente el Ejército. Y esto último puede parecer una anécdota pero es muy peligroso como posteriormente se comentará.

A la hora de realizar este ensayo, el autor parte de una premisa: “España es un régimen autoritario moderno de apariencia democrática construido sobre una estructura franquista”. Es difícil mejorar esta definición. Para Luís Gonzalo Segura, esta situación se ha sustentado en “una Constitución escrita por franquistas o rendidos al franquismo para perpetuación de franquistas en el poder y que ha contado con un sustento mediático de franquistas, colaboradores franquistas o rendidos al franquismo. Y de aquel franquismo, esta extravagante democracia”. Con esta sencilla descripción la Transición queda ubicada en lo que fue.

Analiza algunos sucesos que se han vivido en este país protagonizados por miembros de la cúpula militar y que en cualquier país democrático hubieran sido atajados de raíz por el poder político. Por el contrario, en el Estado español los poderes políticos han mirado para otro lado y esos acontecimientos han tenido el blanqueo de la prensa española.

Explica los acontecimientos que se produjeron con la publicación del Manifiesto de los Mil en julio-agosto de 2018. Fue promovido por 200 altos mandos militares (generales, coroneles y tenientes coroneles) y que posteriormente se adhirieron un gran número de altos mandos hasta llegar a la cifra de 1.000 mandos. La finalidad era responder a la decisión del Gobierno del PSOE de exhumar el cadáver del dictador para sacarlo del Valle de los Caídos. También trata la actitud de las Fuerzas Armadas en el conflicto de Cataluña, las injerencias y actuaciones que han realizado. Han actuado con toda impunidad.

Realiza una muy atinada reflexión a la hora de analizar la cúpula militar. El autor manifiesta que los mandos militares, mientras están en activo, esconden su ideología para hacerla pública cuando pasan a la reserva. Es una forma de salvaguardar su posición profesional, pero en cuanto tienen ocasión hacen gala de esa ideología.

Hay otro dato en el que Luís Gonzalo Segura incide para explicar esta situación. Es el acuerdo tácito existente a lo largo de estos últimos cuarenta años entre las élites políticas y la cúpula militar. La clase política y, en concreto, los diferentes gobiernos del PSOE han sido los convidados de piedra ante el funcionamiento interno del Ejército. En virtud de ese “acuerdo tácito” los militares han tenido y tienen carta blanca para campar a su antojo en los cuarteles y, a cambio, no causar ningún problema en la calle. Nunca ha habido un intento de democratización de esta institución. Para dar consistencia a este planteamiento en la segunda parte de este ensayo realiza una pormenorizada enumeración de las aberraciones que han cometido y que han pasado desapercibidas por la falta de firmeza de los diferentes gobiernos y la cierta complicidad de la mayor parte de la prensa.

Analiza la irrupción de militares en las listas electorales de VOX en las elecciones autonómicas de Andalucía y el blanqueo informativo por parte de los medios del Régimen del 78. Desde las elecciones de 1977 nunca se había dado un desembarco en política de estas características por parte del estamento militar y de la Guardia Civil. Aporta un dato muy revelador: La suma de los militares que se han presentado en las listas electorales del resto de partidos a lo largo de la historia no alcanza el número de los que se han enganchado al banderín de Vox.

La división del voto de derecha en tres partidos (PP, Vox y Cs) y el análisis de las secciones electorales donde votan los miembros del Ejército, también ha servido para comprobar que una inmensa mayoría de los militares son de derechas y, más concretamente, son ultraderechistas que hasta hace pocas fechas eran el ala ultra del PP y ahora tienen otra opción política en la que encajan a la perfección.

A mí, particularmente, me ha parecido muy interesante la crítica que realiza a la izquierda. La desidia por dominar el Ejército se une al deseo de las élites por controlarlo y pone sobre la mesa un ejemplo irrefutable. En los más de 50 folios del acuerdo de gobierno entre PSOE y UP, no hay ninguna mención a la regeneración de las Fuerzas Armadas españolas. Igual esto nos sirve para entender el motivo por el que en las ruedas de prensa del Gobierno durante este Estado de alarma hay más altos mandos militares que miembros del Gobierno. Igual es una cuestión de cuotas de poder.

En el libro se realiza un estudio pormenorizado de los resultados de Vox en las diferentes secciones de los colegios electorales donde votan militares y sus familias, con análisis comparativos con los datos que Vox ha obtenido en esas provincias. Todo el estudio va acompañado de una serie de cuadros y tablas que son de gran utilidad.

Ni que decir tiene que recomiendo su lectura a cualquier persona que tenga interés por el temas y preocupación por el ascenso de la extrema derecha en el Estado español.

La factura de la fiesta de los Pactos de la Moncloa

La crisis sanitaria producida por el coronavirus nos ha asomado en un abrir y cerrar de ojos al abismo de una nueva crisis económica. Estamos en un escenario que nos es absolutamente nuevo. Ante esta situación, en el Estado español se han alzado voces que plantean la necesidad de reeditar unos pactos similares a los Pactos de la Moncloa para superar esta situación de emergencia económica.

Para poder abordar la necesidad o no de unos pactos de esta naturaleza, similares a los que se firmaron en 1977, es necesario hacer un ejercicio de memoria histórica, para poder ubicar lo que fueron los Pactos de la Moncloa en el contexto de la época, y a partir de ahí evaluar si en la actualidad es la solución para toda la ciudadanía en su conjunto.

Los Pactos de la Moncloa fueron firmados por las fuerzas políticas y sindicales en octubre de 1977, pero se empezaron a gestar pocos días después de las elecciones el 15 junio de 1977. Eran las primeras elecciones después de cuarenta años de dictadura franquista. Desde la muerte del dictador se había puesto en marcha el proceso de reforma política y se iban quemando etapas sin que en ningún momento el establishment viera peligrar su status quo. Los aparatos del Estado franquista no habían sido depurados y en lo concerniente a los poderes económicos la oligarquía que se enriqueció a la sombra del franquismo seguía controlando todo el entramado económico. Suarez a la hora de formar el primer gobierno de la UCD nombra vicepresidente económico a Enrique Fuentes Quintana, quien sólo estuvo ocho meses en el cargo, pero que fue uno de los ideólogos de esos pactos.

El proceso de reforma de las instituciones franquistas para amoldarlas a lo que se podría denominar una democracia de corte occidental iba encarrilada. Los partidos más importantes de la oposición democrática habían renunciado a sus planteamientos iniciales y aceptaron este proceso político de reformas políticas que en ningún momento cuestionaba las instituciones franquistas, pues iban a ser los cimientos del régimen del 78 que estaba por venir. No muy lejos quedaban los posicionamientos en favor de la ruptura democrática y de no reconocer a un régimen que fuera heredero del régimen franquista. Sin ir más lejos, en 1976, todos los partidos de la izquierda parlamentaria estaban en contra del proceso que aceptaron con posterioridad.

Dentro de ese contexto es necesario recordar la profunda crisis económica que se vivía en aquellos años, fruto de la crisis del petróleo surgida en 1973. Un pais con una estructura económica y un sistema fiscal obsoleto que estaba pensado para beneficiar a las élites económicas, con una tasa de paro que rondaba el 6% y una inflación superior al 40%. Algo propio de un régimen antiguo y totalitario. A nivel sociolaboral, había una gran conflictividad laboral. Por poner un ejemplo, hacía poco más de un año de las luchas obreras que se vivieron en Vitoria-Gasteiz y que costaron la vida a cinco trabajadores a mano de las fuerzas policiales.

Toda esta situación llevó a las élites políticas a plantear unos acuerdos para “salvar al Estado de la catástrofe”. Fueron invitados todos los partidos del arco parlamentario y los recién legalizados sindicatos, en concreto, UGT y CCOO.

La realidad era que esos pactos iban a servir para encajar todas las estructuras socio-económicas del franquismo en el proceso de reforma política. En esos pactos no se puso en entredicho el origen de las riquezas de la oligarquía de la época, pues estaban pensados para eso, para que a partir de entonces nadie los pusiera en duda. Si la acumulación de capitales había sido gracias a las políticas del régimen franquista eso quedaba en el cajón del olvido. Este paso era fundamental para salvaguardar a las grandes familias y que a partir de ese momento tuviera todo un nuevo rol democrático.

Unos de los objetivos de estos acuerdos era realizar un ajuste en la clase trabajadora de la época. Para ello era necesario involucrar en la causa a los dos sindicatos que en ese momento eran los más importantes en el mundo laboral, UGT y CCOO, y que, a su vez, eran correa de transmisión de los dos partidos del centro-izquierda con mayor peso parlamentario (PSOE y PCE).

El texto aprobado tenía dos partes: una de reformas económicas y otra de reformas políticas. Por lo que respecta a las primeras, que es lo que ahora nos interesa, algunas de las cuestiones que afectaban de lleno a la ciudadanía de la época eran las siguientes: Se limitaba la subida de los salarios al 20% cuando en el momento de la firma la inflación se situaba alrededor del 30%, llegando el año siguiente al 40%. Esto no dejaba de ser una bajada del poder adquisitivo de los trabajadores, pues perdían, en el mejor de los casos un 10% de poder adquisitivo. Si algún convenio colectivo no respetaba la subida estipulada se permitía el despido del 5% de la plantilla y a esa empresa se le retiraban las ayudas crediticias y fiscales. En los puestos de trabajo de nueva creación ocupados por jóvenes se podrá despedir libremente durante los dos primeros años. Los efectos fueron tan catastróficos para la población que la tasa de paro se disparó del 5,6% de la población activa a finales de 1977 al 25% en los siguientes años, llegando a los cinco millones de parados.

Lo poco positivo que trajeron los Pactos de la Moncloa fue la reforma fiscal que se puso en marcha y que trajo consigo la desaparición de los impuestos que gravaban las diferentes rentas (trabajo, capital, etc…) para crear el Impuesto sobre la Renta y la reforma del Impuesto sobre Sociedades, aunque las presiones de ciertos sectores lograron que algunos aspectos de la reforma no salieran adelante.

El tiempo demostró que el ajuste se cebó con las clases más humildes y, por el contrario, no se cumplieron las medidas que iban a ser beneficiosas para la gran mayoría de la población.

Teniendo una somera idea de lo que fueron los Pactos de la Moncloa de 1977, hay que plantearse cuál es la intención de sus nuevos patrocinadores. Da la sensación que las dos almas del Gobierno están siendo las impulsoras de una iniciativa que está abocada al fracaso por múltiples razones.

Desde una óptica política, en este momento no hay condiciones objetivas para que haya un acuerdo de esta naturaleza con una oposición de derechas que en muchos momentos no reconoce la legitimidad del actual Gobierno, llegando a esgrimir un discurso que en algunos casos bordea la línea del golpismo. Pero desde una óptica socio-económica es materialmente imposible llegar a ningún acuerdo con los partidos que son los representantes del ultraliberalismo europeo y responsables de los recortes de todos los servicios públicos, dejando al Estado del bienestar como un solar. Son los arietes de las políticas privatizadoras, defensores a ultranza de las reformas fiscales que han traído consigo el abandono de la progresividad en las políticas fiscales, lo que ha generado que las rentas más altas aporten mucho menos y, por tanto, baje la recaudación ¿Alguien puede llegar a pensar que se puede llegar a un acuerdo con los responsables de todo este desaguisado?

En el supuesto hipotético que se llegara a crear una mesa con los partidos políticos y otras organizaciones sociales habría que analizar las diferencias estratégicas de los dos partidos del Gobierno a la hora de plantear unos pactos de esta naturaleza. No tienen los mismos intereses el PSOE y UP. En la actualidad tienen un programa de gobierno, pero esos hipotéticos pactos sobrepasarían los límites de ese pacto y en ese momento se empezarían a vislumbrar las diferencias internas de este Gobierno y eso sería contraproducente para el Gobierno porque la derecha tendría una ocasión idónea para torpedear al gobierno de coalición. Y no hay que olvidar que deberían de contar con los partidos que ayudaron a que triunfara la investidura de Sánchez, por eso de la aritmética.

Lo que más me llama la atención es la postura de Pablo Iglesias,  abogando por un pacto entre todas las fuerzas políticas y sociales siendo sabedor que en este tipo de acuerdos las oligarquías y las clases altas suelen ser los que, de una u otra forma, ganan la partida. Parece que quiere emular a Santiago Carrillo cuando se firmaron los Pactos de la Moncloa de 1977. El líder del PCE salió en la foto, pero los trabajadores fueron los que pagaron la factura de la fiesta.

Una vez que esta crisis sanitaria se haya superado, el Gobierno tiene que adoptar una serie de medidas que no puede obviar. Debe reforzar el papel del sector público en todos los ámbitos como herramienta para proteger a la mayor parte de la población, sobre todo, aquella que es más vulnerable. Para ello tiene que realizar una serie de reformas urgentes que desmonten el desastre generado por las políticas neoliberales que se han llevado durante muchos años, tanto por los gobiernos del PP como por los gobiernos del PSOE.

Para finalizar, no es muy lógica la forma en la que el Gobierno está abriendo la fuente del dinero para las empresas. No puede ser que el Estado cargue con las ayudas al sector privado a cambio de nada. Estos días se ha abierto la veda del chorro de dinero a las empresas por parte de las entidades financieras, pero con la garantía del Estado, a través del ICO, sin que a estas empresas se les exijan contrapartidas, además, lógicamente, de la devolución del dinero prestado. Está siendo un descontrol total y absoluto, porque una de las cosas que se debería de exigir a las empresas que quieren acceder a estos fondos es la prohibición de la destrucción de empleo ¿Dónde están los beneficios de las empresas en los últimos años? No es muy normal que en menos de un mes las empresas hayan pasado de tener una situación financiera en algunos casos buena y en otros razonable, a que ahora estén en la ruina más absoluta.

Soy partidario que para que las empresas puedan acceder ayudas del Estado o con la garantía de éste, se analicen sus estados financieros para comprobar si la situación de las empresas antes del Estado de alarma era buena, mala o regular. No se puede consentir que empresas bien saneadas y con una capacidad financiera para hacer frente a la crisis se puedan acoger a este tipo de ayudas o desde el primer momento empiecen a aplicar ERTES. La crisis vuelve a ser una bicoca para las empresas. Reciben ayudas públicas y con la excusa de la situación económica tienen barra libre para hacer ajustes laborales. Lo dicho, la factura de la fiesta siempre la pagan los mismos.

Una oportunidad para humanizar la sociedad

Duodécimo día de confinamiento domiciliario, excepto para los que tenemos que salir a trabajar. En algunos momentos uno puede pensar que salir a la calle para ir al trabajo es bueno desde un punto de vista psicológico, sólo hay que ver las excusas que buscan algunos para salir a la calle. Estos días cuando voy a mi trabajo lo estoy comprobando de primera mano. He visto algunas estampas surrealistas, como el que sale a tirar la basura y en vez de ir al contenedor que tiene a cien metros de su portal decide coger la dirección contraria para ir a unos contenedores que están mucho más lejos o la señora que saca a pasear al perro y un día la veo en una zona y al día siguiente me la encuentro en otro lugar muy distante de donde la vi el día anterior. El pobre perro va a acabar con agujetas.

He cambiado mi forma de desplazarme. Evito coger el transporte público y voy andando. Así hago algo de ejercicio. Tres cuartos de hora de ida y algo menos de vuelta, que es cuesta abajo. Durante el recorrido me da tiempo para observar la poca gente que transita por las calles y el aspecto casi desolado de la ciudad.

Todo esto me lleva a pensar que uno de los problemas que va a dejar esta crisis sanitaria es como quedará psicológicamente la población. En mi entorno laboral empiezo a ver a algunas personas tocadas. No tanto por el hecho de no salir a la calle, sino por lo aprensivas que se están volviendo. Están proliferando el grado de manías y obsesiones con todo lo relacionado con la limpieza para evitar el contagio. Por ello, he llegado a la conclusión de que las noticias hay que escucharlas lo justo y necesario e intentar desconectar del monotema. No nos podemos dejar llevar por las noticias que nos ofrecen los medios de comunicación, es una cuestión de salud mental.

Al desconocer el tiempo que va a durar nuestro confinamiento domiciliario, poco a poco va a ir generando una mayor angustia y una mayor desesperación. A eso hay que añadirle la incertidumbre económica de las personas con menos recursos. Los de siempre son los que tienen más probabilidades de volver a caer en el pozo de la miseria.

Las personas vamos a necesitar una gran dosis de fortaleza, pero también de cariño. El día después ya no va a ser como antes. Los ciudadanos de los países ricos hemos vivido como si fuéramos intocables y esa idea se ha derrumbado como un castillo de naipes. Pero tengo que decir que también me acontece una sensación un tanto diferente. Cuando me paro a pensar unos minutos sobre todo lo que está pasando y miro por la ventana de mi casa me digo a mí mismo:

-Pero si las casas las tenemos en pie, tenemos todos los suministros necesarios, como agua, electricidad, gas, teléfono, Internet. Las infraestructuras están en perfecto estado de funcionamiento. En los supermercados tenemos todos los productos de primera necesidad y otro muchos más. Si necesitas otro tipo de productos los puedes comprar por Internet y hasta hay multitud de personas que pueden trabajar desde casa. Entonces ¿Qué sucede? ¿Qué nos pasa? ¿Quizás sea que las personas del Primer mundo no estábamos mentalizadas para una situación de emergencia sanitaria? Pues no quiero ni pensar lo que sería de nosotros si estuviéramos involucrados en un conflicto bélico. La conclusión es sencilla: somos más vulnerables de lo que nos imaginábamos.

Espero que todo esto sirva para que haya un cambio de ciento ochenta grados en todos los estamentos de los países ricos y en la sociedad. Quiero creer que una vez que pase todo esto la sociedad será más solidaria con los países pobres, con las personas que vienen huyendo de la miseria, de la guerra. Es necesario que las políticas que se apliquen en los países ricos dejen de regirse bajo el esquema de la frialdad de los números y pongan por delante a las personas y sus derechos fundamentales y sociales. Tiene que haber un antes y un después. Ya no valen disculpas ni paños calientes. El Estado tiene la obligación de cuidar de la sociedad en general y de las personas en particular, de lo contrario, no nos queda más remedio que tirar todo el edificio que representa al Estado y sus diferentes aparatos para crear otra cosa que esté al servicio de las personas. Lo que hoy se denomina desbordar al Estado. Necesitamos tejer una comunidad en la que uno de sus pilares sea humanizar la vida de las personas.

Hablo de persona y no de individuo, porque no me muevo dentro del marco conceptual del liberalismo político y económico en el que el individuo está en el centro de todo, pero en el que se olvida a la sociedad y a la persona. Esta crisis sanitaria está enseñando muchas cosas. Una de ellas es que las políticas liberales son las máximas responsables de la situación en la que se encuentra los servicios públicos (sanidad, enseñanza, pensiones, etc…), pero nos está diciendo también que vivimos bajo el dominio de un concepto de vida en el que cada persona nos erigimos en el centro del mundo. Aparece ese egocentrismo que nos hace ignorar lo que acontece a nuestro alrededor. Desconocemos si el vecino tiene un problema y uno le puede echar una mano o simplemente escucharle. Si la señora que vive debajo nuestro necesita que le realicemos un recado porque ella no puede salir a la calle. Esto sucede, sobre todo,  en las zonas urbanas y en barrios que se han construido bajo la nueva visión urbanística que va enfocada a utilizar el transporte privado para entrar y salir del domicilio y en eliminar las relaciones comunitarias. Cada vecino es como una burbuja, pues se ignora la existencia de los vecinos del entorno. Es frecuente que te cruces con un vecino que no le conoces o que no le has visto hasta ese momento. Todo ello porque no vive en nuestro mismo portal, aunque compartamos comunidad.

Esta situación que estamos viviendo en principio nos debería de hacer más fuertes como comunidad, pero, sobre todo, nos debería de hacernos replantear nuestras relaciones y nuestros vínculos con las personas de nuestro alrededor. Si no somos capaces de entablar lazos con las personas que tenemos más a nuestro alcance no habremos aprendido ninguna lección de todo lo que está pasando en este momento. Así que tomemos nota y empecemos un nuevo camino basado en la solidaridad y la fraternidad.

Enseñanzas que deja el paso del coronavirus

Estamos viviendo unos días que van a quedar grabados en nuestra memoria para el resto de nuestras vidas. Las personas que pertenecemos al primer mundo hemos estado acostumbradas a ver todo tipo de desastres a través de los medios de comunicación, pero como si la fiesta no fuera con nosotros.

Para no perder la perspectiva, lo primero que hay que poner encima de la mesa son los datos, y si los comparamos con cualquier epidemia de gripe, en principio no debería de generar esta situación de alarma. Según datos del Centro Nacional de Epidemiología, las personas fallecidas en el Estado español por gripe en la temporada 2018-2019 ascendieron a 6.300 fallecidos y 35.300 personas fueron hospitalizadas. En este momento los fallecidos por el coronavirus ascienden a 295 personas y los contagiados a 7.989 personas[1].  Tampoco hay que perder de vista que la mayoría de los fallecidos por coronavirus tenían otras patologías y/o eran personas de edad avanzada. No dejo de tener presente que este virus, entre otras cualidades, tiene una facilidad de expansión muchísimo mayor que cualquier otro virus y su mayor mortalidad.

Lo cierto es que en estos momentos nos encontramos en una situación que la inmensa mayoría de la población nunca habíamos experimentado hasta ahora, con unas medidas excepcionales en materia sanitaria impensables en los países ricos y ante esta situación parece que se está acabando el mundo. Todo esto nos debería de hacer reflexionar y aprender algunas lecciones.

La primera reflexión que voy a realizar es desde un punto de vista global, como sociedad perteneciente a ese Primer mundo, en el que se mira al resto del Planeta por encima del hombro.

Lo que nos está sucediendo es producto de una catástrofe sanitaria, que podía haber sido una catástrofe natural (terremoto, inundaciones, etc…). Todo este tipo de situaciones se producen al margen de la voluntad del hombre, pero también las hay, y esas son las más terribles, por culpa de la actuación de ser humano. Ambos tipos catástrofes nos deberían de ayudar a sacar conclusiones para el futuro inmediato, pero ahora me voy a ceñir a las que genera el hombre como consecuencias de sus decisiones.

Desde el final de la II Guerra Mundial, los países occidentales se han dedicado a exportar y a propagar todo tipo de conflictos a lo largo y ancho de este mundo. Hemos visto como cientos de miles de personas inocentes morían en bombardeos que realizaban países del primer mundo o eran cooperadores necesarios, porque facilitaban armas a todo tipo de países de las zonas en conflicto. Los países occidentales han llevado la guerra, la violencia  y la miseria a países como Palestina, Iraq, Libia, Yemen, Siria, África Central, etc… y con una única finalidad: expoliar todas las riquezas de los países del Tercer mundo. Esos conflictos y formas de explotación económica lo que han generado son muerte, pobreza, exilo y éxodo en esos países. Todo ello para que en Occidente se viviera mucho mejor y acrecentar las diferencias entre unos países y otros. La respuesta de las sociedades occidentales ha dejado mucho que desear, careciendo de un mínimo de sensibilidad y solidaridad. Sólo hay que ver la tragedia diaria que se da en el Mediterráneo o los diez años de guerra en Siria.

Ante todo ese cúmulo de desastres provocados, es curioso que con el problema del coronavirus entremos en pánico, como si esto fuera una película de ciencia ficción en la que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina. El egoísmo de Occidente nos ha llevado a no querer ver todos los desastres provocados por las grandes potencias, que han pasado en otras latitudes. Algunas a la vuelta de la esquina, y lo único que nos ha preocupado es que los efectos colaterales nos pudieran salpicar. Un ejemplo de esto último, y de los más elocuentes, es cuando en la prensa salía información relativa al avance de algunas de las facciones del Estado islámico en el Norte de África, en concreto en Libia. Los titulares nos decían que ya estaban muy cerca de Europa. Daba igual lo que le ocurriera a la población que se encontraba en sus manos. Lo importante era que en Europa no pasase nada. Por tanto, sería necesario que las sociedades de los países ricos aprendieran alguna lección con la situación de alarma que está generando la crisis del coronavirus y a partir de ahora diera un giro de ciento ochenta grados y se actuara con criterios de solidaridad y humanidad, pero sin poner excusas ni salvedades.

La segunda reflexión que nos trae el coronavirus es que uno se vuelve a topar con la realidad, que, por cierto, es muy testaruda. Este tipo de situaciones de excepcionalidad nos vuelven a demostrar que el actual sistema no sirve para dar respuestas a las necesidades de la mayoría de la población y, sobre todo, a la más vulnerable. Esa parte de la sociedad que todavía no ha salido de la anterior crisis. Todavía no había sacado la cabeza del pozo cuando se la han vuelto a meter de un puntapié.

El coronavirus ataca a cualquier persona, independientemente de su poder adquisitivo, pero las secuelas que deja no son iguales para todo el mundo. El coronavirus está dejando al descubierto las políticas neoliberales, que con la excusa de los recortes, decidieron desmantelar la sanidad pública para convertirla en el negocio de sus amiguetes. Eso sí, con la frase recurrente, pero falsa, que era para la optimización del gasto y los recursos. Otra de las consignas con las que nos ha bombardeado el discurso liberal era que había que bajar impuestos, porque el dinero está mejor en el bolsillo de los ciudadanos que en el del Estado. Como si los servicios sociales, entre los que se encuentra la sanidad, se pagasen con ayuda divina. La crisis del coronavirus ha tocado en la línea de flotación de los mensajes liberales pero, sobre todo, en los dos que acabo de exponer.

Por eso estamos en un momento único para desmontar este discurso económico liberal que lo único que ha aportado a la humanidad es el aumento de las desigualdades en todo el planeta. Estamos en un momento crucial, porque es necesario dar la vuelta a la hegemonía del discurso liberal y evitar la posibilidad que el discurso populista de extrema derecha triunfe bajo el paraguas de una supuesta seguridad. Intentarán vender que la seguridad está por encima de derechos y libertades, pero detrás de ese discurso lo que se esconden son políticas que generarán muchas más desigualdades. A día de hoy no ha salido ningún representante de la extrema derecha denunciando que la aplicación salvaje de ERES y ERTES por parte de las empresas la van a sufrir los sectores más débiles de nuestra sociedad. Se envuelven en una bandera para defender sus intereses de clase.

La última cuestión que quiero tratar es la situación particular que se está viviendo en el Estado español. Los acontecimientos de la última semana han sido vertiginosos y en cuestión de horas nos hemos introducido en la oscuridad de un túnel muy similar al que fueron los años más duros de una crisis de la que muchos a día de hoy no han podido salir. La crisis económica y el coronavirus tienen algunos denominadores comunes.

El primero, sin ninguna duda, es que el coste va a recaer sobre los trabajadores. No ha habido tiempo para que las empresas notases el efecto del coronavirus y los ERES y ERTES empiezan a proliferar como las flores en primavera. Y lo más grave es que gracias a la incapacidad de este Gobierno, que después de más de dos meses, ha sido incapaz de derogar la reforma laboral que aprobó el PP cuando no llevaba ni dos meses gobernando. Otros cooperadores necesarios en este desastre están siendo los dos sindicatos mayoritarios a nivel de todo el Estado (CCOO y UGT). Les ha faltado tiempo para facilitar los despidos y suspensiones de contratos de trabajo.  Y el lazo que adorna todo este escenario de incertidumbre y miedo es la preocupación de algunos por la caída de la bolsa, que no deja de ser un mercado especulativo que en muchos momentos no se rige por datos económicos, sino por las presiones especulativas de los grandes inversores. No creo que un trabajador que le cuesta llegar a fin de mes en condiciones normal pueda tener como preocupación la caída del Ibex 35.

Para finalizar, la crisis del coronavirus está siendo una auténtica cortina de humo para poder sacar adelante una respuesta a toda la corrupción existente en la monarquía española. El virus se ha convertido en el mayor aliado del monarca español y de su familia. La decisión que ha tomado Felipe VI no deja de ser una operación rápida y bien calculada para lavar la imagen de la Corona y que los escándalos de la familia real pasen desapercibidos. Las ultimas publicaciones empezaban a deteriorar la imagen, de por sí bastante mala, de todo lo que suena a Monarquía española y la familia que la compone. Hubiera sido interesante ver que hubiese ocurrido con todas las informaciones aparecidas si en este escenario no hubiera hecho acto de presencia el coronavirus. Con motivo de la pandemia han cancelado todo tipo de apariciones públicas. Vamos a ver si con el problema del coronavirus el monarca realiza una declaración como la que protagonizó el 3 de octubre de 2017.


[1] Dato obtenido de la edición digital del diario El País a las 11,10 horas del día 16 de marzo de 2020.

El pensamiento libertario en Javier Sádaba

El filósofo Javier Sádaba ha publicado recientemente su último libro titulado “Porque soy libertario”; Editorial Catarata y el pasado mes de febrero tuvo lugar su presentación en una librería madrileña, en la que participó el autor acompañado de Jaime Pastor, politólogo y editor de la revista “Viento Sur”.

Jaime Pastor realizó una breve introducción de la trayectoria de Javier Sádaba que sirvió para tener constancia de la buena presentación que han realziado en Wikipedia de Javier Sádaba. Al hablar del libro realizó una breve, pero interesante exposición de la evolución del movimiento obrero; de las dos almas que lo componen (marxismo y anarquismo), mencionando a algunos autores que han intentado tender puentes entre ambas corrientes.

La presentación del autor fue muy didáctica, pero, sobre todo, muy clarificadora de lo que es el pensamiento libertario, acompañado de un sinfín de anécdotas, vivencias y buenas dosis de humor.

Centrándonos en el libro, éste es de lectura ágil y amena. No es un libro extenso, pues no llega a las cien páginas, pero eso no ha sido obstáculo para que Javier Sádaba haya podido desarrollar muchas cuestiones de interés. Todo ello gracias a una gran capacidad de condensación.  En él el autor hace una disertación sobre el pensamiento libertario a través de ocho capítulos en los que trata diversos temas desde una óptica libertaria para desarrollar lo que define como socialismo libertario. Todo ello lo realiza con una visión crítica hacia los temas que trata.

Antes de hablar acerca del contenido del libro, no quiero dejar de señalar algunos aspectos del mismo: El acierto que tiene en las menciones que realiza a muchos pensadores (filósofos, teólogos, etc), pero, sobre todo, a los clásicos y el libro está escrito alejado de todo dogmatismo.  Como muy bien recordó Sádaba en la presentación, David Hume decía que el dogmático es un idiota.

El libro comienza con el estudio de una serie de términos relacionados con el pensamiento libertario, para posteriormente desde esa óptica disertar sobre el Estado y la Nación, la filosofía, la religión, la vida cotidiana, el mal, la inteligencia emocional, el amor y el humor.

El primer capítulo tiene como objetivo delimitar una serie de conceptos que muchas veces han sido definidos de forma no muy correcta. En esta labor de definir y marcar las diferencias conceptuales, hace una breve incursión histórica en el entorno del marxismo y sus diferentes evoluciones: comunismo y socialdemocracia. Tiene una visión crítica del marxismo en lo relativo a la actitud que adopta ante el poder o, dicho de otro modo, ante la concepción que tiene el marxismo del aparato del Estado. Pero sin duda alguna, su dialéctica más mordaz la reserva para el papel que ha jugado la socialdemocracia a lo largo de la historia. Para el autor “la socialdemocracia le ha dado al capitalismo ese rostro humano que tanto le beneficia”.

Dedica un capítulo para estudiar los términos Nación y Estado y las fricciones que han existido desde el siglo XIX entre ambos términos. El concepto que tenemos en la actualidad de Nación nace de las revoluciones liberales y burguesas del siglo XIX. El objetivo era la asimilación de la Nación por el Estado para llegar a la idea de un Estado una Nación. Sádaba utiliza la aportación de Otto Bauer[1] en este campo para ir adentrándose en el derecho de autodeterminación, arrinconando el concepto de nacionalismo, pues éste puede fortalecer el nacionalismo del Estado. Ese nacionalismo que no se ve o no se quiere ver pero que es mucho más poderoso que el nacionalismo de una comunidad que no tiene Estado propio.

Sádaba habla del derecho de autodeterminación de los pueblos, pero poniendo por encima la libertad de los individuos pues “nos autodeterminamos por ser libres”. dando prioridad al individuo desde una perspectiva libertaria. A donde nos quiere llevar el autor es a priorizar la comunidad como expresión de organización, formada por los individuos en detrimento de otro tipo de entidades, como es el Estado, que conlleva el cercenamiento de la libertad individual. El derecho de autodeterminación es radicalmente democrático pues no “despoja de su poder a los individuos”. El ejercicio de este derecho es un paso para derribar el Estado y todo el entramado que representa, en el camino de lograr una sociedad libertaria.

Para llegar al socialismo libertario expone las tres tácticas: influyendo desde dentro del sistema, por ejemplo, votando; intervenir desde la sociedad contra el Poder; o combinando ambas fórmulas. Siempre lejos de cualquier dogmatismo, pues está abierto a nuevas aportaciones, pero teniendo presente una máxima:  intentar que su vida confluya con sus principios. Tiene presente la frase del dramaturgo y filósofo francés Gabriel Marcel: «Quien no vive como piensa, termina pensando como vive».

Quizás sea en este capítulo donde lanza sus mayores dardos a la izquierda actual, con especial énfasis hacia la socialdemocracia, por lo que me voy a permitir la licencia de transcribir dos citas del libro: “El mal menor puede ser el peor de los males y que es lo que ha hundido siempre a la izquierda” y “la llamada socialdemocracia actual está vacía porque se ha convertido en la rama amable y cómplice del capitalismo”.

Al definir la filosofía, la diferencia del resto de las ciencias y la concibe como una “actividad aclaratoria”, pues sirve para aclarar el lenguaje como “camino más adecuado para conocer los hechos”. Realiza un análisis crítico de la historia de la filosofía porque ninguna ha servido para construir una teoría que nos acerque a la realidad y la única forma para acercarse a ésta es a través del lenguaje que nos ayuda a “saber qué es lo que podemos conocer y, sobre todo, qué es lo que podemos y deberíamos hacer dentro de las cuatro paredes en las que estamos en el espacio y en el tiempo”. En toda esta ardua labor sigue las teorías de Wittgenstein, pensador que trabajó la filosofía del lenguaje. Es partidario de limpiar el lenguaje que está contaminado para utilizarlo de forma correcta y para llamar a las cosas por su nombre. Para Sádaba, este ejercicio es imprescindible en la izquierda.

Es muy crítico con todos esos discursos llenos de frases y palabras grandilocuentes que no dejan de ser términos vacíos que se utilizan en la filosofía. Apuesta por la filosofía libertaria, que tiene como finalidad en aclararnos la realidad, pues el trabajo filosófico puede servir para “desenmascarar seudociencias teológicas”.

Dentro de la filosofía libertaria, una herramienta fundamental es la ética. Para Sádaba, la ética es “la justificación de sus acciones morales” y la finalidad de ésta es “la felicidad de las personas”. Manifiesta que para sostener su discurso sobre la ética libertaria es fundamental la libertad del individuo.

Al analizar el pensamiento libertario y la religión hace una breve exposición de las diferentes religiones, en función del tipo de creencia. Se detiene para analizar la masonería y su pensamiento deísta. Dentro del antagonismo existente entre anarquismo y religión, realiza una distinción entre anarquismo y pensamiento libertario a la hora de posicionarse en el tema religioso . Si bien el anarquismo niega la existencia de Dios, el pensamiento libertario lo percibe no como el ser supremo, sino como el Estado supremo. El libertario distingue entre “una creencia religiosa y una religiosidad pura”. Realiza una defensa una sociedad laica, siendo muy crítico con los privilegios que tiene el catolicismo dentro de la legislación española.

Sádaba analiza la vida cotidiana desde una óptica libertaria. Para ello deja muy claro que la actitud libertaria es incompatible con la conducta ceremonial, siempre que ésta implique sumisión, lo que le lleva a analizar la noción de igualdad. Ante el problema de la desigualdad la postura libertaria tiene como finalidad “rellenar toda la potencia de cada uno de los individuos y no se quedará en la seca y abstracta individualidad”. Ello exige un cambio del modelos político y económico y el libertario debe de tener una actitud proactiva para luchar contra esta situación. El libertario tiene que poner en práctica su lucha contra este sistema en la vida cotidiana.

En este libro dedica un capítulo para hablar del pensamiento libertario y del mal. Hace una diferenciación entre el mal de la pena y el mal de la culpa (Sádaba nos dice que los latinos ya realizaban esa distinción). El primero (mal de la pena) es el que se produce al margen de la voluntad humana y el segundo (mal de la culpa) es el que genera el hombre a través de sus actos. De esos dos tipos de mal, el que se trata en el libro es el segundo (mal de la culpa).

Para profundizar en lo que ha supuesto el mal para el hombre, lo hace a través de tres  disciplinas diferentes: la historia de la humanidad, la filosofía y la teología. Es muy ilustrativa la exposición que realiza dentro del campo filosófico y teológico, acerca de las diferentes teorías y concepciones existentes sobre el bien y el mal a lo largo de la historia. No hay que olvidar que Sádaba, entre otros estudios, cursó los de teología.

Por lo que respecta al análisis que realiza del mal desde la óptica libertaria, lo hace a través del mal de males, que “es el Poder, el Poder por el Poder y del que emana toda clase de males”. Y la labor del libertario es luchar contra el poder, pues ha de “reivindicar la suprema libertad”. Y ante esto se dan tres situaciones. Para Javier Sádaba la correcta reside “en el poder de la libertad, no sobre nadie, sino con las otras personas libres”.

Sin duda alguna, el capítulo más innovador y el que más puede llamar la atención al lector es el dedicado a la inteligencia artificial, y que lo titula “pensamiento libertario e inteligencia artificial”. Antes de comentar este capítulo es necesario decir que Javier Sádaba es un filósofo que ha profundizado en disciplinas del campo de la ciencia, como la bioética y la inteligencia artificial, sobre los que ha escrito diferentes obras.

Inicia este capítulo desmontando las objeciones de las teorías que se posicionan en contra de la innovación y las nuevas tecnologías: una de estas teorías consiste en la protesta contra la innovación tecnológica porque acarrea pérdida de trabajo y la otra es la que entiende la tecnología como un mito o una ficción. Realiza una rápida exposición de la evolución de las diferentes especies hasta la aparición del homo sapiens (antropoides y homínidos) y, a través de la “analogía evolutiva”, distingue entre humanismo, trashumanismo y poshumanismo. El humanismo busca todas las potencias de las que está dotado el hombre. El trashumanismo es un paso más al añadirle cualidades que nunca se hubieran pensado y, por último, el poshumanismo consiste en la existencia de máquinas inteligentes, colocando nuestra mente en una máquina.  

La evolución de las especies hasta la aparición del homo sapiens ha sido “un proceso y los procesos no son sucesión de esencias cerradas” hasta llegar hasta nuestros días. Ello nos lleva a plantear que el ser humano sigue evolucionando y no será como lo conocemos en la actualidad. Para Sádaba surge el problema político, en el supuesto que toda esta evolución traiga consigo una supremacía de unos pocos sobre el resto de los humanos, aunque en nuestra sociedad ya se da esta situación. El control de nuestra ya escasa libertad es un problema que se vería agravado si una minoría oligárquica controlara el sistema capitalista, hasta el extremo de controlar nuestras vidas.

Dentro de la inteligencia artificial hay una rama que es la robótica y otra la machine learning, “que posibilitaría que los ordenadores o robots aprendieran por ellos mismos, autónomamente y no automáticamente”. Tampoco habría que olvidad la biología sintética, a través de la que  se ha logrado “cortar y editar regiones específicas del genoma”.

Ante la inteligencia artificial, el pensamiento libertario lo debe de analizar desde un punto de vista ético. Tiene que tener un “espíritu abierto”, en pro de la mejora del ser humano, teniendo como máxima la prudencia, pero desechando el miedo irracional. El problema surgiría si un reducido grupo de poder económico, por ejemplo, “unas poderosísimas multinacionales” se convirtiesen en una dictadura feroz, porque controlasen todos los medios de producción  y nos convirtieran en “seres manipulados, marionetas del dios dinero”. Ante esa situación la única oposición pasa porque exista una transparencia en el mundo empresarial y mecanismo legales que luchen contra esa discriminación. Todo esto sólo lo lograríamos las personas porque ni el Estado ni los partidos  políticos lo van a hacer.

Finaliza el libro hablando de amor y el humor. Es la parte más emocional del libro, pues el amor “ciega los sentidos  y ciega la inteligencia”. Describe diferentes tipos de amores. “El amor es una vivencia, un estado de alerta que ve el mundo desde la ventana de la felicidad” y amor y sexo están íntimamente relacionados pues el primero trae al segundo.

Para Sádaba, las relaciones entre amor y éticas son complicadas, especialmente para un libertario. Éste debe de atenerse a unos principios propios de todo comportamiento. “El libertario usará el sexo como le dé la gana, siempre que no haga daño real a nadie”. Propugna cierto equilibrio. “ni una monogamia en términos teóricos aparentemente superior,…, ni un hedonismo desbocado. Hay zonas grises que son bellas”, pero nunca hay que olvidar que “la revolución comienza por la revolución de las costumbres”.

En lo concerniente al humor, un mundo sin él sería “un mundo en tinieblas”. El humor es necesario para el ser humano y hace que la vida sea menos sufrida.

Con este libro Javier Sádaba nos expone su pensamiento, que se encuadra dentro del socialismo libertario. Estaría ubicado en ese espacio existente entre marxismo y anarquismo, o dicho de otro modo, sería un marxismo heterodoxo, teniendo presente la libertad individual. Es muy crítico con la socialdemocracia, que ya en el siglo XIX empezaba a hacer acto de presencia a través de la II Internacional y que en el siglo XX se consolidó como una de las almas de la izquierda. Su concepción de la estructura de la sociedad y la relación entre individuo y comunidad le aleja de las experiencias comunistas que se han dado a lo largo de la historia. A diferencia del anarquismo, que siempre ha tenido muy claro que su objetivo es la destrucción del Estado, dentro del pensamiento marxista siempre ha flotado ese debate de qué hacer con el Estado.


[1] Otto Bauer (1881-1938): Político austríaco, perteneciente al ala izquierdista del Partido Socialdemócrata Obrero de Austria. Una de las cabezas visibles del marxismo austriaco (austromarxismo). Autor de diversas obras y artículos, sin duda el trabajo más conocido es «La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia». Uno de los estudios más importantes desde el marxismo sobre el problema nacional. Fue un libro de referencia para muchos políticos de la época, entre los que se encontraba J. Stalin. En su libro “marxismo y cuestión nacional”, tiene como obra de referencia el libro de Otto Bauer.

Zaldibar: ¿El Prestige del PNV?

Han pasado dos semanas desde el desastre ecológico y medioambiental que se ha producido en Zaldibar (Bizkaia) y a día de hoy hay muchos interrogantes que tardarán en aclararse, pero desde de una dimensión política hay algunas cuestiones que empiezan a ser más que evidentes.

La primera es que las políticas medioambientales del Gobierno Vasco y, en concreto, todas las relacionadas con la gestión de los vertederos de basuras y productos contaminantes han sido un perfecto desastre. El descontrol de los vertederos existentes en la Comunidad Autónoma Vasca (CAV) era un secreto a voces, pero el nulo control por parte de las instituciones vascas (Gobierno Vasco y diputaciones) ha sido muy superior de lo que cualquier mortal se podía imaginar. Las políticas neoliberales, que ha llevado a la práctica el PNV con el apoyo del PSOE, han dejado en manos privadas la gestión de un tema tan importante como todo lo relacionado con el medio ambiente. Ha primado las políticas tendentes a favorecer al sector privado, y dentro de este a sus amiguetes, mediante la adjudicación de estos servicios en detrimento de ofrecer un servicio público de calidad. El reciclaje y el trabajar por el medio ambiente desde hace tiempo ha pasado a convertirse en un negocio suculento y a partir de ese momento ha primado lo económico por encima de la defensa del interés público.

La segunda evidencia es que, si todo esto es muy grave, pues con sus políticas en materia medioambiental han estado jugando con la salud de la población, aún es más grave la gestión de este desastre ecológico, una vez que se ha producido la catástrofe. El cúmulo de declaraciones contradictorias, desmentidos y ponerse de perfil ha sido una constante y la guinda del pastel ha sido la actitud del Lehendakari Urkullu (PNV) y del Consejero de Medio Ambiente, Iñaki Arriola (PSOE). Durante muchos días han estado en off, mientras, a día de hoy hay dos trabajadores sepultados entre los vertidos como consecuencia de un alud de tierras y productos peligrosos, seguido de un incendio del que han estado emanando sustancias peligrosas y a saber si ya lo tienen controlado. Las declaraciones de los diferentes cargos públicos han sido esperpénticas, intentando quitar importancia al desastre y ocultando información a la ciudadanía. Pero en esta ocasión los acontecimientos han ido precipitándose cada día que pasaba y su estrategia se les ha venido abajo. Quizás la suspensión del partido Eibar-Real Sociedad haya sido el punto de inflexión, porque si corría riesgo la salud de los jugadores y los espectadores, mayores riesgos han estado corriendo todos los habitantes de la zona afectada que no les ha quedado más remedio que realizar su actividad diaria. Ni que decir tiene que la actividad agrícola y ganadera es el sector económico más afectado por el desastre producido en el medio ambiente. Surgen serias dudas del grado de contaminación producido en la zona y las palabras tranquilizadoras de los responsables políticos no dejan de ser cantos de sirena por la nula credibilidad de las instituciones en estos momentos.

El PNV siempre ha proyectado una imagen de buen gestor, sobre todo, en algunos círculos de fuera la CAV y en pocos días esa imagen de buen gestor se ha desmoronado como un castillo de naipes. Han demostrado una incapacidad infinita antes, durante y después de la catástrofe. Han querido emular, y de verdad que lo han conseguido, a la gestión del PP con el Prestige ¿Quién no recuerda a Rajoy explicándonos que lo que salían del petrolero hundido en las profundidades marinas eran unos hilillos de plastilina? Los partidos que forman el Gobierno vasco han actuado como si la fiesta no fuera con ellos, hasta el extremo que después de haberse producido el desastre, el PNV estaba más preocupado por adelantar las elecciones autonómicas, pensando en sus cálculos electorales que hasta ese momento eran muy suculentos.

Todo esto hay que enmarcarlo en la actitud de arrogancia que han demostrado en todo momento el PNV. Han ido de sobrados. Declaraciones altisonantes y en algunos casos con un tinte prepotente. Probablemente no han sido capaces de calcular el alcance de lo ocurrido en Zaldibar y se puede decir que en estos momentos no controlan la gestión política de la catástrofe. Las informaciones publicadas están sirviendo para comprobar la forma de funcionar del PNV y su clientelismo político. En los documentos que salen a la luz aparecen todo tipo de irregularidades y empresas cercanas al PNV. La realidad es que el PNV lleva funcionando así desde el principio de los tiempos.  Hay veces que uno no sabe si está en Lakua (sede del Gobierno Vasco) o en Sabin Etxea. A cualquiera le puede venir a la cabeza, por lo reciente de su sentencia, el caso De Miguel, pero no es un hecho aislado. Pero por la gravedad de este caso, con dos desaparecidos encima de la mesa y una población alarmada, estas formas de hacer política en beneficio de sus amigos no pasan tan desapercibidas y quien sabe si no pasarán factura electoral.

No hace tantos años el PNV, junto a su actual socio, el PSOE, montó una campaña de acoso y derribo a Bildu cuando esta formación gobernaba la Diputación de Gipuzkoa con el tema del reciclaje de las basuras urbanas. Fue una campaña más parecida a las que organizan los partidos del Trifachito, que allí donde pierden el poder lanzan a la ciudadanía a la desobediencia civil y al enfrentamiento. Es importante recordar todo esto porque el tiempo ha demostrado que aquellas medidas fueron las más racionales e innovadoras a la hora de gestionar los residuos que genera la población.

Si la gestión de los vertederos e incineradoras está siendo un auténtico desastre uno no sabe que pensar qué nos podríamos encontrar en las obras de la Y vasca para el Tren de alta Velocidad (TAV), porque el interés que hay por parte del PNV en ser el Gobierno Vasco el que ejecute las obras es un tanto desmedido.

No se puede pasar por alto al PSOE ni a la Diputación Foral de Bizkaia. El primero, socio del PNV en el actual Gobierno vasco, partido que controla la Consejería de Medio Ambiente, a través de Iñaki Arriola, político que no es nuevo, puesto que en el Gobierno de Patxi López gestionó la cartera de obras públicas, transportes y vivienda. En un país medio normal este señor tenía que haber dimitido o, en su defecto, debía haber sido cesado, pero es pedir imposibles, más si tenemos en cuenta que el día 5 de abril hay elecciones y los actuales socios de gobierno, si no hay un giro copernicano en las preferencias del electorado va a repetir y entre socios no se van a pisar la manguera. Por su parte, la Diputación Foral de Bizkaia ha estado más preocupada en levantar un muro para proteger la autopista. Lo de ocultar la mierda se les da de cine. Deben de entender que todavía haya dos personas sepultadas es secundario. No están tan lejos las palabras del Diputado Foral, Unai Rementería, diciendo en la campaña electoral para las elecciones a Juntas Generales dos frases lapidarias: “Somos un referente en materia medioambiental, la pequeña Alemania del Estado, y mejoraremos aún más” y “Aprovechamos 9 de cada 10 kilos de residuos que producimos. Y haremos lo posible para acercarnos al cien por cien”. Ahora que nadie espere que haga declaraciones da la sensación que está desaparecido.

La situación se irá estabilizando y los medios de comunicación, excepto honrosas excepciones, dejarán de emitir noticias sobre este asunto. Hay mucho en juego como para que se den las condiciones para que se produzca una catarsis en la sociedad que puedan hacer temblar los pilares del status quo existente en la CAV, que el 5 de abril está a la vuelta de la esquina.

Los complejos de la izquierda española

La escritora y ex militante de las Brigadas Rojas, Bárbara Balzerani, en su novela “Compañera luna” describe lo que fueron las políticas del PCI de los años 70-80 del pasado siglo, conocidas por la “democracia progresiva”. Esa revolución que “no lleva ni al comunismo, ni siquiera al socialismo, pero que a cambio de un repliegue de posiciones prometía una salvaguarda ante las nunca adormecidas tentaciones de la derecha fascista”.

El nuevo Gobierno de coalición lleva un mes y da la sensación que ha asimilado este concepto al pie de la letra y en las decisiones que está tomando le está faltando la determinación que suele tener la derecha cuando gobierna.

Cuando el PP llegó al gobierno de la mano de Mariano Rajoy no tuvo ningún complejo a la hora de aplicar sus políticas. Llegaron a la Moncloa con la determinación de poner el ADN de la derecha a todo tipo de medidas y, sobre todo, sabían perfectamente para quienes gobernaban y qué intereses representaban.

A la semana siguiente de haber llegado al poder no les tembló la mano para aprobar el primer decreto-ley en el que entraron a legislar sobre cuestiones tributarias, presupuestarias y financieras.  La excusa perfecta era la necesidad de reducir el déficit y ante la imposibilidad de iniciar el año con unos presupuestos aprobados por el Gobierno del PP no dudaron en legislar de la noche a la mañana.  El uno de enero de 2012 amanecimos con una subida del IRPF, pero cuidado, el peso de la reforma no estaba pensado para que lo sufrieran las rentas más altas y la ciudadanía lo pagó a escote.

Ese fue el pistoletazo de salida para aprobar en cuatro meses alrededor de 15 decreto-ley, entre los que se encontraba la reforma laboral, norma que no se demoró mucho, pues fue aprobada en el tercer decreto-ley, cuando la derecha llevaba poco más de un mes en el Gobierno. La derecha utilizó el mismo procedimiento para realizar reformas en el sector financiero, en materia energética, renovables, liberalización del comercio y servicios, etc… Toda aquella materia que con la Constitución en la mano se podía legislar a través de un decreto-ley y no era preceptivo tramitarla a través de Ley orgánica, el Gobierno del PP utilizó la vía del decreto-ley para aprobarla a la mayor brevedad.  La lectura de todo ese tsunami legislativo no dejaba lugar a dudas. El PP había llegado con las ideas muy claras y no estaba para perder el tiempo.

La derecha cuando gobierna no tiene complejos en aplicar sus políticas liberales en materia económica y políticas conservadoras en materia de derechos y libertades. Dicho de otro modo, abogan por políticas económicas para beneficiar a las multinacionales, grandes empresas y rentas altas y en lo político restricción de todo tipo de libertades para tener amarrada a la ciudadanía; y para ello no dudan en poner en marcha toda la maquinaria propagandística necesaria con el objetivo que cale en la población y, si es necesario, sacar a la policía a la calle para que quede claro quién manda.

Por el contrario, el nuevo Gobierno y los partidos que lo forman están actuando con muchísimas dudas. En un mes únicamente han sido capaces de aprobar la subida de las pensiones, del salario de los funcionarios e incrementar el SMI en la revolucionaria cantidad de 50 euros. Las medidas que han aprobado no dejan de ser la aplicación de la ley y, lo más grave, es que parece que el incremento del SMI es el responsable del incremento del desempleo en sectores como la agricultura. Conclusión: la izquierda falla a la hora de explicar sus decisiones políticas.

En el marco de estas políticas acomplejadas hace unas semanas la nueva Ministra de Trabajo se desmarcó con unas declaraciones en un medio de comunicación en el que manifestaba que “Técnicamente no es derogable toda la reforma laboral, sería irresponsable”. No había pasado ni un mes de la firma del documento entre el PSOE y Unidas Podemos en el que acuerdan por escrito derogar la reforma laboral y ya empiezan a matizar y limar todo lo acordado. Por el contrario, la derecha cuando gobierna no se anda con dudas ni titubeos ni hace políticas de concertación social. Las cuestiones técnicas no le suponen ningún impedimento ni contratiempo. Legislan y si algo de lo aprobado es una aberración legal ya habrá tiempo para corregirlo o cuando se lo corrija un tribunal habrá pasado mucho tiempo y durante ese tiempo han impuesto su ley. La derecha es como la policía, que primero pega y luego pregunta.

Si todo lo dicho hasta ahora es preocupante, lo es mucho más el viraje que se ha producido en el discurso de uno de los socios de gobierno, Unidas Podemos. Es de auténtico vértigo. No es que haya entrado en una senda de moderación o de modulación de su discurso, es que lo que está haciendo es una auténtica reubicación dentro del tablero político. Las declaraciones y posicionamientos que están teniendo en las últimas semanas hubieran sido impensables hace poco más de un par de meses ¿Alguien se hubiera imaginado que Podemos hubiera rechazado en la Mesa del Congreso la petición para que el Rey compareciera con la finalidad de dar cuenta de temas relacionados con negocios de armamento de empresas públicas con Arabia Saudí? Pues eso ha ocurrido a mediados de enero. Los representantes de Unidas Podemos y En Comú en la Mesa del Congreso no han tenido ningún problema para votar en contra junto al PSOE, PP, Cs, y VOX.

Frases cómo las de Irene Montero, cuando dice que si para subir el SMI tienen que aplaudir al borbón lo van a seguir haciendo, son anécdotas si lo comparamos con lo que ha ocurrido esta semana en la Mesa del Congreso cuando Unidas Podemos y En Comú han votado en contra de la solicitud de EH Bildu de publicar la hoja de servicios de Billy el Niño, argumentando dudas jurídicas. En este tema han pecado de ingenuidad si pensaban que no iba a trascender. No han tenido en cuenta que podía saltar a la opinión pública y cuando ha venido un aluvión de críticas se han visto en la necesidad de rectificar de forma urgente.  El error de cálculo ha sido mayúsculo hasta el extremo que ha tenido que salir al paso el mismo Pablo Iglesias.

De la situación de Cataluña únicamente señalar que para que el Gobierno volviera a tener los pies en el suelo ERC tuvo que recordarle los acuerdos a los que habían llegado. Por lo visto se les había olvidado que para que este gobierno salga adelante es imprescindible su apoyo.

En el Estado español ha podido pasar inadvertida la postura que Unidas Podemos ha mantenido ante la huelga general que se celebró el pasado día 30 de enero en Euskal Herria, pero la postura ha ido en la línea que está teniendo en estas últimas semanas. Ha vuelto a dar un paso atrás. Ha ignorado las reivindicaciones recogidas en la Carta de los Derechos Sociales de Euskal Herria promovida por la mayoría sindical vasca y agentes sociales convocantes para cruzar a la otra orilla, en la que se encuentran el PNV, PSOE, PP a junto la patronal vasca y dos sindicatos minoritarios en Euskal Herria, CCOO y UGT. Si, aunque parezca ciencia ficción estos dos sindicatos en este territorio son minoritarios.

Podemos ha abandonado las dinámicas que se han llevado hasta este momento en Euskadi para la defensa de los derechos sociales, bajándose del tren de la huelga. Para ello la argumentación que dio Podemos Euskadi en su cuenta de Twitter es de lo más infantil. Manifiestan que era una “huelga de carácter social y político”. Pues claro que era una huelga de marcado carácter social y político, como todas las huelgas generales que se han dado en la historia de este país. Desde la primera huelga general que convocó CCOO en junio de 1985 para la defensa de las pensiones, pasando por la huelga general del 14D de 1989, hasta las convocadas en contra de las reformas laborales y de pensiones que han realizado los diferentes gobiernos del PP y PSOE. Absolutamente todas las huelgas generales tienen ese perfil. Cualquiera diría que son nuevos en política. Bien es verdad que no debería de coger de sorpresa la actitud de Podemos Euskadi, porque de un tiempo a esta parte su acercamiento al Gobierno de coalición PNV-PSOE que hay en la Comunidad Autónoma Vasca ha ido en aumento. La colaboración de Podemos para la aprobación de los Presupuestos Generales de esa Comunidad ha sido la piedra sobre la que se está fundamentando toda su nueva estrategia.

Todo este viraje lo que hace flotar en el ambiente es un mensaje para las altas instancias: Podemos ha entrado en la senda de la moderación, en la que Bárbara Balzerani define como un repliegue de posiciones dentro de ese concepto de “democracia progresiva” para salvarnos de las tentaciones de la derecha fascista. El asalto a los cielos puede esperar. Estamos en la hora de tragar sapos hasta la indigestión.

¡No os importe matar! San Fermines 1978: Crimen de Estado. Un libro de obligada lectura

El pasado mes de octubre ha visto la luz el libro de Sabino Cuadra Lasarte, “No os importe matar! Sanfermines 1978: crimen de Estado”, publicado por Editorial Txalaparta. Con este título tan impactante, pero, a su vez, tan expresivo desgrana en sus trece capítulos el antes, durante y después de los trágicos sucesos del día 8 de julio de 1978, en el transcurso de las fiestas de Iruña-Pamplona, en los que fue asesinado Germán Rodríguez. Todo ello contextualizado en la situación política que se estaba viviendo.

Es un libro de lectura fácil y rápida pues sus 239 páginas contienen un relato muy ágil en el que el autor realiza, entre otras cosas, un trabajo de reconstrucción de los hechos con todo tipo de detalles.

Antes de entrar a relatar los sucesos el autor dedica un capítulo a realizar una labor brillante para refrescarnos lo que fueron esos años en los que se vivieron una serie de reivindicaciones políticas después de la muerte de Franco. La lucha en favor de la ruptura democrática con el régimen franquista frente a la opción de reforma de dicho régimen para que cumpliera los estándares democráticos pero sin romper con el pasado, la reivindicación del derecho de autodeterminación y la reivindicación de un estatuto en el que estuviera Navarra. Para finalizar este capítulo, realiza un repaso histórico de la evolución política que se había producido en Navarra en las últimas décadas, en las que se da una transformación radical, pasando de ser un territorio fiel a los principios del franquismo a convertirse en uno de los lugares más contestarios. En esa labor de análisis global de lo que fue esa época, no pasa por alto sucesos, como los de Montejurra de mayo de 1976, en los que pistoleros de extrema derecha asesinaron a dos militantes carlistas. Unos hechos en los que los aparatos del Estado tuvieron una conexión directa con la planificación de dichos asesinatos. 

Por lo que respecta al relato de los acontecimientos, este trabajo inicia su exposición en los días previos a las fiestas de Iruña-Pamplona, pasando por los sucesos que se vivieron el día 8 de julio de 1978, así como el aluvión de protestas que se dieron en otros puntos de Euskal Herria y la represión que desató el régimen, en concreto en la localidad de Rentería (Gipuzkoa).

El relato no se queda en los días posteriores pues continúa exponiendo una serie de hechos y acciones llevadas a cabo durante cuarenta años para que continúe viva la memoria de Germán Rodríguez, así como todas las iniciativas que se han llevado para reclamar verdad, justicia y reparación.

¡No os importe matar! San Fermines 1978: Crimen de Estado
Presentación del libro en la librería Traficantes de Sueños

La exposición va acompañada de testimonios de personas que vivieron de forma directa esos acontecimientos. De hecho, algunos fueron heridos en los sucesos que se produjeron esos días. Es necesario destacar la labor minuciosa de investigación realizada en la obtención de informes oficiales y su análisis, algunos de los cuales ha sido desclasificados recientemente, así como de los informes que en su momento elaboraron las peñas sanfermineras, comparecencias parlamentarias, etc…

Este libro tiene varios logros que no puedo dejar pasar sin mencionarlos porque, sin duda alguna, ayudan a poder entender mucho mejor las actuaciones de los aparatos del Estado y la impunidad con la que se movían.

El primero, sin duda alguna, es que nos da una información valiosísima del poder que tenían los mandos policiales, hasta el extremo de ningunear a todo un gobernador civil. Puede parecer surrealista pero los datos que se aportan son muy elocuentes. El Gobernador Civil de Navarra llegó a reconocer que sus instrucciones no fueron obedecidas por los mandos policiales.

El segundo logro es que consigue desmontar la versión oficial de los hechos. Las diferentes pruebas que se aportan, junto con los innumerables testigos presenciales de todos los hechos que se produjeron en esos días no dejan lugar a dudas. Todo lo que sucedió en el mes de julio de 1978 tanto en Pamplona como en otras localidades de Euskal Herria, caso de Rentería, no fue más que una acción planificada por parte de los aparatos del Estado para imponer su orden y recordar a la población cuales eran los límites a la apertura democrática. Esto iba a ser la Transición y la línea roja que no se podía traspasar tenía que quedar muy clara.

Este libro nos sirve para comprobar como las instituciones democráticas, en cuanto han tenido la mínima ocasión, han intentado echar en el olvido los sucesos de los Sanfermines de 1978 hasta el extremo de intentar boicotear cualquier expresión de recuerdo y solidaridad hacia German Rodríguez y su familia.

Para entender lo que fue la mal llamada Transición es fundamental conocer con profundidad algunos de los hechos más sangrientos que se vivieron durante esos años. Los asesinatos de 5 trabajadores el 3 de marzo de Vitoria-Gasteiz, los sucesos de Montejurra en el mismo año, el mes de enero de 1977 con los asesinatos de los abogados laboralistas de Atocha y dos manifestantes en la calles de Madrid, las semanas proamnistía vividas en Euskadi, con varios manifestantes muertos por disparos de la Policía y Guardia Civil y los sucesos acaecidos en los Sanfermines de 1978.

Por lo que respecta al título del libro, puede que a las personas que no tengan un conocimiento sobre estos hechos les parezca algo llamativo, por no decir provocador. Por el contrario, la realidad es otra y mucho más entendible. La frase ¡No os importe matar! Está recogida de una grabación que se realizó a la emisora de la Policía Armada durante los incidentes ocurrido el día 8 de julio en la capital navarra.

Para finalizar, leer el prólogo que escribe Joseba Asiron es de las cosas que merecen la pena y que a uno le reconfortan.

Una nueva partitura para una orquesta inédita

Ya tenemos partitura y sólo hace falta que la nueva orquesta la sepa interpretar bien. Cuando uno se pone a leer el pentagrama le suena algo la melodía. Ni mucho menos es la Quinta sinfonía de Beethoven, pero la aritmética parlamentaria da para lo que da. El miedo, que a más de uno le puede rondar en la cabeza, es que después de haber creado esta obra musical, llegue el futuro gobierno y se ponga a interpretar Paquito Chocolatero y entonces se acabó la esperanza de la izquierda española para las próximas dos décadas.

El documento que han acordado el PSOE y Unidas Podemos para formar un gobierno durante esta legislatura no es un asalto a los cielos. Es producto de unos resultados surgidos de unas elecciones en las que los partidos que apuestan por romper amarras con el Régimen del 78 han obtenido unos resultados modestos y no aceptar esa realidad es querer vivir en otra dimensión.

El acuerdo tiene luces y sombras y su interpretación va en función de cada persona. Habrá quienes quieran ver que la botella está medio llena y quienes, por el contrario, la vean medio vacía.

Aún siendo una obviedad, es obligado decir que este acuerdo llega tarde, quizás muy tarde, porque con unos números muy similares se podía haber dado con anterioridad. No me estoy refiriendo a los resultados de abril de 2019 sino a las elecciones del 20 de diciembre de 2015. Los actores hubieran sido los mismos, pero con un desgaste mucho menor, la ciudadanía se hubiera ahorrado el suplicio de las elecciones de junio de 2016, pero, sobre todo, nos hubiéramos evitado la tortura de la última etapa del Gobierno del PP y el espectáculo bochornoso que dio el gobierno del PP en Cataluña el 1 de octubre de 2017 y la judicialización de un conflicto de naturaleza política, porque quiero pensar que con Podemos en el Gobierno no se hubieran dado ninguna de las situaciones que se vivieron en esos meses en Cataluña. La frustración de no haberse logrado un Gobierno producto de las elecciones de 2015 hay que endosárselo al PSOE. Un partido que estaba en horas muy bajas y fracturado.

Hay que tener presente que va a ser el primer gobierno de coalición desde las primeras elecciones de junio de 1977 y eso es un dato positivo porque significa que se va a gobernar desde la pluralidad y la diversidad y con un añadido fundamental, va a recibir el apoyo de otras fuerzas políticas, que van a estar vigilantes, van a ser necesarias y, si se me permite, imprescindibles a lo largo de toda la legislatura, lo que le va a obligar a ser más trasversal. A este Gobierno de coalición, le guste o no, va a tener que negociar día si día también con ERC y con EH Bildu, porque son las únicas opciones cercanas que tiene para sacar muchas de las medidas que han acordado, cómo por ejemplo todas las relativas a las políticas socioeconómicas.

El acuerdo es ambicioso. No es que las medidas que han acordado sean la quintaesencia en el ámbito de la izquierda, pero es que son medidas imprescindibles para acercar a este país al espacio de la Europa social, pues hasta la fecha nos habíamos ido alejando.

El documento firmado por el PSOE y Unidas Podemos tiene un poco de todo. Desde medidas muy concretas en las que se explica de forma muy nítida la actuación del futuro gobierno  hasta otras, que no pasan de ser meras declaraciones intenciones.  

En las políticas sociolaborales y fiscales hay medidas para acabar con la deriva liberal del PP aunque sean insuficientes y es positivo que hayan dedicado un capítulo a revertir la despoblación aunque no hayan pasado de enumerar las metas que se han puesto. Ni que decir tiene que en materia de igual a este acuerdo era lo mínimo que se le podía exigir.

La cuestión territorial la han querido abordar desde un punto de vista competencial y administrativo. Han omitido el debate de la plurinacionalidad del Estado, porque esta cuestión no se menciona por ninguna parte y la situación de Cataluña se la quitan de en medio con la frase “Abordaremos el conflicto político catalán, impulsando la vía política a través del diálogo, la negociación y el acuerdo entre las partes que permita superar la situación actual” y con la decisión de traspasar a la Generalitat las competencias recogidas en el Estatut. Es decir, cumplir la ley. Por el contrario, han preferido que otras cuestiones se recojan en los documentos que el PSOE ha firmado con el PNV y con ERC. Lo lógico hubiera sido que ambos documentos hubieran tenido el visto bueno de los dos partidos que van a gobernar porque en un tema tan importante como éste entiendo que debía haber participado Unidas Podemos, que para eso va a ser corresponsable de todas las decisiones que se tomen en el Consejo de Ministros, pero esta forma de actuar quizás tenga una explicación que a mí se me escapa.

No cabe duda que negociar el tema territorial ha debido ser lo que más le ha quitado el sueño al PSOE. Pedro Sánchez, con sus declaraciones sobre Cataluña, puso el listón muy alto durante los meses previos a las elecciones. Actuaciones como el montaje policial contra los CDR que se está diluyendo como un azucarillo en un vaso de agua, la aprobación del decreto-ley conocido como el 155 digital, la amenaza con volver a aplicar el artículo 155, etc… terminaron de ser la guinda a su deriva. Por el contrario, el hecho que figure en el documento de acuerdo de gobierno la frase “Abordaremos el conflicto político catalán, impulsando la vía política a través del diálogo, la negociación y el acuerdo entre las partes que permita superar la situación actual”, es una vuelta a la cordura. Al PSOE no le ha quedado más remedio que reconocer la existencia de un “conflicto político” porque Sánchez y su entorno no se cansaron de repetir durante la campaña que no existía un conflicto político y que lo único que había era un conflicto de convivencia. La tozudez en política acaba pasando factura.

En los otros dos documentos que ha firmado el PSOE, uno con el PNV y otro con ERC, es donde acuerdan los pasos a dar para intentar desatascar la situación de Euskal Herria y Cataluña, pero sobre todo, para que sea en el ámbito político donde se resuelvan este tipo de conflictos. En el texto firmado con el PNV es donde se llega a hablar de una forma un tanto difusa de plurinacionalidad cuando se recogen expresiones como “reconocimiento de las identidades territoriales” o “atendiendo a los sentimientos nacionales de pertenencia”.

Este acuerdo no le gustará a mucha gente de la izquierda. Lo criticarán porque verán en Podemos una renuncia a una serie de reivindicaciones. Algunos dirán que este pacto apuntala el Régimen del 78. No cabe duda que eso es cierto. Para muchos este acuerdo es una renuncia a asaltar los Cielos. Pero al principio he dicho que la aritmética parlamentaria da para lo que da y es que a los escépticos habría que preguntarles si con la representación que tiene Unidas Podemos y con el apoyo de otras organizaciones de izquierdas se podía haber logrado un acuerdo mucho más de izquierdas. El no firmar ese acuerdo podría suponer el suicidio político de Podemos y poner en bandeja la llegada de la ultraderecha al poder y eso lo han entendido perfectamente el independentismo de izquierdas (excepto la CUP), al facilitar con su abstención la investidura de Sánchez.

Si la investidura no hubiera salido adelante estaríamos en la antesala de una repetición electoral y se le hubiera puesto una alfombra roja al golpismo del siglo XXI para que llegase al poder. Algunos sectores de la izquierda tienen la costumbre de caer en un izquierdismo infantil, que en muchos casos lo que realmente les ocurres es que tienen un auténtico terror a ser opción de gobierno. Se sienten más a gusto desde las trincheras de la calle, pero sin asumir riesgos en tareas de gobierno.

Si se analiza lo que ha ocurrido en los últimos meses desde una óptica menos convencional, la irresponsabilidad de Sánchez de empeñarse en que no hubiera un gobierno de coalición después de los resultados de abril de 2019 quizás haya sido lo mejor que le ha podido pasar a la izquierda por dos motivos.

El primero es el hundimiento de Ciudadanos (Cs). Los datos de las elecciones de abril eran unos resultados trampa para la izquierda. Es verdad que los números eran algo mejor que los de noviembre, pero también es cierto que el PSOE podía obtener la mayoría absoluta con Cs y el sólo hecho que existiera esa posibilidad podía dinamitar cualquier acuerdo de izquierdas. Lo mejor que le ha podido pasar a la izquierda real y a las formaciones del cambio es que Cs abandonara su pose moderada y sacara su verdadera cara, la de un partido que puede disputar el espacio político de la extrema derecha al PP y a VOX, porque eso ha sido su perdición. Los nuevos resultados lo han dejado en la marginalidad política. Por tanto, el PSOE deja de tener ese comodín de poder recurrir a Cs.

El segundo factor que ha sido positivo es que con los resultados del 10 de noviembre el PSOE ha tomado conciencia del peligro que presenta el ascenso de la extrema derecha. No es que la extrema derecha haya aparecido como arte de magia. Hasta ahora había votado al PP y a Cs, pero ahora han salido todos del armario. Tengo el convencimiento que este hecho le asustó al PSOE y en menos de 24 decidió no seguir con su estrategia suicida y por eso llegó a un acuerdo urgente con Unidas Podemos.

Para finalizar, este acuerdo de Gobierno tiene dos tipos de enemigos. La derecha carpetovetónica, de la mano de la Brunete mediática. La sesión de investidura y lo que están publicando en estos días no es más que un aperitivo de lo que nos espera. El lenguaje será pre golpista e intentarán utilizar la calle para meter presión. El nuevo Gobierno tendrá que saber contrarrestarlo, porque ganar la batalla mediática es fundamental y no debería de dejar la calle en manos de la ultraderecha. Los otros enemigos proceden del mismo PSOE y la única fórmula que tiene Pedro Sánchez para que no se le vaya el partido de las manos es que el nuevo Gobierno tome decisiones sin complejos y en eso no sería malo que se fije en cómo actúa la derecha porque lo hace de cine.