Nativa o extranjera, la misma clase obrera

Es necesario denunciar la hipocresía del capitalismo y de su muleta, la ultraderecha y el fascismo, pues, por un lado, criminalizan a los inmigrantes, y por otro lado los utilizan para realizar trabajos en régimen de semi esclavitud. Esto se está viviendo en muchos sectores, pero, probablemente, en las labores del campo, sencillamente es escandaloso, y lo que está claro que el inmigrante es víctima y no responsable. En la actualidad, los inmigrantes se han convertido en los esclavos del siglo XXI, por eso no podemos cargar sobre ellos la culpa de todo este problema. Parece que no se quiere ver que son las víctimas.

Todavía no son las siete de la mañana de un día cualquiera del mes de julio, el nuevo día saluda con los primeros rayos de sol, y presagia que va a ser otro día de calor insoportable. Me dirijo con paso rápido hacia la parada del autobús que me llevará a mi trabajo. Mientras espero la llegada del colectivo, observo la construcción de un bloque de viviendas que hay frente a donde me encuentro situado. Se observa movimiento en la obra, muchos trabajadores están en plena faena, otros se empiezan a incorporar a sus puestos de trabajo. No me cabe duda, hoy van a pasar una jornada laboral extremadamente dura, el calor va a hacer estragos, pero lo que aún es peor, la previsión no es nada halagüeña, y se espera que esta situación se va a prolongar más de lo previsto.

Nativa o extranjera, la misma clase obrera
Trabajadores inmigrantes de la construcción

No es la primera vez que, haciendo tiempo en la parada del autobús, suelo contemplar la construcción de esa torre de viviendas. En ese transcurrir de los días, observo los diferentes oficios que se hayan presentes en ella; la inmensa mayoría de los trabajadores son inmigrantes de diferentes continentes, donde abundan trabajadores africanos y latinoamericanos. Allí se les ve, cada uno desempeñando su labor en el tajo. Recuerdo los meses de invierno, cuando a esa hora era de noche, y llegaban todos abrigados hasta las orejas; seguro que en sus lugares de origen nunca habían soportado temperaturas tan bajas.

Al poco tiempo de haber llegado a la parada, como todas las mañanas, se aproxima una señora, y educadamente nos saludamos, dándonos los buenos días; nos conocemos de realizar el mismo trayecto; viene ataviada con su pañuelo en la cabeza, por lo que supongo que procede de algún lugar donde la utilización de esa prenda tiene un componente cultural y/o religioso. Se dirige a su trabajo, con su habitual puntualidad.

Entro en el autobús y en la siguiente parada se sube una madre con un par de niños pequeños. Se le ve que va algo apurada. Su acento cuando habla a sus críos no me deja atisbo de duda, y me hace pensar que viene de alguna isla del Caribe. Pasadas unas paradas, se bajan como una exhalación frente a un campamento urbano para niños. No me cabe la menor duda, que esa ha sido una escala técnica en el camino hacía su trabajo.

Nativa o extranjera, la misma clase obrera
Plaza de Tirso de Molina un domingo por la mañana (Wikimedia Commons)

Termino mi jornada laboral y me dirijo a lo más céntrico y castizo de Madrid. Me estoy refiriendo a la zona de Tirso de Molina, El Rastro y Lavapiés. Cuando salgo del metro me encuentro ese ir y venir de personas en uno de los barrios donde la diversidad multicultural es su seña de identidad. Personas que en su inmensa mayoría son la flor y nata de la juventud de sus países de origen, y que han recorrido miles de kilómetros en busca de una vida mejor; estos no han venido en busca de una paguita ni de una ayuda. Muchos de ellos son manteros, ¡qué nombre más despectivo! para referirnos a personas que venden todo tipo de cosas, que no me cabe la menor duda que todas aquellas en las que figure alguna marca, serán falsas, pero ¿vamos a calificar eso de delito cuando hay empresas que defraudan cientos de millones de euros a las arcas públicas? ¿dónde está nuestra vara de medir los tipos y grados de delincuencia? ¿es delito querer ganarse unos euros vendiendo un producto que el comprador sabe de antemano que no es original? No están engañando a nadie, lo único que quieren es ganarse la vida, sin más.

Observo en este barrio una anciana que va muy despacio por la calle con la ayuda de una persona que hace de cuidadora. Con toda la paciencia del mundo le va ayudando en los pasitos cortos que va dando. Es una persona que ha venido de lejanas tierras, y que su forma de ganarse la vida es cuidando de nuestros mayores. Probablemente no tenga papeles, esté cobrando en negro, el salario que reciba no llegue al mínimo y salga con miedo a la calle por si le piden los papeles, porque en la zona otra cosa no habrá, pero policía para exportar, son un elemento más del paisaje urbano, que parece que su única misión es pedir documentación a cualquier persona que les pueda parecer extranjera; es una rutina que se repite día tras día.

Nativa o extranjera, la misma clase obrera
Policía en la plaza de Lavapiés (Wikimedia Commons)

El día va llegando a su fin, y me pongo a ver las noticias por la televisión. El calor y los incendios acaparan la mayor parte de la duración del informativo, y en ese contexto de calor e incendios, dan cuenta de dos informaciones: la primera es que un hombre rumano muere como consecuencia de un golpe de calor trabajando en el campo. No había interrumpido su tarea porque el patrón le amenazó con la pérdida de su puesto de trabajo. La segunda noticia es que acababa de fallecer otra persona a consecuencia de las quemaduras sufridas unos días atrás en un incendio mientras trabajaba. El trágico suceso ocurrió en una explotación ganadera; también era de nacionalidad rumana. No puedo evitar pensar que las desgracias de todo tipo recaen sobre las personas menos favorecidas, y los inmigrantes son uno de esos colectivos que se llevan la plama.

Todo esto no es un relato producto de mi imaginación, ni es algo ficticio, sencillamente ha sido fruto de lo sucedido a mi alrededor en un día cualquiera, similar al de infinidad de personas que, como yo, pisan la calle; otra cosa es que uno no quiera ver lo que pasa en su entorno. Y a partir de ahí, lo que me viene a mi mente son algunas reflexiones sencillas, de andar por casa, en la que uno no necesita realizar análisis profundos.

Lo primero que me pregunto es hacia donde vamos como sociedad, con ese martilleo de discursos xenófobos, que se van extendiendo como una mancha de aceite. Y lo que me viene a la cabeza es de Perogrullo: nadie hace un viaje de miles de kilómetros, poniendo en riesgo su vida para ir a otro país a delinquir, vivir de las ayudas o para que se cumpla la teoría peregrina del gran reemplazo. Si, esa tesis auspiciada por la ultraderecha americana y europea, según la cual, hay un plan oculto cuya finalidad es reemplazar a la población blanca y cristiana de Europa y EEUU por personas africanas, árabes y de otras latitudes.

Al hilo de esas teorías conspirativas, donde hacen un coctel, mezclando diferentes cuestiones como la cultura, religión; lo que está detrás de todo esto no es más que un supremacismo racista. Nos están vendiendo que todos estos flujos migratorios atentan contra la civilización cristiana, que lleva asentada en Europa más de 2000 años; un discurso carente de rigor, pues obvian todas las civilizaciones que a lo largo de la historia han pasado por Europa. Lo primero que es muy discutible es si el reloj de la historia hay que ponerlo en marcha con el nacimiento de Jesús, y, por tanto, cuando surge la religión cristiana, pues el hombre llevaba existiendo miles de años antes, y había otras muchas civilizaciones que pasaron con anterioridad por Europa, y por la Península Ibérica en particular; se obvia el paso de griegos, cartagineses, romanos, civilizaciones anteriores al surgimiento del cristianismo. La amnesia selectiva que existe nos hace olvidar que una civilización, la árabe, estuvo ocho siglos en la Península Ibérica, dejando a su paso una cultura y aportando grandes inventos e innovaciones. Desde algo tan sencillo como los números que hoy en día utilizamos, pues hasta la fecha se utilizaban los números romanos ¿alguien se imagina resolver una ecuación o una integral con números romanos?, hasta algo tan simple como la higiene personal, porque los cristianos de la época eran bastante guarretes y estaban reñidos con el agua.

Desde un punto de vista económico, y hasta se podría calificar de egoísta, la conclusión que llega cualquiera que tenga algo se sentido común, no es otra que hay que ser muy necio para negar que en la actualidad la inmigración es uno de los motores de la economía de los estados desarrollados, y el Estado español no es ninguna excepción. Los inmigrantes son tan necesarios como el agua para las plantas. Por eso, esos discursos xenófobos, en los que hablan de echar del Estado español a ocho millones de inmigrantes no dejan de ser demagogia barata, con la única finalidad de captar el voto de un segmento de la población a la que le han vendido que el inmigrante es el culpable de todos sus males, responsable de la precariedad laboral, de que los salarios sean bajos, de la situación de la vivienda y el incremento de los alquileres. Sin embargo, la realidad es bien distinta, pues la situación de precariedad laboral y los bajos salarios son producto de un mercado laboral en el que la patronal campa a sus anchas, independientemente que los trabajadores sean nativos o extranjeros, y si hay que poner el foco en algún sitio, quizá habría que ponerlo en la incapacidad de la clase trabajadora y sus representantes, que parece que no han aprendido las lecciones que nos da la historia, para tener claro que las conquistas laborales y sociales no caen del cielo como regalo divino. Y en vez de pensar que nativos y extranjeros forman parte de esa misma clase obrera, y que comparten problemas, necesidades e ilusiones, algunos deciden enredarse y caer en esa caza de brujas contra lo más vulnerable de la sociedad, que en este caso viene a ser el emigrante. Pero el discurso xenófobo de la ultraderecha cala porque lo fácil es aceptar ese análisis carente de todo rigor, pero en el que ya han encontrado un culpable que no tiene herramientas para defenderse y que se convierte en la diana donde lanzar todos los dardos, en vez de poner la mirada en el epicentro de los problemas que aquejan a la clase trabajadora.

Nativa o extranjera, la misma clase obrera
Protesta antiracista

Es importante no olvidar que los que realizan este tipo de discursos xenófobos en contra de la inmigración, en ningún momento están poniendo su mirada en todos esos inmigrantes de un altísimo poder adquisitivo, esos que llegan y adquieren una vivienda en esos barrios donde viven las grandes fortunas. Esto debería hacer pensar a todas esas personas trabajadoras que equivocan el lugar donde dirigir su ira por los problemas que les acechan, pues realmente el discurso antiinmigrante por parte de la ultraderecha no va dirigido tanto contra el origen de esas personas, sino contra la clase a la que pertenecen.

Nativa o extranjera, la misma clase obrera
Trabajadores inmigrantes trabajando en el campo

Es necesario denunciar la hipocresía del capitalismo y de su muleta, la ultraderecha y el fascismo, pues, por un lado, criminalizan a los inmigrantes, y por otro lado los utilizan para realizar trabajos en régimen de semi esclavitud. Esto se está viviendo en muchos sectores, pero, probablemente, en las labores del campo, sencillamente es escandaloso, y lo que está claro que el inmigrante es víctima y no responsable. En la actualidad, los inmigrantes se han convertido en los esclavos del siglo XXI, por eso no podemos cargar sobre ellos la culpa de todo este problema. Parece que no se quiere ver que son las víctimas.

No podemos olvidar las políticas que las potencias occidentales mantienen con los países pobres, que durante siglos han sido dominados y esquilmadas sus riquezas. Estados, que si bien,  a lo largo del siglo XX lograron su independencia, dejando de ser colonias de los países europeos, la realidad es que las antiguas metrópolis continúan teniendo un papel intervencionista, que se ha traducido, simple y llanamente, en continuar con el  espolio económico de sus riquezas naturales, derribando regímenes y poniendo a gobiernos de su cuerda, sin importarles que en su mayoría sean corruptos, llegando la injerencia hasta el extremo de ser los responsables de los conflictos y guerras que se viven en esos países. Y la pregunta es sencilla ¿qué fuerza moral podemos tener para prohibir que vengan personas que huyen de esos conflictos bélicos cuyo responsables son los países desarrollados? Esa es la hipocresía y la ley del embudo del capitalismo y de los estados ricos.

La desmemoria o amnesia colectiva es preocupante, quizá sea ese el factor más importante por el que la xenofobia, una de las banderas que enarbolan las ideologías ultras y fascistas estén creciendo de forma exponencial. Se está olvidando que durante muchos siglos la inmigración que ha habido desde Europa a diferentes lugares del planeta (América, Asia, África) se debía a cuestiones puramente económicas: la pobreza, el hambre y las guerras que recorrían Europa. Entonces no había este debate, porque Europa tenía el derecho a poder enviar inmigración a esos países, venía a ser una segunda colonización.

Dicho todo esto, lo lamentable es que en pleno siglo XXI nos encontramos con una sociedad que ha hecho suyo este discurso, y cuando hablo de sociedad, estoy poniendo la mirada en ese sector de la ciudadanía que, aunque renieguen, no dejan de ser clase trabajadora. Olvidan algo fundamental: confunden quién es su enemigo. Creen que el inmigrante viene a competir contra el nativo, sin querer ver que el enemigo de ambos no es otro que este capitalismo depravado que lo único que hace es explotar a los nativos y extranjeros, porque no nos engañemos, para el capitalismo, lo único importante es su cuenta de resultados.

Los soldados que volverán. Desafíos de posguerra

Todas las guerras tienen algunos denominadores comunes, pero sin duda, uno de ellos y, probablemente, el más importante, es la barbarie, acompañada de su sombra inseparable: el sufrimiento de la población civil. Esto no ha variado a lo largo de la historia, suele ser la primera víctima, y el dolor que conlleva cualquier conflicto bélico se refleja en las gentes que sufren la violencia protagonizada por los responsables, que no suelen ser otros que los gobiernos que están al servicio de las élites políticas y económicas de sus respectivos estados. La muerte y la destrucción sirven para machacar a la población y que el miedo se adueñe de ella, pero quienes lo sufren con mayor crudeza suelen ser las clases más desprotegidas y vulnerables, pues en las guerras también afloran las diferencias de clases.

Si la guerra suele ser una tragedia, el escenario posterior, la posguerra, supone un periodo en el que la gestión de todo lo acontecido va poniendo las bases de lo que va a ser el futuro de esa sociedad traumatizada por el horror de la guerra. El camino que tomen las sociedades después de un conflicto armado es fundamental para poder superar los traumas que ha dejado una guerra, o para caer en un pozo del que se me antoja que luego es casi imposible salir.

Los soldados que volverán. Desafíos de posguerra
Borja D. Kiza

Para hablar de todas estas cosas y algunas más relacionadas con este tema, el periodista Borja D. Kiza ha publicado recientemente un ensayo en el que expone un abanico de cuestiones relacionadas con la guerra y los posos que esta deja a lo largo del tiempo en las sociedades que la han padecido. Con el título “Los soldados que volverán. Desafíos de posguerra” (Editorial Txalaparta), el autor, a la hora de tratar este tema, ha realizado un libro de entrevistas a personas que viven en lugares donde hay o ha habido una guerra y/o que pueden aportar algo sobre esta cuestión.

A lo largo de este ensayo el autor nos ofrece una visión muy amplia, para ello el abanico de personas a las que ha recurrido va desde quienes, de una u otra forma, han sufrido, directamente o en su entorno, las consecuencias de la guerra, pasando por periodistas, activistas que han tenido una experiencia directa en esos lugares, así como diferentes pensadores y analistas que han profundizado en el estudio de conflictos armados, etc. Un elenco de personas que aportan al lector un escenario visto desde diferentes perspectivas de lo que se ha vivido en estos lugares. Y en todo momento, Borja D. Kiza mantiene una cierta distancia para no tomar partido, centrando su labor en transmitir los testimonios y reflexiones de las personas que entrevista a lo largo de este trabajo.

Este ensayo, utilizando como punto de partida la guerra de la antigua Yugoslavia, va adentrándose en ella y en sus consecuencias, pero de forma paralela le va acompañando el actual conflicto que se está viviendo en Ucrania, pues el autor nos irá mostrando las similitudes existentes entre ambas guerras, y qué escenarios se pueden dar en el actual conflicto ucraniano, pero, al hablar de su libro, no duda en decir que “no es una historia de los Balcanes, ni tampoco de Ucrania o Rusia. Esta es la historia universal y atemporal de unos (en su mayoría) hombres que van a la guerra y que un día vuelven o volverán convertidos en otra cosa”.

Mientras los entrevistados en Croacia, Bosnia o Serbia van exponiendo sus experiencias, sus puntos de vista, Borja D. Kiza, aprovecha esos testimonios y reflexiones para preguntarse “¿cómo se gestionarán las sociedades rusa y ucraniana una vez que el conflicto abandone su faceta armada?”, porque “las posguerras duran más que los periodos de guerra que es en ellas donde se establecen las nuevas bases sociales y políticas, que de alguna manera, afectan más profundamente y a largo plazo a las sociedades que han atravesado el conflicto”. Y sobre estas consideraciones irá hilando este ensayo, un documento útil para ir más allá de la información que nos llega a través de los canales convencionales.

La guerra es definida como “ese sitio y ese momento en el que todo plan fracasa”, pero ese fracaso se perpetúa en el tiempo al observar cómo se ha gestionado la posguerra en algunos conflictos, y en el caso de la antigua Yugoslavia es un claro ejemplo de ello, porque a día de hoy los rencores existentes siguen vivos como si la guerra hubiera finalizado hace cinco años, y no olvidemos que el conflicto en Croacia y Bosnia finalizó en 1995. Los testimonios de las personas que nacieron durante o con posterioridad a la guerra lo atestiguan; todo ello alentado en una sociedad en la que perdura los mismos clichés.

Este ensayo nos acerca a lo que es la actual sociedad croata, su forma de pensar, en qué parámetros ideológicos se mueve, donde nacionalismo y religión son el cóctel perfecto para haberse convertido en un país en el que “la gente no protesta contra las injusticias creadas por el Gobierno. La mayoría es de derechas y patriarcal”, “la sociedad es acrítica y apolítica y que la identidad nacional de la posguerra es anticomunista y católica. Si no entras en ese marco eres un mal croata”, donde “los jóvenes son más conservadores en cuanto a la religión que sus padres”. Un país donde “la mayoría de los veteranos de guerra son de derechas”, siendo muy tenidos en cuenta por la clase política, porque son un suculento caladero de votos; un país donde “el problema es la falta de consolidación democrática tras la guerra, lo que le llevó a la creación de un espacio político basado en el clientelismo y en la corrupción y un espacio económico similar”.

El odio existente hacia los serbios lo han interiorizado de tal forma que este ensayo aporta algunos testimonios en los que afloran las contradicciones existentes en la sociedad croata a la hora de construir un país. Si por un lado una joven croata manifiesta que “todo el mundo perdió algo en la guerra y todos los mayores dicen que antes era mejor, que había trabajos bien pagados, comida, y que la gente vivía feliz junta” (se refiere a la época en la que existía la antigua Yugoslavia), otra manifiesta que “el sistema social de Yugoslavia estaba bien, pero yo no quiero estar con los serbios” y otro joven define de forma muy gráfica en lo que se ha convertido Croacia al comentar “que cuando hablas de derechos de los trabajadores, del estado social, de bienes públicos…, eres automáticamente considerado comunista, los que significa que eres anticroata y, en consecuencia, serbio”.

Este trabajo recoge algunos testimonios de lo que ha sido la experiencia posbélica en Bosnia y la situación socioeconómica en la que están inmersos; donde se observa la hipocresía de las élites políticas de las tres minorías que forman el actual Estado bosnio (bosnios, croatas y serbios), con discursos beligerantes entre las diferentes etnias, dando la sensación que “va a volver a estallar la guerra”, pero yendo de la mano a la hora de privatizar los recursos económicos del país, en beneficio de ellas, lo que le ha abocado a convertirse en un exportador de mano de obra a Alemania. Un denominador común en este tipo de conflictos.

No está de más recordar el papel jugado por la OTAN y la Unión Europea en el conflicto de los Balcanes durante la guerra, cuestión que este ensayo no pasa por alto. Una responsabilidad que en todo momento ha pasado por mirar hacia otro lado ante la fascistización, como en el caso de Croacia, porque en algunos casos le son de utilidad.

Salvando las características propias de cada conflicto, da la sensación que lo que se está viviendo actualmente en Ucrania tiene ciertas similitudes con lo sucedido hace 35 años en los Balcanes: La deriva hacia economías neoliberales, las privatizaciones de todo el sector público para caer en manos de unos pocos, el nacimiento de una élite política que fundamenta su discurso en el odio étnico, donde la corrupción es algo generalizado, dándose un auge de grupos fascistas que van haciéndose fuerte en las instituciones políticas, donde nacionalismo y religión van de la mano, y Occidente vuelve a repetir su papel, en un principio intentando guardar las formas, para acabar interviniendo en la guerra en favor de uno de los contendientes en vez de buscar una solución entre las partes. Parece que la historia se vuelve a repetir en Ucrania.

Cuando este ensayo se adentra en el conflicto que se vive entre Rusia y Ucrania, encontramos que entre ambos países hay nexos de unión, fueron repúblicas que formaron parte de la antigua URSS, comparten cosas tan importantes como la lengua, pues el ruso es muy hablado en gran parte de Ucrania y entre ambas poblaciones hasta ahora han existido una relación o conexión muy importante. Algo similar sucedía en la antigua Yugoslavia analizando la conexión entre los habitantes de las diferentes repúblicas.

La geopolítica ha jugado un papel importante en este conflicto y el autor lo ha tenido presente en algunas de las entrevistas en las que se recogen diversas reflexiones acerca de la postura que han adoptado en diferentes continentes. En un mundo en el que Europa ha perdido el protagonismo que tenía en el siglo XX, este ensayo nos ofrece otras visiones que nos sirven para poder entender los intereses y prioridades existentes en otras regiones y la visión crítica hacia Occidente ante este conflicto. Las políticas neocolonialistas que algunos países occidentales siguen manteniendo son tenidas en cuenta en otros continentes.

Dejo para el final lo que suele ir al principio de un libro: el prólogo. Escrito por alguien que conoce bien lo que son las guerras y sus consecuencias devastadoras: Paula Farias. De su aportación al libro resaltaría cuando dice “hablar de la guerra como abstracción, sobre sus claves y sus porqués, requiere indefectiblemente una distancia con la trinchera, pues solo lejos del batir de sables se puede analizar. Cuando la lucha es a tu alrededor, el análisis desaparece y solo queda el silencio”.

Ese silencio que no es tenido en cuenta por quienes no dudan un momento a la hora de provocar guerras, es el que no podemos olvidar para luchar de forma activa para poder evitarlas.

Los soldados que volverán. Desafíos de posguerra
Los soldados que volverán. Desafíos de posguerra. Editorial Txalaparta

La teoría del Estado en el pensamiento de Lenin

Introducción

Este año se ha cumplido el centenario del fallecimiento de Vladimir Ilich Ulianov, Lenin. Entorno a este pensador, filósofo y político voy a adentrarme en una de las cuestiones que mayores debates y discusiones han surgido entre los pensadores marxistas. Me refiero a la teoría del  Estado. A lo largo de la historia en el ámbito ideológico del marxismo se ha dado un debate, no exento de confrontación, a la hora de qué hacer con el Estado y lo que éste representa.

Su estudio ha concitado controversias a la hora de interpretar el pensamiento de Marx y Engels, lo que lleva a diferentes interpretaciones que realizan algunos de los pensadores de la órbita del socialismo.

La teoría del Estado en el pensamiento de Lenin
Karl Marx (1818-1883) (Wikimedia Commons)

Marx y Engels tratan la cuestión del Estado en varias de sus obras: Crítica a la filosofía del Estado de Hegel (K. Marx), El Manifiesto Comunista (K. Marx), El 18 Brumario de Luis Bonaparte (K. Marx), La Guerra Civil en Francia (K. Marx), Crítica al Programa de Gotha (K. Marx), El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (F. Engels) y Anti-Düing (F. Engels), son algunas de ellas.

Sobre los presupuestos ideológicos de estos dos pensadores, es Lenin el que realiza un estudio más profundo en un momento histórico único, como fue el período vivido en Rusia con la caída del Régimen Zarista, la Revolución democrático-burguesa de febrero y la posterior Revolución Socialista de octubre de 1917.

Para estudiar el pensamiento de Lenin sobre la Teoría del Estado hay que profundizar en dos obras que fueron escritas a lo largo de 1917. La primera de ellas, y la más importante, es “El Estado y la Revolución”. Consta de varios ensayos que Lenin escribió a lo largo de 1917. La primera edición se publicó en el mes de agosto, bajo el Gobierno Provisional, en plena fase de la revolución democrática-burguesa. La segunda edición fue publicada en diciembre de 1918, es decir, un año después de que en octubre de 1917 triunfara la Revolución bolchevique. Es una obra fundamental en el pensamiento de Lenin, de las que más polémica ha generado en el ámbito del marxismo y me atrevería a decir que es una de las más olvidadas.

La teoría del Estado en el pensamiento de Lenin
Vladimir Ilich Lenin 1918 (Wikimedia Commons)

La segunda obra es “Las tesis de abril”. Fue escrita a su vuelta del exilio, una vez que había triunfado la revolución de democrático-burguesa de febrero de 1917, y en ella realiza un ataque a las posturas reformistas que en esos momentos estaban llevando lo socialistas-revolucionarios y los mencheviques, así como la posición dubitativa del partido bolchevique.

Contexto histórico

La Gran Guerra estaba acelerando la descomposición del régimen zarista y la mayor parte de la burguesía era consciente del peligro que corría este. Es por ello que la única opción que barajaba la burguesía para acabar con el régimen autárquico, burócrata que se sostenía gracias al Estado policiaco en el que se había convertido, era la sustitución del zar y la utilización de instrumentos demócrata-parlamentarios. Sin embargo, esta operación no prosperó.

En enero de 1917 la situación del régimen zarista era insostenible. En febrero la huelga de Petrogrado se acabará convirtiendo en huelga general política, dando el salto a una huelga revolucionaria. El surgimiento de dos poderes: El Gobierno Provisional, producto de un acuerdo entre los liberales burgueses, los mencheviques y los socialistas-revolucionarios con el propósito de neutralizar al segundo poder que había surgido con la insurrección de febrero: los Soviets de obreros y soldados.  

Cuando Lenin llega a finales de marzo a Rusia, la consigna es clara: dar los pasos necesarios para derrocar al Gobierno Provisional. La fase democrático-burguesa no deja de ser un paso previo para lograr la revolución socialista. Los bolcheviques no debían caer en el error de que el régimen democrático-burgués se consolidara.

Este planteamiento le llevó a un enfrentamiento no sólo con los mencheviques y socialistas-revolucionarios, si no con una parte muy importante de los bolcheviques, en concreto con los dirigentes del interior, como Stalin y Kamenev.

Los hechos son de sobra conocidos: las tesis de Lenin se impusieron, y el lema de “todo el poder a Soviets” fue fundamental para que en octubre se diera el paso definitivo para la caída del Gobierno Provisional, produciéndose el triunfo de los bolcheviques y su llegada al Poder.

El Estado y la revolución

Como he manifestado anteriormente, en el ámbito de la teoría del Estado, la obra referente que escribió Lenin fue “El Estado y la Revolución”[1]. En ella realiza un estudio pormenorizado de las teorías de Marx y Engels acerca de esta cuestión. La obra está plagada de citas, algunas ciertamente extensas, con la finalidad de encuadrar su pensamiento en el marco de las teorías de los fundadores del marxismo y de reforzar su tesis como producto de la correcta interpretación del pensamiento político de Marx y Engels.

Esta obra es una enmienda a la totalidad a la doctrina nacida en el seno de la II Internacional y a los planteamientos mecanicistas que tenían algunos dirigentes bolcheviques, como Stalin. En ese contexto, Lenin realiza una crítica muy severa a algunos conocidos miembros de la II Internacional, entre los que destaca C. Kautsky, el teórico más importante de dicha organización, por entender que su praxis se salía de la doctrina marxista.

Algunos autores han definido esta obra como desviación anarquista. Otros pensadores, como Wayne Price, la han definido como “su trabajo más libertario”. Sin olvidar que Lenin realiza una lectura de lo escrito por los padres del marxismo, vamos a analizar si es realmente un texto que se pueda definir como libertario.

Lenin escribió “El Estado y la Revolución” en ese periodo de efervescencia de los Soviets, entre las revoluciones de febrero y octubre, es por ello, que dedica un espacio a analizar la experiencia de la Comunidad de París, al ser la experiencia histórica en la que por primera vez el pueblo consigue poner en marcha la “destrucción de la máquina del Estado”.

El Estado como herramienta de dominio de la sociedad

A la hora de hacer una definición del Estado, Lenin se apoya en lo teorizado por Marx y Engel. Si para Marx, el Estado es un órgano de dominación de clases, Lenin lo define como “producto y manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase”. El Estado es la herramienta de la clase económicamente dominante para la represión y explotación de la clase oprimida. Y trae a colación a Engels y su obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, cuando este manifiesta que “con la desaparición de las clases desaparecerá inevitablemente el Estado”.

Una de las conclusiones de las definiciones anteriores, es que la cuestión del Estado va íntimamente ligada a la confrontación entre clases, el antagonismo existente entre la clase dominante (burguesía) y la clase oprimida (proletariado). O dicho de otro modo, para estos pensadores, la lucha de clases tiene mucho que ver con la maquinaria que sustenta al Estado burgués.

Para Lenin el aparato del Poder Estatal es el que está por encima de la sociedad en la que se dan las contradicciones de clase, al haber sido creado por la clase dominante, para poder tener sometida a la clase oprimidas, y una de las características del aparato estatal es que para ejercer esa función de dominación se apoya en el “ejército permanente y la policía”, elementos imprescindibles para poder realizar esa acción coercitiva contra la clase oprimida.

Ante este análisis, la pregunta que Lenin se plantea es

¿Qué hacer con el Estado?

Sin duda aquí radica una de las cuestiones fundamental de su ensayo. ¿Extinguirlo, destruirlo, abolirlo? Lenin no duda en exponerlo de forma radical, al plantear la destrucción del Estado burgués, lo que denominará la maquinaría estatal burguesa, como paso para la toma del Poder por parte del proletariado mediante un proceso revolucionario. Lo que se extinguirá posteriormente es el Estado surgido de esa revolución. Para ello, una vez más recurre a los trabajos de Marx y Engels.

Lenin cita a Engels, al manifestar que el pensador alemán plantea la destrucción del Estado de la burguesía por la revolución proletaria para que posteriormente se vaya extinguiendo el “Estado o semi-Estado” proletario surgido de dicha revolución. Y para poder llevar a efecto la destrucción de todo ello, es necesario pasar por la fase de la dictadura del proletariado, o lo que en otros autores, como Rosa de Luxemburgo, denominan democracia proletaria, que no es otra cosa que la represión de la burguesía por parte del proletariado, que en el plano socioeconómico se traduciría en la “toma de posesión de los medios de producción por el Estado en toda la sociedad”. A esto, denominan la destrucción del Estado burgués, que Lenin llega a denominar “la democracia más completa”. En este momento se iniciaría el proceso para la extinción del Estado, momento en el que desaparecería la democracia proletaria, porque para el político ruso, la democracia no deja de ser un Estado.

Al tratar esta cuestión, Lenin desarrolla una batería de críticas hacia los teóricos de la II Internacional, y en concreto a la socialdemocracia alemana, representada por C. Kautsky, al recordarles que si bien es “la república democrática, como la mejor forma de Estado para el proletariado bajo el capitalismo”, no hay que olvidar que “todo Estado es una fuerza especial para la represión de la clase oprimida”, lo que lo convierte en un obstáculo para llegar al socialismo, y para lograrlo, pasa por la destrucción del Estado capitalista y la instauración de la dictadura del proletariado. En este punto, Lenin no hace más que traer a colación lo expuesto por Marx en Crítica al Programa de Gotha, donde desarrolla este tema. Y es que vuelve a traer a colación al pensador alemán cuando dice que “la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado”[2].

La teoría del Estado en el pensamiento de Lenin
Vladimir Lenin en un mitin en mayo de 1920 (Wikimedia Commons)

Hasta entonces, todas las revoluciones habían “perfeccionado la maquinaria del Estado, y lo que hace falta es romperla”[3]. Y para ello, Lenin llega a la conclusión que “el proletariado no puede derrocar a la burguesía si no empieza por conquistar el Poder político, si no logra la dominación política, si no transforma el Estado en el proletariado organizado como clase dominante. El Estado proletario empieza a extinguirse inmediatamente después de su triunfo, pues en una sociedad sin contradicciones de clase es innecesario e imposible”.

En la cuestión al método de lucha para lograr lo expuesto hasta ahora, el líder bolchevique no duda en exponer que será mediante un proceso revolucionario de carácter violento, y para ello, recoge una cita de la obra Anti-Düring de F. Engels, cuando manifiesta que “… De que la violencia desempeña en la historia otro papel (además del de agente del mal), un papel revolucionario; de que, según expresión de Marx, es la partera de toda vieja sociedad que lleva en sus entrañas otra nueva; de que la violencia es el instrumento con la cual el movimiento social se abre camino…”.[4]

En este debate acerca de qué hacer con el Estado, Lenin también realiza una crítica al anarquismo de la mano de lo escrito por Marx y Engels. A diferencia de los anarquistas que plantean la supresión del Estado “de la noche a la mañana”, el revolucionario ruso defiende la necesidad de la vigencia temporal del Estado, como “forma revolucionaria y transitoria” del estado que el proletariado necesita, etapa necesaria para utilizar los resortes del Estado contra los explotadores, para lo que es necesario el empleo sistemático de las armas. “El Estado no puede abolido antes de haber sido destruidas las relaciones sociales que lo hicieron nacer”[5].

En este contexto, la Comuna de París de 1871 viene a ser uno de los referentes que tiene presente a la hora de teorizar sobre la organización de la clase trabajadora para derrocar el Estado burgués, porque esta experiencia demostró que no bastaba con que la clase obrera se apodere de la máquina estatal, por el contrario, era necesaria su destrucción, y con ello la máquina burocrático-militar.

El proceso de extinción del Estado (el periodo de transición)

Sin duda este es el punto que más disputa dialéctica se puede encontrar, porque en él es donde el líder ruso analiza el proceso de transición del capitalismo al comunismo, que constaría de varias fases, hasta llegar a la fase superior de la sociedad comunista, momento en el que se extinguirá el Estado.

Este proceso daría inicio con la transición del capitalismo al comunismo, que se realizaría únicamente a través de la dictadura del proletariado, que se extenderá en el tiempo hasta la desaparición de las clases, momento en el que “desaparecerá el Estado y podrá hablarse de libertad”. Y para ello, recurre a Engels cuando dice “mientras el proletariado necesite todavía el Estado, no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir”[6]. El Estado desaparecerá cuando no hayan desaparecido los capitalistas y no haya clases. Es a lo que Lenin llama libertad.

Todo ello es un proceso gradual en el que Estado reprimirá a la minoría de explotadores, hasta llegar a la primera fase de la sociedad comunista: una fase intermedia que desembocará en la fase superior de la sociedad comunista, momento en el que se extinguiría el Estado.

Si bien Lenin afirma que el Estado iniciará su proceso de disolución de forma inmediata, en ningún momento pone plazos a ese proceso, manifestando en algunos pasajes de su obra el desconocimiento ante la velocidad de ese proceso y “subrayando el carácter prolongado de este proceso”. Ello lleva a plantear que al no llegar a concretar la duración de ese proceso, hace pensar que todo dependería de la evolución del periodo de transición y de las posteriores fases de la instauración de la comunista. Teniendo presente lo expuesto, cabe poner en duda que en este trabajo haya una cierta tendencia libertaria y mucho menos, una desviación anarquista. En esta cuestión, Humberto Da Cruz entiende que “la progresiva extinción del Estado a lo largo del período socialista” se movió en el campo de la teorización, pues no dejaba de tener un gran componente de abstracción, lo que le hizo caer en un optimismo, al exponer que desde el momento en el que se produjera la toma del poder, y la destrucción del Poder burgués, daría inmediatamente comienzo a la extinción del Estado[7].

Hay que tener en cuenta que debido al atentado que sufrió, sus facultades quedaron muy mermadas, falleciendo en 1924, por lo que desconocemos como hubiera interpretado el proceso que se vivió en los posteriores años en la URSS.

Teniendo presente lo escrito por el líder ruso, la conclusión es que a lo largo de la historia, ninguna de las experiencias socialistas ha llegado a la fase final para llevar a cabo la extinción total del Estado. Ello se puede deber a múltiples factores, y el más importante podría ser la actitud hostil de los países capitalistas a lo largo de la historia para con los países socialistas, lo que les ha llevado a fortalecer el Estado socialista. Quizá en ese contexto, se podría tener presente la teoría surgida del XXII Congreso del PCUS (1961), en el que plantean la desaparición del Estado “cuando se haya edificado la sociedad comunista y la victoria del socialismo se consolide en todo el mundo”[8].

Tampoco habría que dejar a un lado que en la praxis seguida en las diferentes experiencias en la transformación del capitalismo al socialismo, podemos observar el arrinconamiento de algunas de las ideas que Lenin planteó en 1917, entre las que se encontraba que todo el poder residiera en los Soviets, para ir siendo sustituido por el control del poder a cargo de una élite de dirigentes que dominaban tanto los aparatos del partido y del Estado, llegando identificarse el uno con el otro y alejándose de las masas obreras.


[1] Para escribir este artículo he utilizado dos ediciones del libro de Lenin El Estado y la Revolución: Editorial Miguel Castellote, 1976 y Editorial Progreso de Moscú, 1976.

[2] Recogido en una carta que Marx escribe a Weydemeyer, fechada el 5 de marzo de 1852.

[3] Cita recogida por Lenin del libro de Marx, El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.

[4] Cita de la obra de F. Engels, Anti-Dühring.

[5] Cita de Engels que Lenin recoge en El Estado y la Revolución, extraida de unos artículos que Marx y Engels escribieron para un almanaque italiano y que en 1913 fueron publicados en alemán en la revista Neue Zeit.

[6] Lenin trae una cita de Engels obtenida de una carta que envió a Bebel.

[7] Prólogo al “Estado y la Revolución” de Lenin escrito por Humberto Da Cruz, Editorial Miguel Castellote, 1976.

[8] Pablo Lucas Verdú: Curso de derecho político, volumen I, 1980, pag. 199.