A los que dieron su vida por la libertad

Mas allá de la utopía Donde nacen primaveras y agoniza la agonía Donde la esperanza espera y resistir es su emblema Más allá de la utopía hay un mundo sin fronteras a la sombra de un poema (Bernardo Fuster)

Hay hechos y fechas que el paso de los años no logrará borrar de mi mente, y sería peligroso que los borrara, porque eso querría decir que olvidaría parte de un pasado que fue crucial en aquel momento, y ya se sabe: cuando un pueblo olvida su pasado, está condenado a repetirlo. Por ello, asistí con interés a ver la película Las armas no borrarán tu sonrisa. Tenía claro que iba a volver a ver imágenes y testimonios que me iban a generar una cascada de recuerdos que me evocaría lo vivido en aquel tiempo, pero también era consciente que brotaría en mí la rabia y la impotencia que se vivió en aquellos días.

Era un gélido domingo de enero, de un invierno frio en lo climatológico, como eran aquellos inviernos, pero caliente y bien caliente en lo político y social. Yo apenas tenía doce años, pero quizá porque eran otros tiempos, porque los doce años de aquella época no eran los de hoy en día, por la excepcionalidad del momento, o porque no había que tener una gran madurez para ver lo que pasaba alrededor de uno, la cosa es que era plenamente consciente de lo que estaba sucediendo.

Aquel domingo al mediodía, en mi casa se puso el televisor para escuchar las noticias, pues eso era como una liturgia. En aquellos años la desinformación venía de la mano de la única televisión que había, con sus dos canales, es decir, la diferencia entre antes y ahora es que, en el plano televisivo, por entonces la desinformación venía por un único medio de comunicación existente y ahora uno tiene la posibilidad de elegir qué cadena quiere que le desinforme y le intoxique con el último bulo salido de las factorías de los poderes mediáticos, económicos y políticos. No hay que darle más vueltas, antes la prensa estaba controlada por el franquismo y ahora por sus herederos.

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Represión durante la Transición (lqsomos)

Pero volviendo a ese domingo de enero, cuando escuchamos que, en el transcurso de una manifestación, que ya se encargaba la prensa oficial de recalcar de forma reiterada que era ilegal, habían asesinado a un joven en la zona de la Gran Vía madrileña, en mi casa se respiró un ambiente de rabia e indignación, pero al mismo tiempo de cierta preocupación, porque llovía sobre mojado. El Poder no estaba dispuesto a ceder un ápice en esa lucha en la que el pueblo quería recuperar la libertad que hacía más de cuarenta años le había sido arrebatada. Desde mi corta edad, observaba con cierta inquietud el semblante de los adultos que temían que se repitiera la misma historia; el dictador había muerto hacía algo más de un año y la situación era como si el pueblo estuviera sumido en un laberinto en el que no existía salida alguna.

Ese joven asesinado no era otro que Antonio Ruiz, que, como otros muchos, pensaba que la libertad no te la conceden, sino que hay que conquistarla, que la democracia no cae del cielo y que no estaba dispuesto a que todo siguiera igual, por eso esa mañana gélida de domingo se manifestaba.

Si el asesinato de Arturo Ruiz fue terrible, tanto peor fue lo que recogía la prensa de la época, donde la maquinaria de intoxicación trabajaba a destajo, lo que era motivo de indignación. En aquella época en la que no existían las tecnologías actuales, la gente solía compartir con su entorno la información que podían obtener a través de otros conductos, al margen de la prensa de la época.

La cosa no quedó ahí. Al día siguiente, lunes, 24 de enero, en repulsa al asesinato de Arturo Ruiz, se organizó una manifestación en la zona donde acabaron con su vida. Y esta vez no fueron los grupos parapoliciales, fueron uniformados, que tenían que dejar claro que seguían siendo los mismos cuerpos policiales de la dictadura, que sus mandos estaban al servicio de la oligarquía y de todo el aparato político-represivo que construyó la dictadura para poder perpetuarse en el Poder y, por supuesto, que la élite política no iba a permitir que aquello se convirtiera en la Revolución de los Claveles portuguesa. Y qué mejor forma de hacérselo ver a la población que disparando un bote de humo para que impactase en la cabeza de una joven estudiante que se manifestaba para protestar contra la muerte de Arturo Ruiz. Y en este caso la víctima fue Mari Luz Nájera, una joven universitaria, que luchaba para lograr salir de una vez por todas de ese oscuro túnel que era la dictadura, que, como otros muchos jóvenes, quería que sus sueños dejasen de ser una utopía; era una generación que no estaba dispuesta a caer en el conformismo de sus mayores a la hora de luchar por cambiar las cosas.

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Homenaje e Mar Luz Nájera e 2021 (lqsomos)

Cuando se conoció el asesinato de Mari Luz Nájera observaba la desorientación que había en las personas mayores que se sentían antifranquistas. Veían la dificultad que había por derrocar el régimen para traer una democracia de verdad, no lo que nos estaban intentando colocar. Percibía un tono de impotencia, pues eran personas que sólo había conocido el franquismo, que nacieron en los años en los que la represión fue salvaje, que habían trabajado de sol a sol para que, como buenamente podían, sacar adelante a sus familias. Todo ello me generaba inquietud, con ciertas dosis de miedo. Recuerdo que en aquella época era frecuente que los Guerrilleros de Cristo Rey hicieran algunas de sus razias por algunos lugares de la ciudad. Solía ser habitual que aparecieran los domingos por El Rastro Madrileño para agredir de forma indiscriminada. Era una forma de expandir y generalizar el terror.

En aquellos días, también observaba que, a un sector de la ciudadanía, como ocurre en la actualidad, todo aquello no iba con ellos. No es que fueran franquistas en sentido estricto, pero actuaban como si el franquismo fuese un fenómeno meteorológico, siempre solían tener algunas frases muy elocuentes que los definían, “no hay que meterse en líos”, “la política para los políticos”, como si los derechos y libertades cayesen del cielo, algo así como el maná en el libro del Éxodo. No es nada nuevo, pues, salvando las distancias, lo mismo sucede hoy en día, donde a un gran sector de la población le parece que el ascenso de la ultraderecha y el fascismo no va con ellos. No hay duda, de como dijo Marx en el 18 Brumario de Luis Bonaparte, la historia ocurre dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa.

A los que dieron su vida por la libertad
Monumento_a_los Abogados de Atocha

Los acontecimientos se sucedieron de forma desbocada y el drama no quedó ahí. Si el asesinato de Mari Luz Nájera se produjo al mediodía, lo que depararía esa tarde-noche fue la culminación de la tragedia. La irrupción de unos pistoleros de ultraderecha en un despacho de abogados laboralistas, donde asesinarían a tres abogados, un estudiante de derecho y un administrativo, dejando gravemente heridos a otros cuatro abogados, hizo saltar todo por los aires. La jerarquía dominante, a través de sus diferentes tentáculos, había vuelto a hablar y cómo había hablado; pusieron en el punto de mira la defensa de los derechos laborales de los trabajadores.

Esa tarde estaba puesta la radio en mi casa, cuando interrumpieron la programación para dar un avance de lo que había pasado en el despacho de abogados laboralistas de la calle Atocha. Las preguntas que flotaban en el ambiente eran sencillas: ¿Y a partir de ahora qué? ¿todo esto tiene como objetivo un intento de que los militares se pongan de nuevo al frente del gobierno? Preguntas que no encontraban respuestas.

Recuerdo la conmoción que supuso. Fue un mazazo para los que habían conocido los cuarenta años de dictadura, entendían el mensaje: un aviso a la verdadera oposición al régimen, a los que se parten la cara con los aparatos del régimen, vuelven a meternos miedo, como había ocurrido en situaciones anteriores.

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Los olvidados de la Transición

Era un pulso totalmente desequilibrado, pues una de las partes lo tenía todo: control de poder político, económico, pero, sobre todo, lo que controlaba era el monopolio de la violencia, cosa que me explicaron con el tiempo en la facultad de derecho, que el monopolio de la violencia reside únicamente en el Estado. Ni que decir tiene que la clase de ese día la entendí a la primera, aunque eso me revolviera las tripas. Por el contrario, la otra parte lo único que podía aportar era lucha y grandes dosis de voluntarismo, porque muchos de los que posteriormente protagonizaron eso que llaman Transición, en ese momento no estaban dispuestos a arriesgar, estaban esperando que llegara su ocasión para erigirse en los héroes de la democracia y la verdad es que coló, porque la historia oficial así lo recoge, elevando a los altares a toda esa lista de oportunistas que aparecieron unos meses después y que empezaron a ocupar sillones mullidos en las instituciones.

Todos estos hechos que hoy en día se conocen como la Semana Negra de Madrid, fueron como un terremoto que intentaba arrasar con todo lo que sonara a disidencia política. No era la primera vez que desde la muerte del dictador se vivían momentos tensos y actuaciones salvajes de los aparatos del Estado y sus satélites. No eran los primeros asesinados a manos de los aparatos policiales del Estado, o por los grupos parapoliciales, que no eran otros que miembros de la ultraderecha española e internacional, estos últimos con la cobertura de los aparatos del Estado. Vitoria, Montejurra, Basauri, Éibar, Hondarribia, ya habían vivido situaciones de este tipo. Pero lo que sucedió en esa semana de enero de 1977 venía a ser como una concatenación de situaciones que no cabía duda de que en absoluto fueron casuales.

Los poderes nunca dejan nada al azar, y los sucesos vividos esa maldita semana de enero no dejaban lugar a dudas: había que amedrentar al pueblo para que no sacase los pies del tiesto, y por si alguien tenía alguna duda, que quedase claro que el dictador lo había dejado atado y bien atado. Y posteriormente, cuando tuvieron que recurrir a estos métodos, no dudaron, y fue un suma y sigue: Germán Rodríguez, Gladys del Estal, Yolanda González, Almería, etc. Los muertos siempre los ponían los mismos.

A los que dieron su vida por la libertad
Mural Jornadas de memoria Social de la Transición. Facultad de Políticas y Sociología. UCM (lqsomos)

Después de la semana trágica, nada fue igual. Los que controlaban (y siguen controlando) los resortes del poder económico y político empezaron a preparar el terreno para lavar la cara al régimen, sin tener que tocar sus cimientos. La casa no la iban a tirar, todo quedaría en revocar la fachada y cambiar alguna ventana. Con lo que les había costado levantarla, la iban a defender a costa de lo que fuese, como así sucedió.

Esos días fueron tristes, porque poco a poco se iba esfumando la esperanza que se diera una ruptura democrática. La gente de a pie veía como la política se hacía en los sanedrines del poder, en los reservados de los restaurantes de alto copete. Empezaron a aparecer nuevas caras que, bajo algunas siglas, hoy en día muy conocidas, y la protección del régimen, se erigieron en los adalides de la libertad y la democracia. Pero el tiempo nos ha demostrado que no eran más que una cuadrilla de trileros. El pasar de los años ha servido para que más de uno haya visto que lo que vendieron al pueblo fue humo, y aquellos polvos trajeron estos lodos. Por ello, hoy es más importante que nunca no olvidar a aquellos jóvenes que dieron su vida por la libertad. Y para ello, es necesario seguir portándolos en la memoria colectiva, fundamental para que no perdamos el norte en estos tiempos de zozobra.

Ciudadana Leonor. La confianza se obtiene en las urnas

En algunas ocasiones procuro abstraerme de ciertos acontecimientos que se dan en el centro de Madrid, pues en mi vida cotidiana los puedo esquivar desde la distancia geográfica y, ni que decir de la distancia ideológica. Es lo que tiene vivir en una ciudad de estas dimensiones, que uno puede evitar todos los fastos que organiza el Régimen del 78 como si tal cosa, pero esta vez ha sido imposible, el bombardeo mediático ha superado mi deseo de aislamiento. Para empezar  el día, me encuentré un mensaje en mi móvil de un amigo muy madrugador, que desde el corazón del Goierri ya se encargó de recordarme, con grandes dosis de ironía, el sarao que se iba a dar ayer por la mañana en Madrid; cuando salí a desayunar a media mañana, ahí estaba el televisor del bar con las imágenes en directo desde el Congreso. Parecía que me perseguía como las siete plagas de Egipto.

Eso era el Madrid oficial, el que tiraba la casa por la ventana para engalanar todas las calles por donde iba a pasar el cortejo, donde la pompa y el boato lo copaba todo, aderezado de coches oficiales por doquier y donde la prensa del papel couché iba a tener materia para unas cuantas semanas. Pero ayer, como todos los días del año, también había otro Madrid que vivía al margen de todo lo que sucedía en el Congreso y en el Palacio Real. Era el de los jóvenes que iban en el autobús a sus clases en los institutos o universidad, el currela de la construcción que se dirigía a tajo con su mochila donde llevaba el almuerzo, y que seguro que  ese día llegó a casa de la misma forma que salió por la mañana, de noche. Al mediodía el trajín de la ciudad era como cualquier otro día, como si el fiestón que habían organizado las élites políticas no fuera con ellos.

Los fastos entorno al juramento de la Constitución por parte de la hija mayor del Felipe Borbón solo se pueden definir como una tomadura de pelo colectiva a la ciudadanía. Este vodevil que organizaron en el Congreso ha sido un insulto a la todas esas personas que no llegan a fin de mes, que están en las listas de espera de la Sanidad Pública, que no tienen posibilidad de llevar a un hijo a una guardería pública, que no tienen un colegio o instituto público en su barrio, pero que les dicen que la monarquía es la institución garante de la democracia, necesaria para que todos seamos más felices en el Reino de Blancanieves. Y me reafirmo en esta opinión cuando escucho los discursos que realizaron en el día de ayer para dorarse la píldora los unos a los otros. El pronunciado por el Borbón no se sale del guion, la nación, se entiende que sacrosanta e indivisible, la monarquía, obvio, porque de lo contrario se les acaba el chollo, y la defensa de la Constitución, que parezca que es una monarquía moderna, aunque si es necesario montar un golpe de Estado, se monta, y si no que se lo pregunten al abuelo.

Como el discurso que le han redactado a Leonor da para mucho, me voy a centrar en una frase que ha sido con la que más nos han bombardeado los medios de comunicación. La  ciudadana Leonor ha pedido que confiemos en ella. Lo dicho, nos quieren tomar por tontos.

A esta señorita habría que decirle que la confianza en democracia se obtiene en las urnas. Yo sé que eso para alguien que pertenece a la institución monárquica, que ha vivido en palacio rodeado de cortesanos, no entra dentro de sus parámetros. La confianza no se obtiene haciendo un simulacro de mili, jurando la Constitución y diciendo que la va a cumplir, y menos viniendo de un Borbón, pues nos sería el primer Borbón, y esperemos que sea el último, que se ha saltado la Constitución que estaba vigente en ese momento, Fernando VII fue el precursor, y a partir de entonces, cada vez que el orden constitucional no era del agradado de los borbones, no tenían reparo alguno en liarla parda. Las conspiraciones palaciegas han sido una práctica muy habitual durante los siglos XIX y XX.

Su estirpe está reñida con las urnas. Solo hay que recordar la etapa de la Restauración borbónica, donde el pucherazo electoral era algo consustancial al régimen que se instauró después de la Primera República, el rey golpista Alfonso XIII ya se encargó de apoyar la asonada militar de Miguel Primo de Rivera, desterrando la voluntad del pueblo, y del emérito no es necesario hablar, pues no hay día que no conozcamos alguna de las suyas. El que el dictador nombrase como su sucesor a su abuelo, no deja de ser una perla más de la dinastía borbónica, de la que se sienten profundamente agradecidos, lo que significa que carecen de un mínimo de pedigrí democrático. 

Si todos sus antepasados han tenido un problema con la voluntad popular y el sufragio universal, mención especial merece su padre. Cuando al “preparao” le mencionan la palabra urna, le debe de salir urticaria. Producto de ello fue su intervención el 3 de octubre de 2017, ante la consulta organizada en Catalunya. No podía soportar que el pueblo catalán quisiera elegir su futuro sin tutelas ni ataduras. Bueno son los borbones, pues con las cosas de comer no se juegan, ya otro rey del mismo nombre, Felipe V no dudó en atacar Catalunya porque querían defenderse de sus políticas centralistas. Lo que ocurrió ese 3 de octubre sirvió para que al pueblo le quedase claro que la monarquía española no tiene reparo en tomar partido en política, no es una institución moderadora, lo que nos permite cuestionar su papel.

Ciudadana Leonor. La confianza se obtiene en las urnas

Esta jovencita al pedir que confiemos en ella, nos está pidiendo un acto de fe hacia ella, y va a ser que no. Si quiere lo tiene fácil, tan sencillo como presentarse a unas elecciones. No me cabe la menor duda que más de un partido político daría lo que sea por llevarla en sus filas, habría tiros entre VOX y el PP por incluirla en sus listas, y más de un dirigente del PSOE no le haría asco el intentar seducirla, haciéndola ver que con el PSOE en el gobierno, su abuelo campó a sus anchas y que siempre ha defendido a la monarquía.

Los borbones van tan “sobraos” que no han tenido mejor ocurrencia que celebrar en el Palacio de El Pardo la fiesta familiar del cumpleaños  de la susodicha. Aunque si uno lo mira con cierta frialdad, no es una ocurrencia cualquiera y no deja de ser un recordatorio de agradecimiento por haber nombrado sucesor del dictador al abuelo de la cumpleañera.

No necesita que confiemos en ella, tiene a su favor la inmunidad que le da el actual ordenamiento jurídico, pues una vez que llegue a ser reina gozará del status de inviolabilidad, igual que su padre y su abuelo. Como tiene buenos maestros en el arte de defraudar a las arcas públicas y realizar oscuros negocios, es imposible que confiemos en ella.

Ciudadana Leonor. La confianza se obtiene en las urnas

La monarquía no representa los valores democráticos, radicalmente contraria al principio de igualdad, en pleno siglo XXI es un obstáculo para que cualquier Estado pueda avanzar. En el actual momento, en el que los derechos sociales están siendo atacados diariamente, donde los servicios públicos, Sanidad, Enseñanza y pensiones públicas están sufriendo todo tipo de recortes, nos imponen como futura reina a una persona que ni acude a la Sanidad Pública, que ha estudiado toda la vida en colegios privados y que no va a depender de una pensión como el común de los mortales. Estamos como para confiar en ella. Nos mean y dicen que llueve.