Política y deporte. “Fútbol en el país de los sóviets”

Deporte y política son dos conceptos que están más unidos de lo que puede parecer a simple vista a muchas personas. A lo largo de la historia se han dado innumerables acontecimientos en los que los regímenes y /o los sistemas políticos han echado mano del deporte para ensalzar sus logros o para esconder sus problemas internos. El deporte ha sido y es un trampolín que los aparatos del Estado utilizan en función de sus necesidades. La celebración de un evento deportivo, los triunfos de las selecciones nacionales o de algunos clubs suelen servir para llevar a cabo estas prácticas.

La organización de unas olimpiadas o un mundial de fútbol suele ser una herramienta que da juego para todo esto y más. A cualquiera nos puede venir a la memoria el Mundial de fútbol de Argentina-78, organizado por la Junta Militar, que lo utilizó para desviar la atención de lo que acontecía bajo la dictadura argentina y la represión ejercida por los militares. Los Juegos Olímpicos de Berlín-1936, en pleno III Reich, fueron utilizados por el aparato de propaganda nazi para mayor gloria del nazismo.

Fútbol en el país de los sóviets
Selección soviética en partido contra Holanda

A través del deporte también se han canalizado reivindicaciones políticas de diferente signo. A finales de la década de los 80 del siglo pasado, en los campos de fútbol de la antigua Yugoslavia, las aficiones de algunas repúblicas que formaban parte de la República Federativa Socialista de Yugoslavia utilizaban los partidos de fútbol para dar a conocer sus reivindicaciones políticas, llegando a darse conatos de violencia y de protesta contra el Gobierno federal.

En la década de los 80 del siglo pasado, en el marco de la Guerra Fría, se vivieron situaciones de boicot por cuestiones políticas de algunos certámenes deportivos de trascendencia mundial. Uno de ellos fue el boicot que realizó EEUU y algunos de los países de su entorno a los Juegos Olímpicos de Moscú-1980. La excusa esgrimida fue la invasión de Afganistán por parte de la Unión Soviética. Esta espiral llevó a que la siguiente cita olímpica, los Juegos Olímpicos de Los Ángeles-1984, fuese boicoteada por los países socialistas y, como alternativa, organizaron en Moscú los Juegos de la Amistad.

El régimen franquista no fue una excepción y durante los 40 años de dictadura utilizó el deporte como pantalla para esconder sus problemas internos y para estrechar lazos con las potencias occidentales.

En nuestro entorno más cercano el Gobierno Vasco, durante la II República, aprovechando que la liga española había sufrido un parón con motivo de la Guerra Civil española, creo la selección de Euzkadi. Ésta inició una gira por diversos países con la finalidad de dar a conocer a nivel internacional la situación del pueblo vasco y para recaudar fondos para el Gobierno Vasco y los refugiados.

En este contexto, el historiador Carles Viñas ha publicado recientemente un ensayo titulado “Futbol en el país de los sóviets” (Editorial Txalaparta). En él el autor se sumerge en la historia del fútbol ruso desde sus comienzos, a finales del siglo XIX, hasta la llegada de los bolcheviques y la creación de la URSS. Describe el desarrollo del futbol en relación con el devenir político y social de Rusia. El libro, que no supera las 175 páginas, es de lectura sencilla, pero es necesario destacar la infinidad de datos e información que aporta, sobre todo, a través de las anotaciones a pie de página. Este ensayo consta de tres partes y en la última se adentra en la Rusia de la Revolución de octubre de 1917 y en lo que supuso el fútbol en esa nueva etapa en la historia de Rusia, en la que se convierte en un nuevo Estado: la URSS. La Revolución no trajo la desaparición del Estado. Por el contrario, a partir de mediados de los años 20, nació un Estado mucho más fuerte y robusto en el que la práctica de cualquier deporte tenía un componente totalmente diferente al que podía tener en cualquier país capitalista. Se convirtió en una actividad primordial para la formación de la población, siendo suprimida la profesionalización del mismo.

El libro no es una historia del fútbol al uso, en el que se relata la historia de los equipos rusos, destacando los hechos deportivos. El libro va encaminado a poner el acento en la relación existente entre el fútbol y su conexión con la situación socio-política.

Cuando el fútbol llega a la Rusia Imperial en las postrimerías del siglo XIX, lo hace de la mano de empresarios británicos que se lanzan a hacer negocios en un país eminentemente agrícola. El Imperio ruso se encontraba sumido en una profunda descomposición, que se vio agravada con la derrota en la Guerra ruso-japonesa en 1905.

A finales del siglo XIX el fútbol era un deporte al servicio de la aristocracia y las clases acomodadas y del que se excluía a las clases trabajadoras. Eso, en la Rusia zarista, se tradujo en que los primeros compases de este deporte estuvieran íntimamente relacionados con la colonia británica de las principales ciudades de Rusia, San Petersburgo y Moscú, pues mantenían una posición social destacada, gracias a los negocios que regentaba. De hecho las autoridades zaristas, de una mentalidad mucho más cerrada, no veían con buenos ojos esta práctica. La actividad futbolística estaba vetada para los rusos, máxime si eran de una extracción humilde.

El autor nos describe como, el deporte en general y el fútbol en particular, va íntimamente ligado a ciertas cuestiones de contenido político. El Gobierno zarista da pasos para introducir la actividad deportiva en algunos sectores, debido a la falta de preparación física de la población, lo que repercutía negativamente en la salud de obreros y campesinos así como en la baja preparación física que tenía el Ejército ruso, lo que se traducía en los resultados desastrosos que Rusia tuvo en las diferentes contiendas bélicas. Ello ayudó a que el régimen zarista fuese cambiando su visión. En ese periodo el fútbol también tuvo como finalidad acabar con uno de los “males endémicos del país: el alcoholismo”, que generaba un gran absentismo laboral.

Carles Viñas hace una descripción del Estado policial en el que se había convertido el régimen zarista en los últimos años. Relata las innumerables trabas e impedimentos que ponía el régimen a la existencia de equipos de fútbol dentro de la clase obrera rusa por el temor que se convirtieran en asociaciones que amparasen actividades revolucionarias.

Es muy interesante el análisis que realiza sobre la evolución que tienen los bolcheviques a la hora de posicionarse ante el futbol y las diferentes ópticas que había dentro de ellos. No todos los dirigentes tenían la misma percepción sobre esta cuestión. Dentro de los bolcheviques fue Lenin el que más empatía tenía con el deporte, habiendo practicado varios deportes en su juventud, entre las que caben destacar el montañismo y ciclismo. Pero, sin duda alguna, lo que más le apasionaba era la práctica del ajedrez. Para Lenin, la práctica del deporte era una herramienta útil para formar a la persona desde los parámetros de una sociedad comunista. Pero no todos los bolcheviques tenían el mismo criterio acerca del deporte. Los detractores tenían “una visión crítica de los deportes de competición, como el fútbol,  que eran percibidos como espectáculos capitalistas”. Los comunistas se posicionaron en favor del deporte amateur, opinión que era compartida por una gran parte de la izquierda europea y en palabras del autor “las voces más críticas añadían, […] que la práctica deportiva distraía a los hombres de la política”.

Tras el triunfo de la Revolución de octubre de 1917, se desata una guerra civil en Rusia, auspiciada por las potencias aliadas, aportando efectivos militares y aplicando un bloqueo. Ante esta situación, los bolcheviques, de la mano de Trostky, organizan el Ejército Rojo, y haciendo de la necesidad virtud, incentivaron la práctica del deporte como herramienta para mejorar la combatividad del Ejército Rojo. Este fue el punto de inflexión, que logró cambiar la opinión que tenían los bolcheviques sobre el deporte.

Carle Viñas explica como en la primera década de la existencia del Estado soviético se dan diferentes ópticas sobre la forma de enfocar el deporte que generaran debates internos, no exentos de tensiones. Durante las primeras décadas de la existencia de la Unión Soviética, el bloqueo que sufrió se vio reflejado en la práctica internacional del fútbol. La FIFA tenía prohibida a las selecciones nacionales que pertenecían a ese organismo el poder disputar encuentros de fútbol con equipos o con la selección soviética. Por el contrario, la URSS, a través del futbol, intentaba romper el bloqueo existente,  “demostrar  al mundo la fortaleza de la URSS” y ser “correa de transmisión de internacionalismo” gracias a los partidos que el combinado soviético disputó con conjuntos de obreros de la Europa Central.

A nivel interno, el fútbol se convirtió en el deporte de masas de la URSS y los equipos que surgieron bajo el paraguas del régimen soviético tenía vínculos muy estrechos con las instituciones del régimen. El CSKA era el equipo del Ejército soviético, el Dinamo, el equipo del Ministerio del Interior y de la policía, por lo que recibía el apoyo de las autoridades. Antepuesto a este último estaba el Spartak que representaba al equipo del pueblo. Cuestión que generaba hostilidades y rencillas. El Lokomotiv, era el equipo de los afiliados al sindicato de transporte.

Otra característica del fútbol en la URSS fue el elemento cohesionador entre las diferentes etnias y culturas que lo componían. Este deporte de masas era más fácil que ayudara a unir lazos entre las diferentes culturas que existían en el Estado más grande del planeta que otras manifestaciones culturales como podían ser la literatura. Las masas entendían mucho mejor el deporte que otro tipo de actividades.

En resumen, el fútbol, un juego de origen burgués llegó a ser la actividad de ocio principal de la clase obrera soviética.

¡No os importe matar! San Fermines 1978: Crimen de Estado. Un libro de obligada lectura

El pasado mes de octubre ha visto la luz el libro de Sabino Cuadra Lasarte, “No os importe matar! Sanfermines 1978: crimen de Estado”, publicado por Editorial Txalaparta. Con este título tan impactante, pero, a su vez, tan expresivo desgrana en sus trece capítulos el antes, durante y después de los trágicos sucesos del día 8 de julio de 1978, en el transcurso de las fiestas de Iruña-Pamplona, en los que fue asesinado Germán Rodríguez. Todo ello contextualizado en la situación política que se estaba viviendo.

Es un libro de lectura fácil y rápida pues sus 239 páginas contienen un relato muy ágil en el que el autor realiza, entre otras cosas, un trabajo de reconstrucción de los hechos con todo tipo de detalles.

Antes de entrar a relatar los sucesos el autor dedica un capítulo a realizar una labor brillante para refrescarnos lo que fueron esos años en los que se vivieron una serie de reivindicaciones políticas después de la muerte de Franco. La lucha en favor de la ruptura democrática con el régimen franquista frente a la opción de reforma de dicho régimen para que cumpliera los estándares democráticos pero sin romper con el pasado, la reivindicación del derecho de autodeterminación y la reivindicación de un estatuto en el que estuviera Navarra. Para finalizar este capítulo, realiza un repaso histórico de la evolución política que se había producido en Navarra en las últimas décadas, en las que se da una transformación radical, pasando de ser un territorio fiel a los principios del franquismo a convertirse en uno de los lugares más contestarios. En esa labor de análisis global de lo que fue esa época, no pasa por alto sucesos, como los de Montejurra de mayo de 1976, en los que pistoleros de extrema derecha asesinaron a dos militantes carlistas. Unos hechos en los que los aparatos del Estado tuvieron una conexión directa con la planificación de dichos asesinatos. 

Por lo que respecta al relato de los acontecimientos, este trabajo inicia su exposición en los días previos a las fiestas de Iruña-Pamplona, pasando por los sucesos que se vivieron el día 8 de julio de 1978, así como el aluvión de protestas que se dieron en otros puntos de Euskal Herria y la represión que desató el régimen, en concreto en la localidad de Rentería (Gipuzkoa).

El relato no se queda en los días posteriores pues continúa exponiendo una serie de hechos y acciones llevadas a cabo durante cuarenta años para que continúe viva la memoria de Germán Rodríguez, así como todas las iniciativas que se han llevado para reclamar verdad, justicia y reparación.

¡No os importe matar! San Fermines 1978: Crimen de Estado
Presentación del libro en la librería Traficantes de Sueños

La exposición va acompañada de testimonios de personas que vivieron de forma directa esos acontecimientos. De hecho, algunos fueron heridos en los sucesos que se produjeron esos días. Es necesario destacar la labor minuciosa de investigación realizada en la obtención de informes oficiales y su análisis, algunos de los cuales ha sido desclasificados recientemente, así como de los informes que en su momento elaboraron las peñas sanfermineras, comparecencias parlamentarias, etc…

Este libro tiene varios logros que no puedo dejar pasar sin mencionarlos porque, sin duda alguna, ayudan a poder entender mucho mejor las actuaciones de los aparatos del Estado y la impunidad con la que se movían.

El primero, sin duda alguna, es que nos da una información valiosísima del poder que tenían los mandos policiales, hasta el extremo de ningunear a todo un gobernador civil. Puede parecer surrealista pero los datos que se aportan son muy elocuentes. El Gobernador Civil de Navarra llegó a reconocer que sus instrucciones no fueron obedecidas por los mandos policiales.

El segundo logro es que consigue desmontar la versión oficial de los hechos. Las diferentes pruebas que se aportan, junto con los innumerables testigos presenciales de todos los hechos que se produjeron en esos días no dejan lugar a dudas. Todo lo que sucedió en el mes de julio de 1978 tanto en Pamplona como en otras localidades de Euskal Herria, caso de Rentería, no fue más que una acción planificada por parte de los aparatos del Estado para imponer su orden y recordar a la población cuales eran los límites a la apertura democrática. Esto iba a ser la Transición y la línea roja que no se podía traspasar tenía que quedar muy clara.

Este libro nos sirve para comprobar como las instituciones democráticas, en cuanto han tenido la mínima ocasión, han intentado echar en el olvido los sucesos de los Sanfermines de 1978 hasta el extremo de intentar boicotear cualquier expresión de recuerdo y solidaridad hacia German Rodríguez y su familia.

Para entender lo que fue la mal llamada Transición es fundamental conocer con profundidad algunos de los hechos más sangrientos que se vivieron durante esos años. Los asesinatos de 5 trabajadores el 3 de marzo de Vitoria-Gasteiz, los sucesos de Montejurra en el mismo año, el mes de enero de 1977 con los asesinatos de los abogados laboralistas de Atocha y dos manifestantes en la calles de Madrid, las semanas proamnistía vividas en Euskadi, con varios manifestantes muertos por disparos de la Policía y Guardia Civil y los sucesos acaecidos en los Sanfermines de 1978.

Por lo que respecta al título del libro, puede que a las personas que no tengan un conocimiento sobre estos hechos les parezca algo llamativo, por no decir provocador. Por el contrario, la realidad es otra y mucho más entendible. La frase ¡No os importe matar! Está recogida de una grabación que se realizó a la emisora de la Policía Armada durante los incidentes ocurrido el día 8 de julio en la capital navarra.

Para finalizar, leer el prólogo que escribe Joseba Asiron es de las cosas que merecen la pena y que a uno le reconfortan.

En país extraño

“En país extraño” es el título de la novela escrita por Mikel Antza,[1]publicada en castellano recientemente por editorial Txalaparta. La versión original de la novela fue escrita en euskera con el título “Atzerri” y publicada en 2012 por editorial Susa. Cuando el autor escribió la obra en euskera se encontraba encarcelado  y ha quedado en libertad recientemente, coincidiendo con su publicación en castellano.

El relato lo protagoniza un joven escritor en lengua vasca, que se ve obligado a huir al participar en la fuga de dos presos políticos vascos[2]. Uno de los presos a los que ayuda a huir, Joseba Sarrionaindia, en ese momento ya es conocido por su faceta literaria que irá creciendo a lo largo del tiempo.

El personaje principal de la novela empieza a vivir el exilio y su nueva vida en la clandestinidad. A partir de ahí la trama gira en torno a un tema central: La lucha interna entre el militante y el escritor, batalla que gana el militante. Sin embargo será una constante su deseo de retomar la pasión por escribir pero siempre le vence la incapacidad, ya que su compromiso como  militante le impone un estilo de vida. En la disyuntiva  entre la pluma o la espada él elige la espada.

El personaje de la novela es el autor sin embargo no es una obra autobiográfica, sino más bien una ficción, sin perjuicio de que haya hechos o situaciones que el autor haya vivido y que han sido utilizadas para componer el relato. El autor reflexiona a través del protagonista sobre cuáles son las inquietudes que le acechan, sus miedos, etc.

La situación que vive como exiliado y su vocación intelectual van íntimamente unidas, son como dos caras de una misma moneda. Refleja el desarraigo del refugiado, desde un primer momento se siente en país extraño, percibiendo la soledad del que ha abandonado su tierra. Esta sensación no es producto de vivir en otro lugar, fuera de su entorno, sino de la forma de vida que se ve obligado a llevar. Se encuentra en un viaje de ida sin billete de vuelta, pues su hipotético retorno lo ve como algo demasiado lejano.

El autor retrata ciertas sensaciones, como la de  inmovilidad de lo que ha dejado: la impresión de que si en un futuro volviese se encontraría a las personas y a los lugares como si no hubiera pasado el tiempo por ellos.

También reflexiona sobra las relaciones humanas y de pareja en el contexto del exilio. Una forma de estar cerca de la patria es la lucha y el verse obligado a estar exiliado.

La novela tiene ritmo, no aburre  y mantiene al lector en una cierta tensión que le anima a proseguir la lectura para conocer el desenlace final. En mi opinión, está muy bien contextualizada, no en vano el autor ha vivido en primera persona los hechos que ambientan el texto. Además, en algunos pasajes, tiene un punto de suspense pues la novela se desarrolla en el  ambiente de la clandestinidad. 

Por mi parte, tengo que reseñar que en ningún momento de la obra percibo un discurso militante.


[1] Mikel Albisu Iriarte, Mikel Antza (1961): En su faceta de escritor se inicia en el mundo de la literatura en 1979 cuando publica en la revista Susa su primer cuento. Colaborador de la revista Argia ha escrito media docena de novelas y dos obras de teatro. Su actividad literaria le lleva a tener una relación con Joseba Sarrionaindia, mientras éste se encontraba en prisión hasta su fuga de la cárcel de la cárcel de Martutene en 1985. Su actividad política le lleva en 1985 a huir a Francia. En 2004 fue detenido, habiendo obtenido la libertad  en 2019.

[2] Joseba Sarrionaindia: Escritor en lengua vasca, con más de una veintena de obras en su haber. Ha trabajado la narrativa, el ensayo y poesía. Ha traducido a diversos escritores internacionales al euskera y ha colaborado con diversos cantantes y grupos musicales a la hora de escribir canciones. Ha ganado diversos premios literarios. Quizás sea en este momento el escritor más importante en euskera. Ingresó en prisión en 1980 y mientras cumplía la condena el 7 de julio de 1985 se escapó de la cárcel de Martutene junto con otro preso de ETA, Iñaki Pikabea, en los bafles del equipo del cantante Imanol una vez que diera un concierto en la prisión. Como consecuencia de la fuga, Mikel Antza huyó por su posible colaboración en la fuga. La fuga se hizo muy famosa porque el grupo musical Kortatu la inmortalizó en la canción Sarri, Sarri. En la actualidad reside en La Habana (Cuba).